Viejas Glorias: El Alemán

 


John abandonó la galería por la puerta de atrás.

Se cambió el sobre de mano liberando la derecha. No fue directo al Bronco. Merodeó vigilante y se detuvo a cierta distancia. El aire de Portland abofeteaba más de lo habitual, irritante.

Un sedán azul bloqueaba una boca de incendios. Sus ocupantes vestían traje con corbata y el pelo cortado a cepillo. John los ojeó. Un coche patrulla se detuvo en el semáforo; el agente señaló la boca de incendios y los tipos asintieron sin ceremonia. John observó que no enseñaron la placa. No trabajaban para el Gobierno. Mucho menos para Diamond.

John subió al Bronco. Arrojó el sobre y ajustó el espejo. Arrancó y giró a mano derecha. La Sig-Sauer se le clavaba en la sobaquera. John mantuvo la vista al frente, arrojando miradas furtivas por el espejo en busca del sedán. Disminuyó para no perderlo. El sobre, con el cuerpo de Frankie Bye Bye, siseaba con cada curva en el asiento de al lado. Puso el intermitente y barrió el retrovisor una vez más; el sedán se mantenía a distancia, a dos coches por detrás, maniobrando entre el tráfico sin salirse del manual.

Tomó NW Couch St, un laberinto de almacenes donde los callejones se mordían unos a otros. El Bronco lamía las paredes de ladrillo gastado. Virlan aceleró y clavó los frenos al final del ramal sin salida. El sedán irrumpió en el retrovisor. John engranó la marcha atrás y hundió el pedal. El Bronco rugió, embistiendo el frontal del sedán; un golpe seco. Los cristales estallaron y el olor del líquido del radiador llenó el callejón.

Virlan salió. Se acercó. El suelo crujió y lanzó destellos bajo sus botas. El conductor yacía inerte. El otro buscó con un ojo sanguinolento al objetivo; ya no vio a un anciano. John levantó la Sig-Sauer y disparó dos veces. Hizo lo propio con el conductor. Inclinó la cabeza.

El zumbido de la batería del utilitario llenaba el silencio. Antes de girarse, John le apartó el cuello de la camisa al tipo con el cañón. Bajo el corazón asomó un guantelete tatuado; un borrón que pretendía ser inmortal; John escupió al suelo. Regresó a su coche, recuperó el sobre del asiento y echó a andar.

Caminó despacio, con las manos en los bolsillos, como un anciano más. El viento sacudía el tendido eléctrico. Se subió el cuello de la chaqueta y hundió el mentón, asegurándose de que el sobre seguía firme en su bolsillo interior. Un coche patrulla giró a lo lejos, mudo. La calle desierta dejaba una capa sucia sobre el asfalto. El humo de las chimeneas teñía la tarde moribunda. La Sig-Sauer rebotaba en su costado, marcando la cadencia. John apretó el paso.

Dejó atrás almacenes con las ventanas tapiadas, vestigios de un pasado industrial. Al lado, una pared de ladrillo rojo anunciaba el combate de Anthony Stephens contra Trinidad para el próximo 23 de octubre.

John entró en la cabina US West de enfrente. El suelo de metal crujió bajo el peso de sus botas. Descolgó. Se colocó el auricular y lo sostuvo con el hombro. Introdujo una moneda y marcó.

—Al habla V3. En diez minutos.

Colgó. Salió sin coger el cambio; el cristal vibró a su espalda al cerrarse las puertas de golpe.

Llegó con el tiempo cumplido; el reloj de la muñeca marcaba diez minutos exactos. John descolgó y volvió a marcar. Esperó. Respondieron al segundo tono.

—Frankie y otros muchachos han firmado su renuncia. Seis buenos operarios en total.

Cambió el peso de pie y barrió la calle con una mirada. Una furgoneta de reparto asomó por el cruce de la novena. John la siguió con atención. El conductor bajó y abrió el portón lateral de par en par.

—Un fulano de fuera ha solicitado uno de los puestos. Un tal A. Diamond.

Al otro lado, la persiana del almacén rompió la noche. Una segunda furgoneta se detuvo en la rampa de carga y un tipo de color se bajó. El conductor de la primera se le unió; simuló arrinconarlo lanzando un par de jabs para terminar con un uppercut al mentón: su risa llegó hasta John.

—Si deseas conservar tu puesto, reúnete conmigo donde siempre. Mañana a las nueve en punto. Cuídate.

