Rebeldes: Las Campañas de Sertorio en Hispania



Autor: Pedro Santamaría
Edición: Ediciones Pàmies, S.L
Páginas: 405
Año de publicación: 2015

 Año 88 a. C. Tarde de teatro en Roma. Un hombre corpulento, tuerto y vestido con atuendo militar, acaba de llegar al lugar donde se representará la tragedia griega Prometeo encadenado. Los asistentes le ovacionan. Es Quinto Sertorio, el sabino, héroe de las guerras contra cimbrios y teutones, comandante de una de las legiones de Cayo Mario en las guerras sociales que asolan Italia y que enfrentan a la ciudad del Tiber con sus aliados latinos. Esa será la primera vez que Cneo Placidio Mutio, un muchacho de catorce años, vea a Quinto Sertorio. No será la última.

Cinco años después dos hombres ambiciosos y sin escrúpulos se disputan el poder en Roma: Cayo Mario y Lucio Cornelio Sila. La guerra civil entre estos dos colosos será sangrienta y acabará por aupar al segundo a la cima del poder. Quinto Sertorio, en ese momento procónsul para Hispania, se niega a reconocer al gobierno instaurado por un hombre al que considera un usurpador de la legítima República. Dará así comienzo uno de los episodios más apasionantes y olvidados de la historia de España, en el que un general proscrito, y habilísimo estratega, logrará, con un puñado de hombres, levantar a los hispanos contra el poder del Senado y ponerlo en jaque durante una década. Uno tras otro los ejércitos de la invicta Roma se estrellarán contra el genio militar del sabino. El talento y la capacidad de hombres de la talla de Pompeyo Magno y Metelo Pío se verán puestos a prueba en una guerra larga y agotadora. De todo ello será testigo Cneo Placidio Mutio.

Heldenhammer



Autor: Graham McNeill
Edición: Timun Mas
Páginas: 384
Año de publicación: 2008

Tiempo de Leyendas: la emocionante precuela del salvaje mundo de Warhammer.
Las tierras del Nuevo Mundo son lugares salvajes e indómitos, donde las primitivas tribus de hombres luchan por sobrevivir. En esta época de peligro, en virtud de sus valerosas hazañas, un joven reclama el liderazgo de la tribu Unberogen. Su nombre es Sigmar Hendelhammer, y sus actos cambiarán la historia para siempre. Este es el relato de la ascensión de Sigmar al poder, culminado en la batalla del Paso del Fuego Negro, donde hombres y enanos lucharon contra las inmensas hordas de orcos para salvaguardar el futuro Imperio.

Los Héroes



Autor: Joe Abercrombie
Edición: Alianza Editorial
Páginas: 792
Año de publicación: 2012

Tres hombres. Una batalla. Ningún héroeCuentan que Dow el Negro ha llegado al trono del Norte sobre una montaña de calaveras. Mientras, el rey de la Unión ha decidido que hay que pararle los pies y sus ejércitos ya han invadido el Norte. Miles de hombres están convergiendo en un antiguo círculo de rocas —los Héroes—, en un valle anónimo que se convertirá en escenario de una de las batallas más sangrientas que el Norte ha presenciado. Al mismo tiempo, los dos bandos están infestados de intrigas, rencillas y envidias, que hacen el final imprevisible…“Abercrombie ha llegado en poco tiempo a la cumbre de la fantasía heroica…" Los Héroes" es una brillante y vertiginosa novela en la que una devastadora y absurda batalla muestra a los supervivientes tal como son realmente… Con frecuencia resulta sombría, pero sólo porque es honesta.”SF Reviews“Un extraordinario y entretenido relato de una batalla de tres días —coreografiada como una película de Kurosawa— que no deja héroes tras de sí; sólo supervivientes.”Lev Grossman, Time Magazine“" Los Héroes" es una denuncia de la guerra y de la duplicidad de los hombres que aspiran al poder absoluto… Brillante.”Eric Brown, The Guardian

Pan y Circo



Autor: Yeyo Balbás
Edición: Rocabolsillo
Páginas: 405
Año de publicación: 2013

Una vibrante novela histórica en torno a los espectáculos y la cultura del ocio en Roma como herramienta para mantener al pueblo ajeno de la vida política.Por el autor de Pax Romana.Año 23 a.C. Augusto está gravemente enfermo y sus dos herederos se disputan la sucesión. Para ganarse el favor de la plebe, Marco Claudio Marcelo dilapidará su fortuna en juegos circenses, obras de teatro y combates entre gladiadores, mientras una atroz sequía hace peligrar el suministro de trigo a Roma. A esta amenaza se suma la conspiración de un grupo de senadores, liderados por Fanio Cepión y Licinio Varrón Murena, que pretenden reinstaurar la República.Como agente al servicio de Tiberio, Marco Vitruvio Rufiano deberá infiltrarse en la escuela de gladiadores de Varrón Murena para averiguar sus planes y tratar de desbaratarlos. Una misión que le llevará desde los bajos fondos de la capital hasta la arena de los anfiteatros, en los que se decide el futuro de la República. Pronto descubrirá que su hermanastra Vitruvia, que regenta un negocio editorial, y Cintia, una actriz de mimo, desempeñan un importante papel en la despiadada lucha por el control de la opinión pública.

