Descalzos


Estoy esperando a mi colega Sergio en el banco de la plaza, viendo a las gatitas folloneras de nuca rapada de mi barrio pasar.
Las muy guarras se exhiben por ahí medio desnudas, como si uno fuese de piedra. A estas felinas les crecen antes las tetas que los dientes, y se mueven como auténticas fulanas y ninguna de ellas es mayor de edad; aunque están tan acostumbradas a ir con unos y con otros, a cambiar tanto de dueño, que podrían enseñar lo que es bueno a cualquiera. Por ahí va Juani y Sara, Ania, Bea, Mar, Rebeca, y una banda de puntillos oliéndoles el culo detrás.
Pero qué ricas están todas, copón. Empiezo a notar inquietud en la entrepierna, sobre todo ahora que ha llegado esa gatita de Sonia, así que será mejor que el puto Sergio se vaya dando prisa o habrá aquí un jodido follicidio de esos que hacen historia.
He intentado hacerme una paja pensando en ella al despertar, pero no ha habido manera porque el puto dolor era insoportable. Esta mañana al abrir los ojos, me he acojonado mogollón del John porque me dolía la polla una pasada. Tenía el capullo en carne viva, como la vez que aquella puta callejera me la chupó y me salió un sarpullido enorme en el prepucio, sólo que hoy la muy hija de puta no se levantaba ni con el poster de mi vieja amiga Samantha Fox: lo cierto es que no se habría levantado aunque su prima Sabrina me hubiera puesto los melones en la cara. He tenido que echarme un pegote de Nivea en la cabecita pelona y, con todo, la cosa sigue igual de mal por ahí abajo.
¡Hay que joderse que todo le venga a uno cuando mejor está!
Aunque, para ser justos, no todo son malas noticias.  
He hecho aquello con Miguel, mi cuñado. El mariconcete se ha pasado por mi casa justo cuando daban en el canal Historia un documental del puto Julio César. Nos ha llevado un par de horas pero he conseguido un buen trato con el que pienso hacerme de oro y pegarme la gran vida, ya lo creo que sí. Aún lo flipo cuando me acuerdo de lo fácil que ha sido la negociación: he pillado medio kilo de coca por dos millones de pesetas. Los ojos de Miguel han bizqueado cuando he sacado el fajo y he empezado a contar billetes. Yo me he hecho el loco y no le he dicho de dónde sale la guita, ni que decir tiene. Por supuesto que no he pagado toda la coca. He soltado kilo y medio del tirón y el resto me he comprometido a pagarlo en dos meses.
El material se lo he pillado a unos jodidos rusos que ofrecen sus servicios en nuestro honorable país: gatos malos, malos de verdad. Mejor no joderlos o puedes acabar en el delicado pero siniestro maletero de un Audi muy perjudicado; sin dientes y tal. Sin nada de nada y con la terrible certeza de ser puta historia.
Queda claro que es un Craso error joder a estos mendas, tío.
Estoy todo emparanoiado con lo mío, sumergido en mi puto paraíso de Tony Montana, que no me pipo que Sergio acaba de llegar con una pedorreta súper fea: algo medio Mobylette, medio moto de carretera, con una barra en el centro rara de cojones. Es quizá la moto más grotesca que he visto en mi puta vida. Esto es típico de él: el otro día iba por ahí con una TZR que te cagas de guapa, un puto pepino de ochenta, y hoy va y secuestra la moto de los Picapiedra del puto caudillo de España.
—¿Pero qué coño es eso? —digo, sin dejar que me salude.
—¿Qué pasa?
—¿Cómo que qué pasa? ¿Dónde mierda está la TZR?
Sergio siempre se está riendo, lo hace por todo, pero tuerce el gesto cuando escucha la pregunta: es un cabrón rubio con los ojos azules, con la cabeza rapada y un flequillo tope largo que siempre se echa para atrás. Parece un nazi de esos que salen en los documentales de Auschwitz. Un puto nazi del Tercer Reich.
—En el puto depósito —dice, y vuelve a trazar su ya célebre sonrisa—. Y ahí seguirá mucho tiempo porque no tengo pasta.
Voy a decirle que no pasa nada, que yo pongo la guita y tal, pero aparece una gatita y empieza a hablar con él de no sé qué movida de pastillas. Sergio es de esos que están operativos las veinticuatro horas del día; siempre está trapicheando y nunca pierde la oportunidad de llenarse los bolsillos o la nariz. A veces me da por culo salir con él de fiesta, porque salir con él es hacerlo solo: desaparece y vuelve a materializarse cuando ya no lo esperas. Ahora está contigo, saludando a la disco, y cuando te quieres dar cuenta se ha esfumado otra vez. Lo encuentras más tarde haciendo negocios con unos tíos que nunca has visto, que nunca has escuchado hablar de ellos, pero que el cabrón conoce de toda la puta vida. Equipos de fútbol de barrio, universitarios, camareros, dueños de locales, incluso putos papás, da igual este mamón los conoce a todos y vende su mierda a toda la ciudad…
—Venga, hostia, que al final haremos tarde y todo —digo, mirando con odio a la putilla. Ella se limita a pillar las pastis y me enseña el dedo corazón antes de irse. Ni que decir tiene que le digo a la muy zorra por dónde se lo puede meter—. ¡Vámonos al puto fútbol, joder!
Sergio se apiada de mi alma atormentada y me lanza un casco y salimos zumbando en la pedorreta sideral. Damos la vuelta a la plaza y entramos al cajero a empolvarnos la nariz; después enfilamos derechos al centro. Al llegar al final de la jodida calle, me doy cuenta que hay un coche azul aparcado con dos tíos de unos cuarenta tacos mirando. Sergio también los ve: son un par de secretas que todos conocemos: el Canoso y su fiel colega de mierda que no sé cómo se llama. Dos cerdos que, precisamente cuando Sergio y yo éramos sólo unos críos, nos ligaron en mitad de una redada, sin que tuviéramos nada que ver con nada, y nos dejaron sin porros y con un susto de cojones en el cuerpo.
