—¡A ésta también le han absorbido toda la sangre, señor Balian!
Robert
despega la espalda de la rugosa pared del laboratorio y se acerca a la camilla
cubriéndose la nariz con un pañuelo.
Hay
miedo y dolor en el rostro de la última mujer asesinada.
Robert
lo ha visto otras veces, pero no lo hace menos triste.
—¿Cree
que pueda tratarse de nuestro hombre, profesor?
Balian
se pregunta de inmediato si lo lógico no sería sustituir «nuestro hombre» por
«nuestro vampiro» y se siente estúpido.
El
profesor del Temple no responde a la pregunta, permanece absorto con los
anteojos fijos en las heridas de la mujer, tratando de encontrar en su cuerpo,
por el bien de la humanidad, algo que indique que no se trata de la obra de un
vampiro. Acaricia las heridas con dedos expertos, pero a cada rato que pasa lo
ve más claro. Es demasiado pronto para determinar por medio de los ojos si se
convertirá en uno de ellos, si volverá a la vida para servir por toda la
eternidad a los engendros; aun así, examina las pupilas dilatadas y resopla
molesto al no obtener un dictamen concluyente. A lo largo de su dilatada
carrera, ha observado demasiadas mordeduras y cuerpos desangrados como este, y
sabe que ningún humano posee los conocimientos necesarios para extraer la sangre
de un cuerpo a través de estos orificios. Sabe, también, que dichos orificios,
al margen de la creencia popular o cuentos de madres que buscan asustar a sus
insufribles retoños, son diminutos, y ahí reside el verdadero reto.
Así
con todo, tendrá que hacer una analítica.
—Una
labor harto meticulosa para un imitador —dice el profesor, estudiando el rostro
arrugado y cansado de Balian.
Robert
está agotado y no se molesta en disimularlo; la manga derecha de la camisa a
medio subir y el cabello chafado dan fe. Para él, Galies carece de la diversión
de otras urbes imperiales y su gastronomía, seca y aburrida, se le antoja tan
apetecible como dos palmos de buen acero entre los omoplatos. Luego está el
asunto de los asesinatos, siete desde su llegada y ni una sola pista de cuándo
volverá a actuar el responsable. Los días son un calco unos de otros, haciendo
del lugar un suplicio, mientras su reputación de hombre competente y entregado
a la causa se debilita sin que nada pueda hacer al respecto. La plaza permanece
tranquila y, aparentemente, nada escapa a la quietud de un reino dedicado por
entero a sus quehaceres; donde los hombres se ocupan de la pesca, la caza y la
tala de árboles, y las mujeres pasan el día entre madejas de hilo y ordeñando
vacas.
Pero
al llegar la noche...
Galies
se encierra en su miedo y reza hasta el amanecer.
Las
paredes del laboratorio son gruesas, reforzadas con una generosa capa de estuco
grisáceo al estilo imperial para evitar que, en la caótica y tenue estancia,
repleta de magnas estanterías hasta el techo en las que dormitan polvorientos
ejemplares sobre medicina y botánica, penetre la humedad y dañe las obras.
El
matasanos del Temple trabaja en estricto y seco silencio, manipula un frasco de
un líquido rojo que a Balian se le antoja sangre adulterada. Es un hombre
menudo y para nada apuesto, un ratón de biblioteca con sus estrafalarios
anteojos que todo lo ven y su cabello cano ya en retirada. Se maneja con
soltura, pues no en vano pasa la mayor parte de su tiempo encerrado en el
laboratorio. Los cuerpos de las mujeres, siete en total, reposan desnudos sobre
frías camillas grises debidamente etiquetados. Balian advierte que es la única
señal de organización, por así decirlo, si se tienen en cuenta las probetas
entremezcladas con viejos tubos de ensayo vacíos que parecen estar por todas
partes. El profesor Nelson deja el frasco sobre una mesa metálica, junto a
estos mismos recipientes, y vierte el contenido transparente de un tubo en el
interior del líquido rojo y estudia la reacción.
—Hay
vida en su sangre —reza apenado.
Robert
desenvaina su espadón con gesto cansado.
Pareciera,
por su indumentaria guerrera, más propia de un mercenario que de un hombre de
fe, que disfruta sobre manera haciendo su trabajo, incluso que vive por y para
momentos como este. Pero nada más lejos de la realidad. Los años al servicio de
la Santa Sede no han sido fáciles, como fáciles no han sido las cosas que ha
tenido que ver. Sabe lo que tiene que hacer y está dispuesto a hacerlo las
veces que sean necesarias. Se lo debe a Melisa, pero sobre todo a su pequeño
Ricardo, la luz que llenaba de felicidad su corazón.