Ululos y Paladinos



El remordimiento siempre llega primero. El resto es dolor.
Experimentó un vacío aterrador al recordarlo: había matado a su hermano con su propia espada. Al principio pensó que hallaría paz, pero pronto comprendió que aquel fantasma le perseguiría sin descanso durante toda la vida.
Desde las almenas, Ricardo de Bouillón contemplaba los bosques de roble y abedules que rodeaban la ciudad de Palaós. A su derecha, serio, con la capa roja que vistiera en tantas contiendas, su fiel amigo Andrés de Montbard veía al ejército del emperador Dow de Chatillón tomar posiciones. Cerca, Bolwar el Cazador tensaba indiferente su arco.
—¡Ricardo, ha llegado tu hermano! —aulló Andrés de Montbard por encima del hombro—. ¡Y parece que viene acompañado por todo su ejército de hijos de perra!
Ricardo seguía oteando los bosques con aquella mirada gris cual tormenta de verano. Llevaba el cabello recogido y su barba lucía desalineada; igual que la coraza negra que protegía su pecho y la capa roja que cubría sus hombros. El recuerdo de su hermano Bregan, a quien él mismo había ejecutado, martilleaba su cabeza con la violencia con la que un herrero atacaría su yunque. Y para colmo anhelaba con todas sus fuerzas echarse un trago de lo que fuese al coleto, algo que no pasaba inadvertido para Andrés y para Bolwar.
—Al jodido estandarte de Ulula se le une el de Drakkar y el de Eneas, pero no veo a ninguno de los dos dirigentes por ninguna parte —siguió diciendo el duelista, que arrojó un escupitajo por la almena a modo de maldición—. Sabía que ese juicio de mierda nos traería problemas. Desde que acabamos con la vida de Bregan, nuestra estrella brilla con menos intensidad que la de una fulana de embarcadero.
Bolwar se mordió el labio inferior y echó un vistazo por el merlón. El día había amanecido despejado, un aroma a pan recién cocinado, entremezclado con mierda de caballo y meados que eran arrojados desde las ventanas, reinaba en la capital: algo que para muchos significaba una mañana perfecta para la guerra. Incluso el arquero lo creía así, pues el sol brillaba con tanta fuerza que desde su posición podía ver el brillo de las aguas del río Yaniracocha, pero también el de las lanzas de un enemigo cuyo número no dejaba de crecer. Sin duda era buen escenario para pasar a la historia.
—Drakkar está a la derecha de Dow —dijo el cazador.
—¿Dónde? —preguntó Andrés, entrecerrando los ojos.
—Junto al César. Ya no luce la armadura de escamas de dragón que habitúa. Desde aquí veo también el estandarte de la casa de Eneas, pero no al caudillo entre los presentes.
—¿Crees que no ha regresado de los desiertos?
—Es una posibilidad —indicó Bolwar—. La guerra que Dow ha sostenido en el este ha sido cruel. Incluso su legión se ha visto mermada. Quizá Eneas se halle entre los que perecieron. —El montaraz se mordió el labio y llevó su mano a la frente a modo de visera. Era un tipo enigmático del que se contaban mil historias, algunas más difíciles de creer que otras—. Baros de Caria tampoco ha querido perderse la función —apuntó. Aquello devolvió a Ricardo a la realidad, que no dudó en situarse junto al bucólico.
—¿Es él? ¿Estás seguro…?
Baros de Caria, duelista de Palaós y lugarteniente de Bregan, había sido testigo de la muerte del César paladino. De hecho fue él quien, tras ser liberado por Ricardo, informó a Dow de la suerte que su hermano había corrido.
—Tan seguro como que me llamo Bolwar —dijo el arquero, y volvió a morderse el labio—. Se encuentra a la izquierda de Dow. Es el que monta el caballo blanco con los distintivos de la casa de Ulula. Será una linda velada.
Un silencio incómodo se apoderó de la fortificación.
—¡Se mueven! —ladró alguien tras la celada de su yelmo. La voz sonó metálica y muchos no entendieron sus palabras hasta que el marcial las volvió a repetir.
En efecto, a extramuros, el ejército sitiador se ponía en marcha. Dos jinetes ataviados con la panoplia al completo se adelantaron al resto: eran Dow de Chatillón y su nuevo campeón, un luchador formidable cuyo nombre era temido y respetado a partes iguales. Ambos centauros recorrieron con parsimonia la distancia que los separaba de la capital. Acto seguido, sofrenaron sus monturas y descabalgaron como si no estuviesen siendo vigilados por un millón de ojos; fue entonces cuando Chatillón se arrancó el yelmo de la testa y desafió a muerte a quien hasta hacía poco había llamado hermano; a pesar de que por las venas de Ricardo no corría la sangre de la casa Chatillón, pues todo el mundo sabía que tras la muerte de su padre, de Bouillón, que tan sólo contaba con cinco años de edad, había sido adoptado por Jaca de Chatillón, padre de Dow y de Bregan. El cual no dudó en atender las necesidades del pequeño como si de uno de sus propios hijos se tratase. Ya a la edad de ocho años, como era costumbre, Ricardo fue instruido como miembro de la Orden de los Duelistas; una antiquísima hermandad de guerreros cuyo cometido consistía en defender las fronteras imperiales de la amenaza bárbara.
—¡Ha solicitado combate singular! —dijo Bolwar.
El sonido metálico de una espada golpeando en su vaina, sumado a la urgencia de la guardia por bloquear el acceso al adarve, hizo que Ricardo y el resto volviesen la mirada. Una mujer menuda de cabellos rojizos, pero con el mismo aspecto bélico que los presentes, irrumpió en la almena gritando lo que de Bouillón y sus hombres ya sabían: el marcial que acompañaba a Dow no era otro que Prisco, el gladiador de gladiadores. Un antiguo legionario que, tras ser acusado de traición, había dado con sus huesos en la arena, también denominada gallería. Cómo Prisco había acabado al servicio de Dow era un misterio que sólo Aixa, la guerrera de cabellos rojizos a las órdenes de Ricardo, conocía. Pues no en vano ambos habían compartido la misma suerte en el pasado: la arena del anfiteatro.