Ahora estamos tope serios porque el Peugeot de delante se ha detenido en el semáforo y hemos quedado en la puta ventanilla de los secretas. Sergio empieza a arrearle al puño de la pedorreta como un energúmeno, mirando el semáforo con fijeza como pensando: ponte verde, ponte verde, ponte verde, ponte verde, y sale disparado en cuanto el disco cambia de color: el tío se da la vuelta y me pregunta si me acuerdo y tal, pero le digo que haga el favor de mirar para adelante porque algún día vamos a tener un puto accidente de los que hacen historia.
Hostia puta si me acuerdo. ¿Cómo lo voy a olvidar? Aquellos cerdos fascistas intentaron acojonarnos contándonos lo que les sucedía a los pipiolos como nosotros en el talego. Nos quitaron los porros, las cadenas con los mosquetones que usábamos para las movidas chungas, y nos dijeron que nos abriéramos y que no querían vernos más por ahí. Menudo día de mierda aquel…  
Llegamos al campo y aparcamos la nave espacial en la puerta diez, como homenaje al mejor futbolista de todos los jodidos tiempos: Ronaldo Luís Nazário de Lima, el puto Ronaldo.
Es increíble cómo el Barça dejó escapar a un delantero de ese nivel: una entidad tan poderosa no puede permitir que algo así suceda. Ahora lamentarse no sirve de nada. Hay que mirar para adelante y rezar para que alguno de los jóvenes de la cantera, Xavi y Pujol sin ir más lejos, hagan su puta movida y pongan fin a estos años de sequía. Estamos en las primeras jornadas de liga, pero la cosa está muy apretada por arriba y todos quieren ganar. Y aunque el Madrid ha pinchado un par de partidos, nunca hay que darlo por muerto porque es el puto Madrid.
Estamos esperando a que un tío de seguridad, un amiguete de Sergio, abra el portón y nos cuele. Así que nos curramos un par de filas con disimulo. Los Boixos braman tope contentos en la terraza de un bar no muy lejos de donde estamos, y se me pone la carne de gallina cuando empiezan a enfilar hacia el campo; sin embargo, y menos mal, el susto se me pasa al ver que no pueden superar el cordón policial que los guía al estadio.
La puerta se abre y un segurata de unos cuarenta y pico años nos hace señas para que pasemos; yo le doy las gracias y Sergio se detiene un momento para pasarle algo. No me sorprendo porque para mí es ya un ritual. Subimos las escaleras de dos en dos, como putos críos, y el césped de la Romareda aparece ante nosotros: no es Camp Barça pero servirá. Saltamos una valla y vamos directos a las localidades más centradas. Un segurata barrigudo emerge de la puta nada y dice:
—Vosotros dos, ¿dónde vais?
Nos lo quedamos mirando, como si no entendiéramos su puto idioma de subnormal, y le decimos al cretino que vamos a ver el jodido partido en una banda. El segurata dice que no con la cabeza, entonces señala dos asientos y nos mira como dando a entender que nos estará vigilando. Yo siento la irrefrenable tentación de patearle el culo y mearme en su boca porque me he bebido cincuenta mil putas cervezas de tirón.
—Somos buena gente, colega —le digo…
—Tranqui, tronco —larga Sergio…
El partido da comienzo y Belsué le hace un entradón que te cagas a Luis Enrique; toda la grada lo festeja de la puta hostia y Sergio y yo nos miramos pensando que no vamos a disfrutar, que deberíamos estar con los putos culerdos. Es en el diecisiete cuando nuestro Craso error sin importancia se revela en todo su jodido y gran esplendor: Sergi Barjuán manda un puto misil teledirigido directo a la escuadra, poniendo el cero a uno en el marcador. ¡Boom! ¡A vendimiar, hijoputas agilipollados! Ni que decir tiene que, todo sea por tocar los cojones a los mañacos, lo celebramos como si fuese el puto gol que da la Copa de Europa, mientras la parroquia zaragocista se acuerda de nuestras madres: incluso algún vejete indignado intenta agredirnos.
—¡Que es sólo fútbol, buen hombre! —le digo, mientras me cachondeo en su cara. Y varios fulanos intentan tranquilizarlo.
—No seáis cabrones, hostia —dice un gato viejo y gordo con un bigote de puto Pancho Villa, claramente jodiendo la marrana.
Escucho decir a un desgraciado cuatrojos que nos la estamos ganando a pulso, que al final nos iremos calentitos a casa y tal. El menda se cree el puto Charles Bronson, cuando se ve a leguas que no llega ni de coña a Michael Dudikoff. Me dan ganas de largarle que cierre el puto pico si no quiere que le parta el culo, que se ande con mucho cuidado porque tengo muy mala leche y meo alambre de espino como el puto Sargento de Hierro: «soy el sargento de artillería Highway. He bebido más cerveza, he meado más sangre, he echado más polvos y he chafado más huevos que todos vosotros juntos, capullos». Suerte para él que sus colegas lo convencen para que enmudezca.
Después de nuestro diminuto incidente y de cien birras más, una segada por aquí y una ocasión de córner sin importancia por allá, corre el minuto setenta y el árbitro pita una falta a favor en la frontal; Rivaldo, el brasileño que le birlamos al Deportivo, se hace con la bola y la coloca con mimo. Sólo un minuto después estamos celebrando el gol como locos. Saltando de asiento en asiento y cagándonos en la puta madre que parió a todo Cristo.