Robert
levanta el mandoble por encima de la cabeza, aferra la empuñadura con
seguridad, sintiendo como la palma de su mano se adapta a la perfección al
manubrio, y deja caer la hoja sobre la cabeza de la mujer número siete.
El
profesor Nelson agradece no tener que hacerlo él.
Por
extraño que resulte, no hay sangre saltando al encuentro de las paredes. No la
hay porque un engendro de la noche se ha dado un festín con la pobre infeliz.
El examen del profesor ha sido dolorosamente concluyente. De no actuar de
inmediato, los cuerpos sin vida allí tendidos volverán al mundo de los vivos
con un hambre voraz de sangre. No hay tiempo que perder ni otra solución.
Nelson dirige una mirada quejillosa a Robert, el templario asiente de mala gana
y vuelve a elevar su hoja.
No
es agradable.
No
lo es, pero alguien tiene que hacerlo.
Balian
limpia con escrúpulo el mandoble, retirando restos de tejido y cartílago, tras
concluir la siempre desagradable faena.
Nelson
lo mira por encima de los cristales empañados.
Frota
con insistencia la larga hoja con un trozo de tela que en otro tiempo
perteneció a una buena capa con la que Nelson se protegía del crudo invierno de
Galies. No ceja en su empeño, ni siquiera cuando el profesor le ofrece un
líquido transparente con el que limpiar los restos, simplemente se limita a
frotar como un loco, como queriendo enterrar lo sucedido en lo más profundo.
—¡El
año pasado se oyeron rumores derivados del este!
El
académico trata de captar su atención y lo consigue.
—¿Qué
clase de rumores, profesor? —Quiere saber un Robert Balian furibundo. No tiene
nada en contra del intelectual, pero tampoco disfruta con su compañía y sus
aires misteriosos.
—Rumores
de los que interesan a un templario como usted, eso seguro —afirma Nelson.
Balian sonríe al ver el rostro teatral del profesor y arroja la espada sobre la
mesa de trabajo. Parece satisfecho con la labor y sus ojos brillan ávidos de
información. Nelson se percata y alisa con la palma de la mano su blanco
cabello antes de reanudar la conversación—. En la última añada han sido muchas
las mujeres, sobre todo niñas, las que han desaparecido o han sido halladas de
idéntica forma: esto es sin una gota de sangre en el cuerpo.
—En
el este...
—El
este, señor Balian —dice el profesor sin titubeos.
—¿Y
qué hay en el este según su lógica, Matasanos?
—¡Asurea!
El antiguo bastión ha cambiado de dueño.
—Lo
sé —dice Balian sin ver la relación.
—Muchos
afirman que los sucesos a los que nos enfrentamos coinciden con la llegada del
nuevo propietario.
—¿Y
usted que piensa, profesor?
—Pienso
que debería ir usted a investigarlo, señor Balian.
—¿De
veras? —dice el templario divertido—. En mi carruaje hay sitio para uno más,
¿quiere acompañarme en esta aventura?
Nelson
detecta el sarcasmo en su voz y decide contraatacar.
—Sería
un placer… siempre que llenemos el buche primero.
«Si
así pone fin a lo de señor Balian de una buena vez», piensa Robert.
El
asador elegido por el profesor, en contra de lo que Balian pensaba, resulta ser
una delicia para los sentidos. Nelson mueve con soltura una copa de vino tinto
del Riejo mientras mastica diminutos trozos de chuletón al punto acompañados de
setas en miel. Los trocitos son tan pequeños que hacen sonreír a Balian. Parece
seguir un extraño ritual, que consiste en masticar de treinta a cuarenta veces
antes de volver a beber vino, como si dispusiera de toda la noche y parte de la
mañana para terminar la cena. Una moza encantadora da la bienvenida a nuevos
clientes en la entrada y un metre de ojos saltones los acompaña hasta sus
mesas. Hace una noche estupenda y en el lugar se ha dado cita lo más granado de
la sociedad galiense. Damas hermosísimas, embutidas en sus mejores galas,
cuelgan del brazo de serios caballeros de prominentes bigotes que poco tienen
que ver con Robert Balian: el brazo ejecutor inmisericorde del Santo Padre.