   

A mediodía, las puertas de Palaós se abrieron.
Ricardo de Bouillón atravesó el Campo de Kasei con decisión, el mismo en el que tantas horas de orden cerrado había realizado con la legión de su hermano Bregan: la XI Lobuna Bregatix. El guerrero iba ataviado con la coraza negra y la capa roja de la Orden de los Duelistas, además del broche en forma de cimitarra que lo identificaba como oficial. Dow aguardaba unos pasos más allá. El emperador, con sus dos metros de alzada, cabello largo y barba igual de poblada, también lucía el blindaje de la hermandad. Prisco, acatando órdenes, había regresado con el grueso.
—¡Creí que no saldrías nunca, Ricardo!
No fueron palabras de menoscabo, ni mucho menos.
Dow de Chatillón tenía el rostro relajado y una sonrisa coronaba sus labios, a pesar de lo sucedido en los últimos tiempos: primero la muerte de su padre, de la que él y su hermano Bregan hubieron de demostrar su inocencia ante un tribunal de la Santa Sede; después su propio hijo Sinaé, asesinado de forma vil por unos rufianes de taberna; y para terminar Bregan, irónicamente ejecutado por Ricardo.
De Bouillón saludó al emperador ululo con una sacudida de cabeza mientras se acercaba. Un viento procedente del este, apenas una ráfaga, elevó la capa del duelista revelando que había acudido a la cita desarmado. El detalle no pasó inadvertido para Dow.
—¡No he podido salir antes!
—¿Y qué o quién te lo impedía?
—¿De veras quieres saberlo?
—¡Ardo en deseos! —exclamó Dow.
—¡Andrés de Montbard! —soltó Ricardo. Dow asintió animado, incluso se permitió una sonrisa.
—¿Está ese malhablado de Montbard contigo?
—¡Así es!
—Debí imaginarlo —manifestó el emperador. Ricardo creyó detectar un deje de envidia en su voz—. Juraría haber oído una salva de groserías al acercarme a la almena. ¿Qué se cuenta ese lenguaraz? ¿Acaso no desea verme?
—Prefiere que machaquen sus pelotas con dos piedras antes de poner un pie fuera de la urbe. Tal cual.
—Veo que no pierde facultades. Te diré una cosa: ya no quedan hombres leales como Andrés, Ricardo.
—Ya no quedan hombres leales sin más.
La pulla hirió a Dow de Chatillón en lo más hondo.
—Estoy de acuerdo —respondió airado—. Parece que hayan pasado un millón de años desde que la vieja guardia de padre desapareciera. Sólo quedamos nosotros, a caballo entre lo antiguo y lo nuevo. ¿No te parece irónico?
Ricardo se miró las manos desnudas y guardó silencio.
Para él lo irónico era sentir como aquellas ganas de echarse un trago iban en aumento.
Permaneció así largo rato. En silencio absoluto.
Hasta que el instante de mutismo terminó convirtiéndose en un monstruo igual de nocivo para ambos.
—¿Por qué lo hiciste? —era evidente que Dow se refería a la ejecución de Bregan. Hacía, por lo menos, un siglo que la sonrisa se había esfumado de su rostro granítico, dando paso a ese gesto tan suyo que solía hacer antes de perder los nervios: acariciarse la barba de forma enérgica.
Ricardo sintió la necesidad de dar un paso atrás, sabedor del nulo autocontrol de su hermano.
—¡Habla…!
—¡Ya conoces la respuesta!
A juzgar por el rostro de Dow, ésta no fue de su agrado.
—¡Te dije que no tuvimos nada que ver con eso!
—¡Y yo te dije que lo pagaríais caro! —Hizo un gesto con la cabeza y señaló las almenas—. Robert Balian está aquí, conmigo —hablaba del templario que había presidido el juicio que costó la vida de Bregan.
Una vena se hinchó en la frente del César, que desvió la mirada hacia su montura en busca de Inexorable, su hacha.