¡Hostia puta la qué hemos liado otra vez, coño! La hinchada contraria censura nuestra conducta y el vejete de antes, al que le he sacado la lengua mientras festejaba el gol, viene directo a por mí como el mañaco malnacido que es. La puta seguridad acude en un visto y no visto, y nos sugiere por nuestro puto bien que abandonemos nuestros asientos, cosa que nos negamos a hacer porque hemos pagado la entrada y no tenemos por qué ceder a los deseos de estos radicales: más o menos y tal.
—Devuélvanme la entrada y me iré —digo, pero este gato de seguridad sabe de qué pie cojeamos y nos procura otro asiento
—¡Ha sido una puta pasada de la hostia, tío! ¡Lo he visto a cámara lenta y todo, joder! —exclama Sergio, todo alegre y tal.
—Sí, no ha estado nada mal —digo yo—. Lástima que haya tocado en un defensa de la puta barrera.
—¿Pero qué mierda dices? —Al cabrón se le trasforma el gepeto. Acaba de colocarse la careta de eficiente y sádico oficial de las putas SS, y parece más que dispuesto a hacerme tragar mis jodidas palabras—. Pero si ha entrado claramente por toda la escuadra de los cojones. Trabajas para la puta Once, ¿o qué?
—Sí, bueno —balbuceo—. Ha sido un golazo que te cagas, pero reconoce que ha tocado un poquitín en la barrera.
—Y una polla… —me espeta en la cara.
Hace referencia a mi afición por los putos documentales del Imperio Romano y otras civilizaciones, mofándose con ofensivo descaro, y me recomienda que no opine de cosas que no sé.
Sergio nunca ha sido demasiado objetivo en lo que al fútbol se refiere, más bien a lo que al Barça se refiere. El cabrón jamás reconoce las faltas en contra, los fuera de juego claros de la puta hostia o los goles fantasma: este menda es el único españolito que no vio intencionalidad en el pisotón de Hristo Stoichkov al pobre Urízar Azpitarte. Está claro que así no se puede debatir con un mínimo de seriedad. Como casi siempre en este tema, Michael Robinson y su día después me darán la maldita razón…
Como aprecio mogollón a este bastardo y no quiero cortarle el rollo, decido aflojar y le doy un motivo más para celebrar: saco del bolsillo treinta talegos y se los doy para que saque la TZR del depósito. Evidentemente no los rechaza, sólo que ahora quiere saber de dónde he sacado la pasta.
—No Preguntes —le digo. Y eso hace el cabrón…
Termina el jodido partido y salimos cagando leches en busca de nuestra siniestra máquina del tiempo, la cual nadie ha robado porque es fea de cojones. La jornada ha sido perfecta: el Madrid ha empatado a uno con el puto Betis, el Barça ha ganado por dos goles y Louis van Gaal ha sacado en el tramo final del partido al chaval de la cantera, Xavi, que lo ha hecho bastante bien. Y nosotros dos también lo hemos hecho cojonudamente bastante bien. Más bien nos hemos puesto bastante bien de coca. Lástima el gol de Aragón para el Zaragoza en el noventa y pico.
La euforia es infinita y pienso de verdad que no se puede ser más feliz. Estoy súper contento, me siento más que vivo y tal, pero noto cómo la droga que corre por mi cuerpo se pone a los mandos y desnaturaliza, sin poder hacer nada por evitarlo, mi mente quebradiza hasta extirpar toda esa felicidad que ahora parece tan lejana. Ahora las calles son un inmenso hormiguero y huir de él se nos antoja imposible. Nunca tantos significaron tan poco para mí, menos que nada. Noto el puto aire de la noche besar mi rostro mientras las farolas plomizas de la avenida van pasando lentamente, muy lentamente, porque todos seguimos una misma dirección para volver al hogar.
Somos putas ovejas hediondas siguiendo al pastor. Yo lo veo así: los Césares, los dueños de este mundo, los que lo gobiernan con puño de acero y protegen con escudo y lanza, nos regalan el fútbol para después robar nuestras almas, nuestra razón. Quieren que todos nosotros vivamos en su puto mundo de fantasía. Todo es una mentira de la que no van a permitir que despertemos, porque ahora nuestros culos todavía virginales les pertenecen.
—Salgamos de aquí, colega. Ya sabes lo que hay que hacer.
Mis palabras son un potente hechizo y el cohete espacial en el que viajamos gira bruscamente para saltarse el carril y hacer un cambio de dirección: nos sentimos invencibles que te cagas durante un segundo que dura toda la eternidad. Ambos sabemos que nunca seremos tan jóvenes ni estaremos tan llenos de vida como lo estamos ahora. Reímos y cantamos llenos de felicidad porque hemos vencido al sistema. Hemos arrasado Babilonia la Grande y sometido la voluntad de la gran Ramera.
—¡Hula, hula, la pirula! Hula, hula, la pirula!
La voz de mi amigo Sergio es tan cautivadora y tan disoluta a la vez, que no deseo estar en ningún otro puto lugar del planeta.
—¡Hula, hula, la pirula! Hula, hula, la pirula! —aúllo con todas mis fuerzas—. ¡Hula, hula, la pirula! Hula, hula, la pirula!
Entonamos nuestro peán particular como putos espartanos del asfalto. No respetamos los semáforos, y mucho menos las reglas de este mundo, porque estamos por encima del bien y del mal, volando sobre otro universo como putas águilas. Cada letrero que encontramos, cada neón colocado estratégicamente para beodos, nos obliga a detenernos a empolvar la nariz y regar la garganta con una cerveza tan asquerosa, que ni un legionario romano destinado en la antigua Galia o en Britania la bebería.
Y así mil veces. Un millón… Hasta que el jodido karma del que todos hablan nos encuentra.

-NKP-

—¿Qué coño ha pasado?