El
lugar es acogedor, sin duda pensado para la aristocracia, y en sus amplias
paredes cuelgan tapices de escenas relacionadas con la cetrería, donde un joven
zorro siempre tiene las de perder.
Balian
se siente relajado, porque un muro de piedra grisácea de un mortero a base de
cal protege su espalda con celo; pues le gusta tener la retaguardia cubierta y
a los enemigos siempre de cara. Degusta un suculento plato de jabalí con cardo
bañado en salsa almendrada con trocitos de foie, y riega el gaznate con un vino
recomendado por el dueño de la casa que, en su opinión, es ideal para beber del
ombligo de una fulana de la ciudad de Cara.
Por
simple casualidad, utiliza de forma correcta el cubierto de la carne; el resto
los ha hecho a un lado con gesto desdeñoso.
A
pesar de estar hambriento, a duras penas reprime las ganas de untar trozos de
pan en la deliciosa salsa por una cuestión de apariencias, pero se niega a
seguir el ridículo ritual del profesor.
Ambos
dialogan sobre lo que está sucediendo en Galies.
Y
llegan a la conclusión, sin necesidad de abrir un debate ni desenvainar las
espadas, que lo que está acabando con la vida de las mujeres de la ciudad, sin
duda, está relacionado con Asurea.
Balian
se lleva el cubierto a la boca mientras barre el lugar con mirada experta,
siempre en busca de posibles anacronismos.
El
doctor Nelson apura su copa de vino y vuelve a servirse otra, olvidando por
completo su ritual. Empieza a estar alegre y, por lo que Balian puede advertir,
parece no extrañar sus libros, las probetas del laboratorio o los viejos tubos
de ensayo. Amaga con volver a llenar la bebida del templario, pero Robert pone
la mano sobre la copa y niega con la cabeza sin mirarlo.
Nelson
no entiende el rechazo y hace todo lo posible para que su acompañante se dé por
enterado. Sostiene el jarro de vino ligeramente inclinado en el aire,
observando a Balian por encima de los anteojos, moviendo el barro con
insistencia sin aceptar un no por respuesta, pero Balian no ofrece concesiones.
Entonces
se percata que la mirada de Robert se ha vuelto más dura y que su mano se
dirige, lenta pero decidida, al espadón que descansa en su vaina apoyado en la
silla libre a su derecha. Por un instante, se siente confundido y un escalofrío
recorre su cuerpo y se da cuenta que está traspirando. Se sabe ridículo y apoya
el jarro en la mesa, junto a los cubiertos que Balian ha descartado por no
conocer su uso. Los ojos grises de Robert, ahora severos como los de un ave de
presa, irradian una fuerza que el profesor no logra comprender de dónde
procede.
Con
creciente inquietud, desvía la mirada a su diestra para darse de bruces con la
sonrisa socarrona de un fulano que se encuentra fuera de lugar: viste de negro
riguroso, con pieles caras y joyas adornando su cuello; cabello largo y blanco,
un blanco que daña los ojos y que dice todo de él. Porta espada al cinto, la
cual Nelson intuye maneja a las mil maravillas.
Balian
se remueve incómodo en su asiento, la frente perlada de sudor y la mandíbula
apretada. Tiene la mirada clavada en el individuo, que continúa sonriendo en la
dirección del profesor, como si de un viejo amigo de juventud se tratara.
—¿Quién
sois? —escupe Balian sin vacilar.
El
extraño, sabiéndose el centro de atención, echa un vistazo a ambos lados de
forma teatral y finge sorpresa.
—¿Se
refiere a mí, caballero? ¡Sólo soy un hombre tomando una copa de vino en su
lugar predilecto! —exclama.
—¿Predilecto?
¡Y un cuerno! —interrumpe el profesor con un tono más alto de lo normal,
provocando que muchos clientes se den la vuelta queriendo saber qué sucede—.
Conozco a todos los individuos de este estercolero y a usted nunca os he visto.
—Eso
no contradice mi respuesta —dice el extraño.
«El
profesor está achispado —piensa Balian, oprimiéndose los ojos con el pulgar y
el índice—. Peligrosamente achispado».
—¿De
dónde provenís? Si se lo puedo preguntar —vuelve a insistir el profesor,
derramando vino al tratar de llenar otra copa.