—¡No me amenaces! —rugió entre dientes, apenas sin poder contener la saliva saliendo de su boca—. Ese hijo de perra y tú habéis llevado todo este asunto demasiado lejos.
—Y tú pareces olvidar que te sorprendí en la tienda de padre la noche que murió. ¿Qué diablos hacías ahí?
—¡Estaba muerto cuando llegué! —rugió fuera de sí. Y cerró los dedos a escasa distancia de Ricardo formando un puño—. Me viste en su tienda porque, como tú, acudí al enterarme que fue alcanzado por una flecha en la batalla de Bosque Rojo. ¿Acaso te resulta extraño que un hijo se preocupe de su padre? ¡Le amaba, por Kasei! ¿Cómo tengo que decirte que yo no lo maté?
Ricardo volvió a sumergirse en el mutismo.
La pasión con la que Dow había hablado lo desconcertó. Además, pensó que no tenía sentido que éste mintiese. Las palabras de su hermano parecían sinceras; de hecho eran las más sinceras que había oído de boca del emperador ululo.
Por un instante, se preguntó si no habría cometido un error de los que terminan por arrancarle a uno la vida. Trató de enterrar en las profundidades de alguna de las celdas que albergaba en su mente lo que Baros de Caria le dijo antes de ejecutar a su hermano: «Arderás en el infierno por esto», pero no lo consiguió. Pensó que el de Caria estaba en lo cierto: le esperaba el infierno por eso y por mucho más.
Pero antes deseaba disfrutar de un último trago.
—¿Y ahora qué? —preguntó, fingiéndose intrigado.
Dow lo miró de hito en hito. Al ululo le hubiese gustado poder decirle que ya había corrido demasiada sangre, que debían olvidar lo sucedido e ir cada uno por su lado, pero aquello, simple y llanamente, era imposible. La sangre exigía sangre; había sido siempre así y lo seguiría siendo.
—Ahora pelearemos y seré yo quien acabe con tu vida.
—¿Qué ocurre si sales vencedor? —preguntó el duelista. 
—Puedes estar tranquilo —fue la respuesta de Dow—. Respetaré la vida de tus hombres, incluso la de Bolwar.
—¿Y si mueres?
—No moriré.
De Bouillón tuvo claro que para Dow aquel asunto era personal. Le resultaba extraño verlo controlar sus ansias de destrucción, incluso ceñirse con escrúpulo a las reglas de la hidalguía. Los zarpazos que la vida había descargado en su espalda, sin duda, lo habían hecho madurar de una vez por todas. Nada parecía quedar del bruto que hacía oscilar a Inexorable antes de entrar en combate. Ya no era aquél que perdía los nervios y se lanzaba a la batalla sin calibrar las consecuencias. En los ojos del hombre que Ricardo tenía delante, carentes de vida como el alma de un nigromante, podía leerse el dolor de quien lo ha perdido todo.
—¡Será al anochecer! —escupió Ricardo, y zanjó que esa noche no habría botella—. Con Miedo y Terror, las lunas que rigen nuestros cielos, como testigo. ¡Que Kasei otorgue brío a nuestro brazo y conceda furia a nuestro filo!
Dow sintió una punzada de orgullo al oír a su hermano.
Estaba convencido de que volverían a encontrarse en los salones de Kasei y que todo volvería a ser como antes. Comerían y beberían hasta caer desmayados; cabalgarían juntos a lomos de monturas cuya valía excedería con creces el sueldo de toda una vida de un general,  y juntos asolarían el mundo que el gran dios dispondría para ellos.
—¡Que Kasei conceda la victoria a su preferido y que los bardos ensalcen la bravura del derrotado! —dijo Dow.
Ambos adalides trabaron sus antebrazos por última vez.
Miedo y Terror, que los vieron crecer, contemplarían su final.

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