Colgó sin despedirse. Aguardó un instante, expectante. Vio a Rocky Balboa acercar la llama al cigarrillo de su compañero; el negro dio una calada y arrojó el humo a la noche. Ambos echaron a andar y sus voces se perdieron a lo lejos.

John Virlan cruzó la calle a grandes zancadas; con las manos en los bolsillos y los hombros tensos. Public Enemy impartía cátedra en la Sprinter del moreno. Una cartera de piel reposaba sobre el salpicadero junto a una lata de Coca-Cola; John las dejó en el capó de la primera furgoneta. Cuando giró la llave y metió primera, la Sprinter se fundió con el tráfico hasta ser solo una mancha blanca más en la ciudad.

John despertó a las seis de la mañana en el piso franco. No se incorporó de inmediato; se frotó los ojos y escuchó en la oscuridad. ​Una guarida no es un hogar. Para John eso estaba claro, por mucha seguridad que le proporcionara. Se incorporó y apoyó los pies en el suelo, amasando la baldosa fría con los dedos. El sobre descansaba en la mesita de noche, junto al Eutirox.

​Lo cogió.

​Encendió el flexo y extrajo las fotos. Fue directo a Frankie Bye Bye. En la galería, bajo el escrutinio de Odín, enterró el detalle: Frankie presentaba un orificio de bala en la base de la clavícula. El sello de la Extasi. John se golpeó el labio con un dedo y cerró los ojos; retuvo la imagen y la dejó marchar.

​Joe Miller apareció colgado en su casa de la playa: curiosa manera de celebrar la jubilación. John acercó la instantánea al flexo. Miller era un profesional, no un guerrero como Frankie. Para retirar a Joe bastaba con un empujón.

​Clavó el dedo sobre el papel.

​—Retirar o anular —susurró.

​Frankie ofreció resistencia. Soltó la foto de Joe y recuperó la de Bye Bye. Solo un exmiembro de la Extasi dejaría esa marca.

​El Alemán.

Asintió.

Al menos ese infeliz era real, no un fantasma como Diamond.

El teléfono de la pared devolvió un tono largo al descolgar.

John marcó de memoria.

—Bernie, soy yo. Revisa el correo. —John ojeó la foto—. Confírmame el lugar. Si no regreso, no mires atrás.

Colgó antes de escuchar la respuesta.

Preparó café.

El salitre asomaba por las juntas de las baldosas. Aclaró una taza y desmontó la Sig-Sauer. Alineó las piezas en la encimera sobre un trapo. John bebió y cerró los ojos. Las primeras luces se filtraban por la persiana. El viento silbaba, sacudiendo las cuerdas de los tendederos.

Dejó la taza a medio terminar. Montó el arma. El golpe del carril al encajar rebotó en la campana extractora.

Al salir del portal, el viento le abofeteó la cara. John se subió el cuello de la chaqueta, sin detenerse. El vidrio de los escaparates le devolvió un borrón oscuro; sus ojos ignoraban a los últimos juerguistas. Antes de llegar a la esquina, deslizó el sobre por la ranura del buzón.

La furgoneta de reparto era una más.

Atravesó la ciudad.

John entró en el garaje y esperó. Unos focos iluminaron el retrovisor. El vehículo lo rodeó hasta quedar ventanilla con ventanilla.

John se llevó dos dedos a la frente.

Saludó.

V4 asintió.

—¿Es cierto?

John no contestó. Apartó la mirada; el viento arrastró un corro de hojas.

—¿Diamond está vivo? —insistió.

—Ha regresado de entre los muertos.

V4 apretó los labios.

—¿Está en la partida?

John negó.

—¿Qué sabes de Matasanos?

V4 siguió con la mirada un sedán.

—Cachorros de dientes afilados.

La luz de freno desapareció al final de la rampa.

—¿Quién los dirige?

—El Alemán.

John asintió; no se equivocaba.

—Tengo a Bernie rastreando el lugar; Frankie estaba lejos de casa.

—Un paseo antes de borrarlo.

—Billete sin regreso —escupió.

Guardaron silencio.

—Cuídate, John.

Asintió.

V4 arrojó una bolsa marrón por la ventanilla. Cayó sobre sus piernas.

—Come algo. Vas a desaparecer.

John la apartó y arrancó.

Abandonó la Sprinter a dos manzanas del piso franco.

Se detuvo al final de la escalera; tomó aire mientras buscaba la llave.

Descolgó el teléfono de la pared.

Marcó. La voz de Odín contestó al otro lado.

—¿Tienes un nombre?

—El Alemán.

John colgó.

Desplegó el paño en la mesa y desmontó la Sig-Sauer.

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