Estoy en el suelo e intento levantarme, pero un fulano que no conozco de nada no me lo permite. Sergio se encuentra a mi derecha, también en el suelo, sólo que él no lo intenta porque no se mueve. Hay un charco de sangre debajo de su testa y no lleva el jodido casco puesto, y alguien que no puedo ver comenta que ha salido disparado. Está tremendamente inmóvil. Tengo miedo.
—No te muevas, chaval. Estate quieto o te harás más daño.
Unas manos me sujetan con fuerza e impiden que recobre la verticalidad. Su propietario me suplica por favor que me esté quieto, que aguarde a que lleguen las asistencias y que no me mueva. Su voz me resulta tremendamente familiar: es el hedor a whisky en su aliento el que hace que me acuerde de mi padre. Pero mi padre, don promesas incumplidas, nunca se preocupó de mi vieja, ni de mis hermanas, y mucho menos de mí. Me sacudo este sentimiento de mierda, este lémur que me atormenta y que me hace sentir menos que nada, porque pienso que ese cerdo abandonó a mi vieja por mi culpa, entonces llega la ambulancia y descubro que el fulano que me atiende no es otro que el vejete del fútbol al que estuve tocando los cojones toda la puta tarde.
El menda sabe quién soy, ni que decir tiene, pero parece no importarle demasiado y se porta como un jodido héroe; informa a los sanitarios del estado de mi amigo, que es bastante peor que el mío; serena al tipo del coche con el que hemos chocado, que no ha sufrido daños importantes pero el susto que se ha llevado ha sido mayúsculo; y como un disco rayado, no deja de repetir lo importante que es que no me mueva.
Pero lo ignoro: el tiempo de las mariconadas ha pasado ya.
Sergio sigue tirado en el suelo sin moverse, pero está vivo, joder. Está vivo y yo tengo que hacer mi movida si no quiero acabar en el puto talego. Me acerco a una papelera y echo un vistazo en su interior, pero está llena de puta basura y la descarto del tirón. Echo una mirada furtiva en derredor, con los nervios a flor de piel, forzando al máximo la jodida mente en busca de la solución a mi blanco problema. Un tipo sale de un portal, con un chucho de esos que parecen una salchicha con patas, yo me lo quedo mirando y el fulano pone el pie en la puerta para que no se cierre: ha debido de confundirme con algún otro. Le doy las gracias y entro como un meteoro y me dirijo al ascensor.
Me hago el loco hasta que veo al fulano cruzar la calle, con el chucho detrás dando saltitos, y voy escopeteado a los jodidos buzones. Una patrulla de policía acaba de aparecer en la puerta, y dos agentes bien plantados salen del coche: Aníbal Barca y sus elefantes de guerra están ante las puertas de Roma. Empiezan a temblarme las putas piernas por el acojone y tal, así que me saco la coca del gayumbo y la introduzco en el primer buzón que veo: Noveno B, como Stevie Wonder. Sonrío al acordarme del chiste y me digo que así no se me olvidará. Ni que decir tiene que en nada pienso regresar a por ella. Pues claro que lo haré, joder.
Salgo del portal y descubro que ya es de día, y mi careto es una puta máscara impenetrable: ¿Drogas? ¿De qué putas drogas me hablan? Sergio está en la camilla, lo van a llevar al Clínico y pregunto si puedo ir con él. Nuestro ovni ha quedado reducido a la nada. Alguien empieza a decir que nos hemos saltado el puto semáforo y tal, que veníamos cantando, haciendo eses, y que no hemos respetado el disco. Me gustaría quitarme el cinturón y darle matarile, pero no tengo fuerza, la situación me supera. Sólo puedo entrar en la ambulancia y agarrar la mano fría, extraña, de Sergio. Es como la canción esa de Alejandro Sanz, Se le Apagó la Luz, sólo que no somos putos maricones y este menda, ni que decir tiene, vivirá porque es un jodido espartano.
—¿Sois amigos? —me pregunta una chavalita tope mona, creo que es la que corta el bacalao: pantalón azul con bolsillos a los lados, polo blanco ajustado, con unas tetas tan grandes que, por supuesto, siento unas ganas locas de agarrárselas.
—Sí —le respondo, y la tía me sonríe con dulzura. Sin saber cómo, empiezo a largar por mi boca la historia de cuando conocí a este bastardo—. No, yo no soy de esta ciudad, soy de Salou. Vine aquí cuando era un pipiolo, ¿me entiendes?
Es la puta droga la que habla por mí. Esta tía me pone súper cachondo, tope cerdo, así que intento camelármela con malas artes para que me deje meter mi polla entre sus tetas.  
—Es para mí como un hermano y tal —estoy, una vez más, listo para contar mi gran historia, la historia de las jodidas historias que todo el mundo sabe, pero que no dudo en adornar cada vez que cuento—. Todo empezó hace un porrón de años...
En realidad no tantos, joder. Yo tenía catorce y me quedaban unos putos meses para cumplir los quince. Sergio, y no exagero, era un gato respetado y tal, tenía fama y casi nadie le tocaba los cojones. Yo acababa de llegar y, para ser sincero, no encontraba mi sitio, todo era tan distinto a lo que estaba acostumbrado, tan diferente, que iba por ahí montándomelo en plan gato solitario.
Después de algún tiempo, empecé a visitar algunos salones recreativos, donde encontré a lo mejor de lo mejor de cada casa. Sergio estaba por ahí, apenas un peldaño por encima en el puto escalafón de macarras de barrio: Gonzalo, Cadenas, Alumbrado, al que por entonces llamábamos Julio, y unos cuantos hijoputas más cortados por la misma puta tijera.
El caso es que, gracias a mis idas y venidas, un día descubrí que un hijoputa apodado Taje, Maje, Faje, Saje o algo así, tenía cuentas pendientes que ajustar con Sergio y para ello el cabrón había reunido una jodida banda de unos veinte, veinticinco mendas, aunque a esta tía le digo que no bajan de los cincuenta.