—¡De
aquí y de allá! —dice el tipo restando importancia a la pregunta—. Ya sabe, de
todas partes y de ninguna…
—¿Y
a cuántos días a caballo está ese lugar? —se atreve a preguntar Nelson. Balian
lo observa durante dos latidos eternos y el profesor se arrellana en su
asiento. No es el único en el local pendiente de él. Ha bebido más de lo que un
erudito puede soportar y, si no cierra el pico, Balian se lo cerrará de golpe.
El individuo de negro se da cuenta de la incomodidad que Balian provoca en el
profesor, y deja entrever una sonrisa salvaje antes de hablar: a pesar del vino
ingerido, el profesor Nelson empieza a comprender cuan peligroso y poco agradecido
es el trabajo del señor Balian.
—Verá…
se necesita algo más que un caballo para llegar.
—Un
viaje largo entonces —tercia Balian, que no se deja amedrentar como Nelson ante
una sonrisa cargada de promesas.
—Y
peligroso. Verá… los mares que bañan las costas de mi patria son fieros e igual
de traicioneros. La piratería está a la orden del día, y no resulta complicado
acabar en las manos de indeseables que no dudarán en matarlo si no se les paga
una recompensa. Así con todo, es mi hogar.
A
estas alturas todos en el asador tienen un ojo puesto en lo que acontece más
allá de sus platos. El dueño del lugar trata de persuadir a los muchos clientes
que empiezan a abandonar sus mesas, sabedores de lo que se avecina mientras el
duelo florece.
—¿Y
ese lugar tiene un nombre? —pregunta Robert.
—¡Valaquia!
—dice el extranjero—. Tierra de dioses y lugar de nacimiento del hombre más
grande que han visto los tiempos.
El
tipo se lleva la mano al corazón y Balian tiene el suficiente sentido común de
ignorar la provocación. Sabe que es probable que muera antes de tener tiempo
siquiera de desenvainar su acero; de modo que lanza una fugaz mirada de
advertencia al profesor, mientras finge escuchar atento la clase de historia.
—Hay
algo que no comprendo —dice Balian—. ¿Qué le llevó a abandonar «el lugar de
nacimiento del hombre más grande que han visto los tiempos»? Le aseguro que
este agujero inmundo no es precisamente tierra de dioses.
El
hombre ríe.
—Por
lo que entiendo, señor…
—Balian,
Robert Balian.
—Señor
Balian, entiendo que su amigo aquí presente y usted son una autoridad
competente en la zona. ¿Me equivoco?
—Algo
parecido.
—En
tal caso, le aseguro que nuestros intereses no entran en conflicto. Pues sólo
soy un simple comerciante más.
A
renglón seguido, un grupo de soldados cruza por delante de la ventana, y la
lámpara suspendida a pocos metros proyecta una sombra que engulle a los
comensales más próximos a la salida. El templario contiene la respiración al
advertir a sus hombres. Alguien ha dado el aviso de que en el asador algo malo
va a suceder. El peso provocado por las pisadas de los soldados hace crujir las
tablas del exterior. La lámpara engulle una vez más a los comensales, al tiempo
que el portón del asador se abre de golpe e irrumpe por él una escuadra de
templarios con los aceros desnudos. Se trata de un oficial de la total
confianza de Balian y seis cachorros de la fe bien entrenados. Robert aprovecha
el alboroto para levantarse de la mesa y desenvainar su hoja. El profesor
Nelson, sin saber el motivo, lo imita y se arma con un cuchillo romo y un plato
bajero.
El
desconocido sonríe divertido al ver al profesor Nelson.
—No
sea ridículo —le espeta a la cara.
Hace
a un lado su plato de cordero y se levanta de su asiento con parsimonia; pero
Nelson, en lugar de amedrentarse como todo el mundo espera que haga un loco de
la ciencia, un ratón de laboratorio que prefiere ocupar su tiempo con la
literatura en vez de en perseguir mujeres o blandir una espada, lanza el plato
con todas sus fuerzas y éste se estrella con un sonoro estrépito en el rostro
del extranjero, estallando en mil pedazos.
El
ruido hace saltar a los muchos clientes de sus asientos.
Balian
avanza entre el laberinto de mesas como puede y lanza un tajo a la cabeza del
valaquiano, pero el fulano lo desvía con su propia hoja y obsequia a Robert con
un pequeño corte sin mayor importancia en el antebrazo: nadie lo ha visto
desenvainar. Su rapidez resulta abrumadora.
Robert
mira la herida y piensa que ha tenido mucha suerte.
