Soledad y Arena



Marco Valerio Galba, superviviente de la emboscada que acabara con la vida de Cornelio Fusco en Tapae, al norte del Danubio, aferró entre sus manos un puñado de arena del gran anfiteatro Flavio antes de emerger por la Puerta de la Vida.
Hacía calor en Roma aquel septiembre. El sol iluminaba el edificio más imponente de su tiempo, cuando Marco y su contendiente de origen hispano, un guerrero capturado en Itálica, de nombre Táutalo, se encaminaban al centro del óvalo armados de idéntica manera: escudo rectangular a la izquierda y espada de hoja recta de doble filo a la derecha. Lo que hizo pensar a todos y cada uno de los ahí congregados que asistirían a un duelo en igualdad de condiciones, algo que siempre gustaba.
Hispano y romano, de rojo el primero y de azul el segundo, permanecían inmóviles frente al palco imperial con los rostros ocultos tras los yelmos. El anfiteatro al completo aguardaba entre expectante e inquieto la señal que enfrentaría a aquellos dos dioses de barro. La figura del emperador emergió por el balcón, vestido de blanco impoluto y con el rostro teñido de rojo. Pronto el único sonido audible en el recinto fue el de Caronte y sus esclavos arrastrando los cuerpos sin vida de los últimos cristianos condenados. Y de repente se oyeron las palabras que todo el mundo anhelaba oír. Por fin, después de la larga espera, Marco y Táutalo se veían las caras en la arena.
—¡Ave, César, morituri te salutant! [los que van a morir, te saludan]. —Y el emperador de Roma, Tito Flavio Domiciano, Dominus et Deus del mundo, junto a la emperatriz Domicia Longina y rodeado por su guardia pretoriana y el jefe del pretor, inclinó la cabeza satisfecho para saludar a quienes estaban destinados a morir luchando para divertimento de la plebe.
Marco, Marco, Marco…
El pueblo aclamaba a su campeón…
Pero Marco estaba nervioso.
Por primera vez desde que fuera condenado a morir en la arena, Marco Valerio Galba, que había servido al padre del emperador en buena parte de las fronteras del Imperio, no estaba seguro de poder hacerse con la victoria esa tarde. Comprendía que no le convenía alargar en exceso el duelo contra su competidor de la bella Hispania, pues éste era más joven, más fuerte y mucho más rápido que él. Y, sin embargo, algo le decía en lo más profundo de su ser que aquel combate, justamente, no iba a pasar a la historia de Roma como uno de los más breves.
Táutalo comenzó a moverse a la derecha de su contendiente, primero muy despacio, para después hacerlo con gran celeridad, y lanzó una combinación de golpes que hubieran acabado con la vida de cualquier otro gladiador que no fuese Marco. La plebe clamó exaltada en respuesta a la maniobra del hispano. La espera había concluido y premiaba a los inquilinos de la ciudad más poderosa del mundo con el sonido de los aceros.
Sin embargo, para Marco Valerio todo había acontecido con demasiada rapidez. No hacía tanto que había estado en su celda encomendando su alma a Némesis. Y, casi sin tiempo, todo había cambiado. Ahora las acometidas de su adversario ibérico lo obligaban a mantener alerta todos sus sentidos. Ataques que eran absorbidos con destreza por su broquel, mientras el gran anfiteatro Flavio, una vez más, no dejaba de corear su nombre.
Marco se alejaba de la tempestad de acero más violenta con la que se había topado jamás, aunque siempre atento, sin perder de vista un instante la pierna izquierda de Táutalo, que era la que carecía de greba protectora. Los golpes llovían cada vez con más violencia. Y no en pocas ocasiones arrancaban pintura de la defensa del gladiador romano. Marco, al amparo de su escudo, asomó la cabeza un instante y volvió a ocultarla con rapidez tras intuir la hoja de Táutalo a su encuentro. Todo transcurría con demasiada rapidez y no había tiempo para pasar al contrataque. Había reculado hasta quedar a pocos metros de las localidades senatoriales. Pronto, si no hacía nada por evitarlo, se hallaría en uno de los extremos del anfiteatro sin posibilidad de maniobrar.
Táutalo no dejaba de martillear una y otra vez el escudo de aquel romano. Marco clavó la rodilla en tierra e intentó penetrar la defensa del peninsular por abajo, pero sin éxito. Hasta en tres ocasiones buscó con insistencia la carne desabrigada del ibérico, pero no lo consiguió. En contrapartida la hoja de su rival, en una demostración de velocidad y destreza marcial, sí consiguió lamer una de las protecciones que cubrían el brazo del antiguo centurión, aunque sin llegar a penetrarla por completo. En ese momento, Marco, sabiéndose en apuros, se revolvió con la agilidad y la rabia de quien se sabe acorralado y lanzó un ataque furibundo contra su competidor. Era gracioso; no podía evitar pensar que para su amo, el lanista del gran Ludus Magnus, fuese cual fuese el resultado del enfrentamiento no resultaría un buen negocio. Como poco, estaba condenado a perder a un buen luchador, incluso a los dos; pues eran más los gladiadores que perdían la vida en las celdas a causa de sus heridas que en la propia arena de Roma. Y mientras Marco Valerio se mofaba de la suerte de su amo, la multitud seguía aullando su nombre una y otra vez fuera de sí, a pesar de que Táutalo había empezado dominando la refriega. ¿Qué tenía que hacer para que aquellos chiflados dejaran de una vez por todas de alentarle? Siempre tan aclamado y tan solo al mismo tiempo...
Sintió una sacudida en su interior cuando Táutalo alcanzó su casco de murmillo con el plano de su gladio. Definitivamente no se hallaba ahí. Ahora comprendía su miedo inicial, el porqué de las dudas que habían penetrado en su mente momentos antes de pisar la arena. Detuvo un mandoble de su rival mientras asentía para sí convencido. El pueblo seguía gritando descontrolado, repitiendo su nombre con más devoción si cabe; igual que aquel día, aquella maldita jornada que se había distinguido en combate en el Danubio y el emperador había visto a un enemigo en él.
Subyugado por una fuerza nacida desde lo más hondo de su ser, volvió la mirada hacia el palco en busca del causante de su deshonra. Ahí estaban, como en Moesia Superior, cuando los legionarios de la legión XIII habían rugido su nombre, los ojos del emperador atravesándole el alma. Recordó las palabras que Domiciano le dedicó la última vez que estuvieron cara a cara: «Tendrás que dar muerte a toda Roma para salir con vida del anfiteatro». Y después esa sonrisa burlona en los labios. ¿Era aquello posible? ¿Podía un simple mortal acabar con todos sus enemigos y conseguir la libertad? ¿Sería el César en persona el que descendiese a la arena para poner fin a su existencia? Para eso habría que matar, y mucho. Pero si existía una mínima posibilidad estaba dispuesto a aferrarse a ella con uñas y dientes.
Otro ataque perfecto llevado a cabo por Táutalo y otra vez la sensación de que algo estallaba en su cabeza. Percibió el sabor de la sangre campando por su boca. ¿Cuántas vidas tendría que arrebatar hasta conseguir enfrentarse con Domiciano? ¿Cien, mil, un millón? ¿Era posible algo así? Y, si era posible, ¿por dónde debía empezar? Quizá tendría que matar en primer lugar a todos los gladiadores que competían en el anfiteatro Flavio; luego, a buen seguro, a todos los que trajeran de otras partes del Imperio: tracios, sármatas, dacios, númidas, eso no importaba. Todos morirían atravesados por su espada. Pronto los hombres que se acercaran a la arena en busca de fortuna pertenecerían, sin lugar a duda, a alguna de las legiones del Imperio; optios, centuriones, tribunos e incluso los grandes legatus. Acto seguido, casi con seguridad, tendría que acabar con algún senador enaltecido dispuesto a dar la vida por el César. Y al fin sería el turno para la guardia pretoriana, seguida por el jefe del pretor. Hasta que, tras una vida de soledad y arena, el emperador en persona fuese quien empuñase el acero.
Pero, para llegar a cabo su plan, Marco tenía que acabar primero con Táutalo, que seguía esgrimiendo su acero con la ferocidad que siempre ha caracterizado a los pueblos iberos. Marco Valerio Galba pensó que aquel hispano que luchaba como poseído por el espíritu de sus ancestros era un buen adversario, como otro cualquiera, con el que dar comienzo a su escalada de muerte que debía llevarlo ante el emperador.
De modo que apretó los dientes y se dispuso a dar por finalizado el tiempo de Táutalo.