—Eran un montón y querían darle matarile, ¿entiendes?
Ella dice que sí, pero parece no entender un carajo. Ni que decir tiene que yo sigo con mi sucia movida como si nada.
Los putos camorristas de mierda están a un paso de mí, en la puta calle de detrás del recreativo, motivadísimos de la hostia: cadenas, puntas de acero, bates de béisbol y otras defensas. Los cerdos andan súper cachondos, tope empalmados y tal por la que están a punto de liar, así que no me lo pienso ni un segundo y salgo cagando leches rumbo al recreativo para dar el toque.
Por increíble que parezca, nunca he soportado las injusticias.
—Por ahí viene una puta banda con putos bates de béisbol a por ti. —Sergio se queda de piedra. El mamón y yo nunca hemos hablado, pero sé que me ha visto unas cuantas veces por ahí—. Toma esto. —Le lanzo mi cadena con mi mosquetón para que se defienda, es una argolla plomiza a la que me gusta llamar el puto Jesse James, y el menda me lo devuelve y me dice en mi cara que él pelea a puños. Puto tarado de los cojones.   
Como en una puta película de Van Damme, los buenos, o sea nosotros, nos plantamos con nuestros huevos toreros a esperar a las hordas de Atila el huno, o sea el tal Taje, Maje, Faje, Saje y toda su puta banda, que no tarda en aparecer por la esquina. Somos Sergio, Gonzalo, Alumbrado, un gitano tope chungo que no deja de llamarme socio, un par de pibes más y yo.
Ellos vienen hacia nosotros desplegados, ocupando toda la puta acera y haciendo mucho ruido; sin embargo, algo sucede durante el paseo, está claro que se han acojonado al vernos ahí, porque en lugar de liarse a hostias el tal Taje, Maje, Faje, Saje o cómo cojones se llame el subnormal, empieza a hablar.
—¿Tú que vas diciendo de mí? —enseguida me doy cuenta que el tío es un julay y que sin sus colegas no vale nada.  Sergio también se queda con la puta movida y tal, pues la reacción del tontín hace que mi nuevo colega adopte la pose de puto hombre de hielo.
—¿Quieres algo?
—Me han dicho…
—Ni me han dicho, ni pollas. ¿Quieres algo? —Estos fulanos son unos cuantos y se las prometen felices, pero Sergio juega en su puta casa con todo el equipo de gala y el marcador a favor.
Lo veo abrir los brazos y no puedo aguantarme la risa porque el colega le echa huevos a la puta cosa. Hay demasiada tensión, demasiado de todo que sólo se disipará tras un intercambio de empujones. Algo me dice que estos fulanos están cagados, así que propongo una pelea uno contra uno: Sergio contra el jodido tocapelotas del tal Taje, Maje, Faje, Saje. Para sorpresa del cretino, su puta banda de cagones, muy preocupada por la presencia del gitano que no deja de llamarme socio, le hace la pirula al innombrable y acepta mi propuesta. La cara del capullo cambia radical, pero no puede echarse atrás porque sus colegas quieren salvar la situación, y son capaces de romperle el culo ellos mismos.
El viento sopla a favor, así que le digo al cabrón que se quite las puntas de acero, porque Sergio lleva puestas unas Adidas Mutombo, y el inútil hijo de perra accede y empieza a probarse zapas de sus colegas sin que ninguna le quede bien. Entonces pasa algo que nos deja a todos tuertos del culo: Sergio se quita las Adidas y casca todo chulo que peleará descalzo.
—¡Descalzos! —grita, dejando las zapatillas en la puerta del bar de al lado.
Ahora la cara del aspirante a macarra es un puto poema de la hostia. El fulano hace lo mismo, vuelve a quitarse las botas y se las pasa a un colega; después se lanza a por Sergio sin avisar: cuando quiere darse cuenta, Sergio le ha hecho una llave y se halla encima de él lanzándole una lluvia de puños en el careto.
Uno, dos, tres, cuatro, este hijo de puta ha abierto la caja de las putas galletas y no puede parar. El tal Taje, Maje, Faje, Saje o como mierda se llame, ni que decir tiene, no puede hacer ni un puto carajo, menos que nada, porque Sergio se ha puesto en plan Contacto Sangriento y le está dando la de su puta vida. Sólo la intromisión de un par de ciudadanos que pasan por ahí, gracias al cielo, libra al infeliz de una paliza mucho más humillante… 
No puedo evitar reírme cuando vuelvo a recordar a aquellos dos señores llevándose a Sergio, completamente descalzo, y yo con sus Adidas detrás. Estábamos exaltados, entonces era yo quien llamaba socio al gitano. Ese día Sergio y yo demostramos que muchos no siempre son mejor. Ni que decir tiene que ya no nos hemos vuelto a separar. Ni lo haremos jamás.
Me sobresalto cuando la ambulancia se detiene y se abre la puerta. Veo desaprobación en la mirada de la sanitaria, como si no pudiera creer lo que acaba de escuchar. La gatita sale pitando y saca a Sergio con la ayuda de dos tipos. Ni siquiera mira para atrás. Simplemente se marcha con una mueca de asco.
—¡Hula, hula, la pirula, so guarra! Hula, hula…



Diosa Eterna


Russell, subyugado por el deseo carnal, se encuentra en los solitarios pasillos de un hotel de cinco estrellas de Fiji; dos plantas por encima de la habitación que ha alquilado durante todo el mes con Michelle. Se detiene junto a uno de los espejos que descansa en una de las paredes de la décima planta, sólo para templar sus nervios y asegurarse de que nadie lo observa. Su cabello rubio, siempre bien peinado hacia un lado y del que se siente tremendamente orgulloso, brilla con la fuerza de mil soles, arrancando destellos de color miel que hacen las delicias de jóvenes y no tan jóvenes. Se acerca al rellano de la suite deluxe, el silencio de la estancia le lanza guiños de complicidad que lo animan a seguir con su locura, y llama a la puerta con el corazón latiendo tan fuerte en su interior que cree que va a salírsele.