Está
molesto consigo mismo y sabe que ha dejado escapar una oportunidad de oro para
acabar con todo de un plumazo.
El
Valaquiano se yergue con el rostro invadido de lágrimas.
—A
usted lo mataré el último, profesor. —El matasanos lo oye y se imagina muriendo
de una forma horrenda, dolorosa y lenta, y se le afloja el vientre como es
natural.
Ahora
busca refugio detrás de su maltrecho acompañante.
Balian
siente un dolor penetrante en el corte, y empieza a dormírsele el antebrazo.
Nota el peso de la espada y éste se le antoja excesivo. El grupo de templarios,
con el oficial en cabeza, ha quedado inmóvil como si de estatuas de terracota
se tratara. Nadie osa respirar en el asador. Las damas, que hasta hacía nada
mantenían la cabeza alta y miraban desafiantes a los ojos, yacen enterradas
debajo de los cuerpos de sus acompañantes, cuyos bigotes ya no resultan tan
asombrosos a juicio de Balian.
—El
perro del Temple y el profesor metomentodo —dice el desconocido, mientras se
limpia con el pañuelo un hilo de sangre del labio—. Menuda suerte la mía,
acabar de un plumazo con los dos hombres más valiosos para el Santo Padre.
Robert
Balian levanta la hoja con una mueca de dolor.
Conoce
la naturaleza del ser que tiene delante y, aunque le fastidia reconocerlo, sabe
que nadie en esa habitación es rival para él. Ningún ser humano, por muy
diestro que éste sea con la espada, tiene la más mínima oportunidad contra un
vampiro.
No
tienen puntos débiles, como suelen afirmar las creencias populares. Son
increíblemente rápidos y su velocidad está fuera de toda lógica. Poseen una
fuerza muy superior a la del hombre, y, desde luego, pensar que una ristra de
ajos es suficiente como para mermar tan titánica fuerza, sin duda, es una
estupidez.
«Podría
matarnos a todos si quisiera», piensa Robert.
Por
eso deben atacar al mismo tiempo.
Todos
a la vez.
«Si
sangra, se le puede matar», se dice Balian a sí mismo.
El
chupasangre arroja el pañuelo al suelo tras limpiarse.
Como
si de una señal se tratara, el grupo de jóvenes se lanza de forma atropellada a
su encuentro. El valaquiano hace fulgurar su hoja con un tajo descendente y una
cabeza rueda a los pies de Balian. Un segundo atacante trata de enterrar su
acero en el costado del engendro, pero éste salta hacia atrás y se sube sobre
una mesa con gracia. Uno de los cachorros, que se ha situado a la derecha de
él, barre el aire con su arma y el desconocido efectúa un saltito, provocando
que la hoja corte el aire ahí donde antes estaban sus piernas. El extranjero
sólo tiene que dejar caer su espada y abre la cabeza del joven como un melón.
La sangre tiñe el rostro de Balian, que ha intentado en vano desviar la
estocada.
Todo
ha sucedido demasiado rápido.
Tras
la cruel tempestad, se hace el silencio y Balian y el resto lo agradecen. El
entrechocar de los aceros ha sido ensordecedor y aún resuenan en los oídos del
profesor Nelson, que se limpia el sudor de la frente con una servilleta
mientras trata de destapar sus oídos abriendo y cerrando la boca de forma
cómica. Robert, por su parte, se pasa la punta de la lengua sobre el labio
superior al advertir los arcos de doble curva hechos de asta y nervios que
decoraban el muro tras el mostrador; el oficial del Temple, que ha acudido
presto en auxilio de Robert, sigue la mirada de éste y descubre con agrado las
armas ahí suspendidas. No es necesario que ninguno diga nada, ambos saben qué
deben hacer.
El
valaquiano, con los pies firmemente sobre la mesa, de un salto de elegancia
felina aterriza en otra mesa sin aprieto alguno. Repite la maniobra otras dos
veces y desciende al alcanzar la salida. Su largo abrigo negro emite ráfagas de
viento con cada movimiento. Balian no puede evitar la acertada comparación con
los espadachines que habitaban en las novelas que devoraba cuando era un rapaz
endeble; misteriosos enmascarados parcos en palabras; regios justicieros de
antifaz en pos de un ideal, de una buena muerte; hombres de carne y hueso, con
sus miserias y sus fobias, luchando y muriendo por la libertad.
—Hace
una noche fantástica, señor Balian —dice el extraño—. Salgamos y le revelaré mi
nombre antes de matarlo.