12 comentarios:

  1. Buen trabajo.
    Sería un buen comienzo para toda una epopeya.

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  2. Muy épico. Buen material. Aunque yo prefiero que gane el hispano, claro ;)

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    1. Yo también estoy con el hispano. Sin embargo no me importaría ver a Domiciano descender hasta la arena. Gracias por tu comentario, un abrazo.

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  3. En tu línea, muy bien, promete.

    En otro orden de cosas... ¿has eliminado relatos de tu blog, ¿no es cierto?

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    1. Sí; he eliminado todos los de la serie Ares, ya que tengo pensado convertirlos en novela, y el prólogo de Portador Oscuro. También que eliminado el de Tiresio, La Espada de Aurio, que ahora se llama Soledad y Arena. Un saludo.

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    2. Pues tengo ganas de leer las novelas en las que se convertirán esos relatos.

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  4. disfruté mucho viajar al interior de Marco Valerio, hurgar en sus pensamientos mientras está en juego la vida misma, un paralelismo bien interesante. Saludos.

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    1. Muchas gracias por tus palabras, compañero. Me alegro de haber conseguido lo que pretendía, pues en esta ocasión mi intención era mostrar al lector el interior del personaje (Soledad y Arena) en detrimento de lo hábil que éste pudiera mostrarse en la arena. Un abrazo.

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  5. Buenísimo Toni y espero que el principio, te deja con la miel en los labios. Besotes artistazo

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    1. Muchas gracias. Ya tenía ganas de subir algo al blog.

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