Sale a recibirlo una belleza italiana afincada en Roma, de largo cabello negro; una de esas mujeres por la que un hombre daría la vida. Morena, de piel aceitunada a medio desnudar, ojos negros penetrantes y unos senos de oscuros pezones que arrastran a Russell a la locura; una diosa del pecado de la que ha quedado prendado. Un anhelo del que quiere disfrutar.
La mujer sonríe al verlo, el rostro perlado de sudor y furtivo como un expedicionario del amor. Se llama Mia, Mia Disopranio. Su marido, un viejo magnate al que no le importa lo más mínimo que su joven y voraz esposa se divierta con otros hombres, en estos instantes no se halla en el país, algo que a Mia no importa en demasía. De madre italiana y padre libanés, Mia es poseedora de la fuerza y la belleza del cruce de dos culturas separadas por el Mediterráneo, un manjar que el hombre se muere por acariciar, un pecado del que se piensa vanagloriar.
Russell, con el miembro viril palpitante y pugnando por salir de su pantalón, se lanza desesperado al cuello de Mia, sin molestarse siquiera en cerrar la puerta de la habitación. Ella recibe gustosa sus caricias y echa la cabeza hacia atrás para lanzar un suspiro que enciende más aún los ánimos del hombre. Él termina de desnudarla, y ella hunde su mano en lo más íntimo de su ser, se muerde el labio y se acaricia el sexo mientras lanza gemidos que son escuchados en toda la planta. Él la toma por la espalda, y recorre su cuerpo con la punta de la lengua hasta llegar a su culo, al que dedica varios mordiscos antes de enterrar el rostro para empaparse de las fragancias y los jugos que nacen de su interior.
Se impregna de todos aquellos sabores y al levantarse, tembloroso y avergonzado, abraza a la joven con fuerza.  Siempre le sucede lo mismo cuando engaña a su mujer. El ímpetu es tal que Mia tiene que luchar para darse la vuelta, buscando la boca que acaba de lamerla entera, anhelando el sabor de su propio cuerpo en los labios de un desconocido, que ahora la agarra por la espalda con el pene ya desnudo, tieso y duro como el del amante gentil que es, y la penetra.
El acto dura apenas un suspiro. Mia percibe que Russell se halla al límite, y se separa de él ofreciéndole su coño para que pueda explotar a placer sobre él. Después acaricia la verga del hombre, arriba y abajo, y él se deja llevar por el deseo, por los instintos más primitivos, y vuelve a penetrar a la diosa de la ciudad eterna.

Camorristas



Otra vez están con esa mierda en el telediario de los cojones, como si no existiera nada más. A mí no me afecta en absoluto. Me la trae floja porque necesito estar concentrado para lo de esta noche. Yo prefiero pelear a puños, como los hombres, pero hoy pillaré el cinturón de la hebilla con el que le abrí la cabeza al mamón del Rizos. Me pongo los pantalones de chándal con las Nike de diez talegos, la camiseta de tirantes mimeta y la alpha plateada y najo volando al parque; es cuanto necesito para ser el más kie. Eso y los sellacos de oro que me pillé el otro día en la fundición. Sobre todo ahora que Soledad, mi Sole, doña me encanta que me hagas pajas cuando voy toda encocada, me ha dejado.
Normalmente no cogería el autobús e iría dando un paseo y tal, estirando las putas piernas, pero paso de patearme la ciudad y cruzar por delante de todos los nazis que se ponen en la puerta de la disco; es mejor no tener bulla con los nazorros por si algún día te los tropiezas en el talego, ¿pillas? Joder si pillas, pringado. Aquí las cosas funcionan así: le echas huevos, eres el puto amo y nadie te tose. Pero en el talego no basta con echarle huevos: si nadie cuida tus espaldas estás muerto, así de claro…
No es mi caso, ni que decir tiene. Yo me enrollo que te cagas con la peña y por eso me respetan. No como la maricona que está sentado en el asiento de delante, un niñato pijo que se cree mejor que yo porque lleva zapatos buenos y camisa. El bujarras huele calzoncillos no ha dejado de mirarme desde que he subido al bus. Al final le voy a soltar una hostia en toda la boca que le van a saltar los dientes. Lo miro al careto hasta que baja la vista y eso me produce un placer enorme. Jambo 1 Mierdecillas 0.
Está claro que se ha cagado. Yo soy un puto gato negro y él un gatito casero recién destetado. Me resulta tan fácil someter a estos mierdecillas que van de kiowa, ponerlos en su jodido sitio, que deberían darme una maldita medalla por achantarlos. Se me da bien de cojones, está claro. Me siento tan satisfecho que, si tuviera una puta barba extensa de puto leñador heterosexual del puto bosque, la acariciaría sin cesar para que todos supieran quién es el gato con más estilo del barrio. ¡Coño, la parada!
Me levanto y el mamón de la camisa se pone más tenso que Walker, echando esa cara de teleñeco para atrás para que no le dé con todo lo gordo. Menuda nenaza. Me bajo del bus de un salto y me quedo con la boca abierta como un pasmado fumeta: hay una pintada en el muro de enfrente acordándose de todos y cada uno de mis augustos ancestros: ME CAGO EN TOS TUS MUERTOS, JAMBO. Y otra más adelante que me mosquea del todo: JAMBO VA DE LISTO Y ES UN PUTO PUNTILLO.
Hostia puta que mal rollo. Esto sí que me cabrea de la leche. Hay más pintadas pero las ignoro; misma letra, mismo spray cereza, mismo comemierda que cuando lo pille está muerto.
Es evidente que algún subnormal quiere tocarme los cojones con mierdas de críos. Ir por ahí pintando paredes me parece lo peor. Es lamentable ver a un jodido abuelo, estropajo y bote de lejía en mano, intentando borrar esa gran polla venosa que han pintado en el ladrillo de su flamante chalet. Como si bastara con eso. Pero, ¿de dónde coño han sacado a este puto pringado? Use disolvente, buen hombre, es la única forma de borrar esa mierda. Use disolvente y después llene una jodida bolsa y meta su sucia nariz e inspire con fuerza. Ya verá que globazo se agarra. Y de paso dele un poco a la insulsa de su mujer, igual se pone toda cerda y se abre de patas. ¡La Paca me ha hecho una mamada y ni siquiera es navidad! Menuda vida de mierda tienen algunos…
Saludo a una titi amiga de mi prima al llegar al parque y salto la valla sin tocarla, haciendo que a la gatita se le haga el chocho Pepsi-Cola. A pesar de ser las ocho de la noche, no se ve excesivo ambiente que digamos y eso me tranquiliza un poco. Hay unos cuantos mendas sentados en el banco que está más cerca del túnel donde trapicheamos, y los mongolos empiezan a gritarme no sé qué mierda de puntillo en cuanto me ven llegar: está claro que han visto las pintadas. Estos gatos siempre están intentando meter el hocico en el cacharro del pienso como si yo no tuviera nada que decir. Son pequeños felinos de uñas frágiles que, como sucede en la vida real en la sabana africana, reúnen pequeñas cantidades de valor cuando se hallan en manada y ponen a prueba al rey de la selva. ¡Craso error, mamones!
—¿Qué pasa pues, puntillos? —suelto nada más llegar, y le endiño un pepito en la frente al primero que se me acerca a chocar la mano; todos rompen a reír y el notas se queda con cara de gilipollas hasta que le lanzo una piedra de costo y le digo que se haga unos cuantos: aún no lo sé, me entero después, están hablando otra vez de la vieja esa a la que mataron para robarle.
—¿Has cobrado lo que te debían del curro, Jambo?
Quien pregunta es Sergio, un gato negro como yo y el único del grupo que realmente merece la pena. Estuve saliendo dos años con su hermana Lisi y para mí es como un hermano.
Le digo que sí mientras enchufo el canuto que Gonzalo, don pepitos en la puta frente, se acaba de currar. Le meto dos caladas potentes y se lo paso ignorando a Gonzalo, que tiene que seguir currando como un negro si quiere fumar toda la noche de gorra.  
Son cuatro en total: Sergio, Gonzalo, Cadenas y Alumbrado. Lo llamamos así porque el hijo de puta está todo el santo día en la puta parra, sin duda culpa de los tripis que se ha comido y tal. El anormal no deja de mirarme el colorado que llevo; observa los sellos como si estuviera pensando darme el palo. Sergio también los ha dicado y me hace señas para que se los enseñe, y yo no veo el problema porque eso me brinda la oportunidad de vacilar un poquito más.   
Está todo emocionado hociqueando el material, dándoselas de gángster del oro, cuando oímos el inconfundible sonido del kit yasuni de una pedorreta acercándose. Acto seguido se oyen más tubos de escape, y un fulano con un casco naranja aparca su mierda de moto a cierta distancia de donde estamos. El resto lo imita: alphas plateadas en plan skinetes, pantalones de chándal Nike y Adidas. Son gatos con uñas afiladas y saben usarlas…  
—Vamos…
Sergio se levanta del banco y empieza a tirar millas directo a los fulanos, sin mirar siquiera si le seguimos. Cadenas y Gonzalo, que es un cagón y seguro que nos deja tirados a las primeras de cambio, van tras él y le cubren las espaldas. Sólo quedamos Alumbrado y yo, que saca una germana de la bomber como si nada y sonríe. Parece que después de todo tendremos bulla con estos cabrones que le robaron las pastillas a la churri de Sergio, cosa que me importa una puta mierda. Así que más vale que Alumbrado sepa usarla porque estos mendas nos van a dar matarile del bueno. No veo forma honrosa de salir de esto.
Igual no tendría que haber venido. ¡Craso error, Jambo!
Empiezo a sentir esa ansiedad en el estómago que me aborda en estas biósferas. Mi colega Sergio y un felino se chocan las cabezas intentando dirimir quien tiene más cojones de los dos, sin dejar de insultarse en todo momento. Alumbrado mira un par de veces en mi dirección, y me apremia para que me dé prisa. No soy consciente en absoluto de lo tremendamente lento que estoy andando. Es verano y llevo puesta la chaqueta como buen kie, así que sudo como un puto pollo. Cadenas y el bujarras del Gonzalo no se separan de Sergio ni un instante, retando al resto de gatos con la mirada, que se muestran de acuerdo en una pelea uno a uno.
El hallazgo me envalentona. Es fácil ir de vacilón cuando no eres tú el que se va a romper la cara. Si estos mendas respetan las reglas del juego y no se meten por medio, todo quedará entre Sergio y el otro tipo, así de sencillo funciona el tema. Estoy a dos pasos de todo el meollo cuando, a lo lejos, veo que el novio de una de mis hermanas viene hacia nosotros con un montón de peña. Mi amigo Sergio parece que tiene la cosa controlada: el otro menda empieza a achantarse y los colegas cada vez están más nerviosos. Mi cuñado levanta la mano y me saluda. Es un mastodonte que reparte unas hostias de miedo y eso hace que termine de relajarme. Además, Alumbrado y el resto aún no se han percatado de su presencia. Siento la sangre correr por mis venas y me vengo arriba. Soy de los que apuestan sobre seguro, y estos tíos han cometido un gran error al venir a nuestro barrio tan a la ligera. Craso y cojonudo error, hermanos. Me arranco el cinturón en un visto y no visto, que no sujeta los pantalones porque es para lo que es, y voy a por el minino más flaco.
—¿Tú qué coño haces, eh?
El tipo se queda flipando y yo aprovecho para meterle con toda la hebilla en el gepeto. La sangre brota a borbotones de su nariz y de la brecha que le he abierto debajo del ojo, así que me aparto de él para que no me manche la alpha. Sus colegas tardan un instante en reaccionar, de modo que cuando quieren darse cuenta, ni que decir tiene, les llueve una lluvia de golpes que los pilla por sorpresa. No obstante, estos hijos de puta se rehacen rápido del copón e intentan hacer su movida lo mejor que saben.
Veo a mi colega Sergio, con el flequillo rubio tan tieso como la cresta de un gallo, agarrar la cabeza del mamón de la moto y estampársela contra un coche. Alumbrado, puta porra en mano, irrumpe con un alarido y empieza a repartir mandanga a diestro y siniestro, como si fuera un puto caballero templario en Tierra Santa. Yo intento mantener a raya con el cinturón a un menda que me saca una cabeza, pero el muy bastardo no se acojona e intenta, una y otra vez, arrebatarme la defensa. A mi izquierda, en plan puta bailaría, haciendo como si hace algo pero sin hacer nada, el mierda de Gonzalo va de un lado a otro amagando con soltar una hostia, haciendo el puto papel de su puta jodida vida.
Le digo que me ayude, pero el soplapollas va directo a por el menda al que le he soltado el correazo, que sigue sangrando sin parar, y la emprende a patadas con el pobre desgraciado, que sólo puede cubrirse el rostro y rezar para que ninguna patada del maricón de Gonzalo le termine de reventar la cara. Ni que decir tiene que yo hubiera hecho lo mismo. Me percato de que estoy reculando, a punto de abandonar el campo de batalla, entonces el hijo de puta don te saco una puta cabeza, que ha hecho de lo nuestro algo personal, consigue arrebatarme el cinturón y me lanza un correazo que no me marca la cara para toda la vida porque dios no quiere. Ahora los tengo de corbata y tal. Echo un vistazo a mí alrededor, para pedir ayuda, entonces aparece mí cuñado con toda su basca, que se han pipado de toda la movida, y este cabrón y sus putos colegas se llevan las del calamar.
Noto un profundo placer al verlos arrancar las pedorretas precipitadamente y salir pingando rueda como las ratas que son. Sergio sale corriendo detrás de uno y le endiña un golpetazo en toda la riñonada con un casco sin dueño; el tío hace una ese sobre la Yamaha y a punto está de dar con sus huesos en el suelo.
—¡Tu puta raza, maricón! ¡Estáis muertos! —grita Sergio, que se quita la chaqueta que le ha comprado a un mangui del barrio para evaluar los daños.
—¿Estás bien, colega?
El cabrón me mira todo enfurruñado, molesto por meterme.
—Ese gatazo ha sacado una puta navaja y te la iba a clavar, colega. —Miro a Alumbrado, que no puede volver a plegar la porra porque el muy animal la ha usado de lo lindo; parecía el puto Jean-Claude Van Damme contra el mundo—.  ¿Verdad, Alumbrado? —Ni que decir tiene que éste responde con un sí.
Sergio me agarra la cara y pone su frente en la mía. Dice:
—No lo olvidaré nunca, colega. —susurra—. Te has portado como un hermano y te debo la puta vida. 
Le digo que no es nada y hago como si me seco los ojos, para que todos entiendan que gracias a mí Sergio sigue vivo.
Mañana la noticia correrá como la pólvora por todo el barrio, y si logro recuperarme del pedo que pienso pillarme esta noche, disfrutaré mucho narrando mi hazaña mientras me trinco media docena de jarras de cerveza heladas.
Mi cuñado se acerca y me pregunta, con ese vozarrón de gigante que tiene, si está todo correcto. Le digo que sí y me lo llevo aparte para preguntarle si mañana me puede llevar con el coche a pillar coca. Me dice que no hay ningún problema, que le pegue un toque  a su queo o al busca y me acompaña. Después hablamos del Barça, que ha vuelto a perder en Mestalla por culpa del jodido Piojo López. Miguel, mi cuñado, se mosquea de la leche cuando se acuerda y empieza a decir que son todos unos vagos, empezando por el Sonny Anderson de los cojones, que ya no le marca ni un gol al arcoíris: Cadenas y el resto nos observan a pocos metros, así que intento poner mi cara más seria, como si la conversación fuera la hostia de importante. 
Hago lo mismo al despedirme: abrazo a Miguel y le recuerdo nuestra cita de mañana, asegurándome que todos lo oigan.
Sergio viene y me pasa el brazo por el hombro, tiene restos de sangre en el labio, y me pone una pelota de unos veinticinco gramos, digamos de cocaína, delante de la cara mientras sonríe: es su forma de agradecerme que haya machacado al tío que casi le pincha. Después dejo que Gonzalo, Cadenas y el zumbado de Alumbrado me agasajen como si fuera el puto Mike Tyson. Aún estoy disfrutando de la recompensa, por ser el gato, qué digo gato, la puta pantera más mortífera del barrio, cuando aparece la titi esa amiga de mi prima, la del chocho Pepsi-Cola, entonces me vengo arriba y le digo que se venga a tomar algo con nosotros y a comernos unos gramos de coca. Ella accede. La muy zorra ignora que después del colocón se comerá algo más.
Este gato huele los chochitos en celo a kilómetros.     

 








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