«La
noche es para los poetas, las putas y cosas que prefiero no nombrar», piensa
Robert cansado.
Salen
al exterior.
La
oscuridad es total.
Un
perro corre despavorido al final de la calle y el viento levanta pequeños
remolinos de arena que se meten en los ojos. El sonido metálico que producen
los pertrechos de los soldados al caminar lo envuelve todo, creando una atmosfera
de muerte capaz de aflojar el estómago del guerrero más fiero. Robert conoce
bien la sensación; un monstruo enorme, suelto y sin dueño, dispuesto a
devorarlo todo. Puede ver el miedo en los ojos muy abiertos de sus hombres, por
ese motivo saca pecho y corta el aire despreocupado con su acero, ignorando el
corte de su brazo, que sigue sangrando. Se sabe el centro de todas las miradas,
las de buenos soldados atenazados ante lo desconocido en busca de un poco de
valor, una bocanada de aire con el que llenar unos pulmones sin fuelle y por
debajo de su capacidad.
Balian
camina con paso estudiado procurando no arrastrar los pies, mostrando una
seguridad que no siente, de la que nunca ha sido dueño. Algunos de sus hombres,
restauradas sus defensas, gracias a las muestras de valor exhibidas por su
señor, forman un semicírculo en torno al valaquiano, que permanece en mitad de
la polvorienta calle, con la punta de la espada hundida en la tierra, sin
atisbo alguno de temor en la mirada y con la seguridad de quien se sabe
invencible.
A
una orden de Balian, varias antorchas son encendidas y el lugar queda lo
suficiente iluminado para batirse en armas. Las ramas de los árboles proyectan
siniestras sombras que se alargan y vuelven a su posición a capricho del viento
que sopla del este. Robert lleva atado un pañuelo rojo al brazo, con el que
trata de contener el flujo de sangre y disminuir el dolor en la medida de lo
posible. Le desagrada sobremanera la sensación pegajosa que ahora se ha
apoderado de su mano derecha, obligándolo a aferrar la empuñadura del espadón
en busca de la familiaridad que tanto necesita y lo tranquiliza. Se dispone a
poner fin a todo, pero la voz del chupasangre lo detiene, con el dedo índice
levantado en su dirección, arrancándolo del trance en el que está inmerso.
—¿No
desea saber mi nombre?
Balian
niega con la cabeza y levanta el brazo izquierdo, la punta de su espada mira al
suelo, pero hay determinación en su mirada. Ahora el extranjero parece confuso,
parado frente a este simple mortal fastidioso que, en apariencia, no parece
temerle. Una oleada de enojo lo invade y se hace la promesa de acabar con la
vida de todos y cada uno de los presentes, pero antes de que les llegue su
hora, sangrienta y dolorosa como no pueden imaginar, tendrán el placer de
conocer su nombre; pues nada le proporciona más placer que verlos temblar
sabiéndose perdidos.
—Von…
Von Ion Marenostrum. —Ahora su rostro es una máscara de satisfacción delirante,
oculta tras titilantes sombras proyectadas por antorchas humeantes que impregnan
el aire de un olor dulzón. Robert Balian deja caer el brazo de inmediato.
Una
saeta de negro plumaje se hunde en el hombro derecho de Marenostrum con un
silbido feroz, despidiéndolo hacia atrás con violencia y sacudiendo su cuerpo:
a duras penas consigue mantener la verticalidad. Acto seguido, recibe un tajo
en plena espalda y se da la vuelta con una velocidad endiablada, el cabello
flotante como si estuviera bajo el agua. Antes de poder descargar la furia de
su espada contra el soldado que ha atacado su retaguardia, otra flecha se aloja
en su espalda, y otra más, dos silbidos en la noche que lo obligan a torcer el
brazo hacia arriba y a la espalda, tratando de sacar las saetas, mientras un
aguacero de espadas cae sobre él.
Balian
vuelve a levantar el brazo y la lluvia cesa.
El
oficial, apostado en el tejado del asador y armado con uno de los arcos que
decoraban sus muros, hace descender el arma despacio sin quitar la flecha de la
cuerda a la espera de órdenes.
Balian
camina a grandes zancadas, el corazón latiendo en su brazo, martilleando
incesante con la cadencia monótona con la que un herrero golpea el yunque, y
sentencia:
—Von
Ion Marenostrum… yo te condeno al infierno eterno.
Balian
deja caer su espadón con un movimiento seco, un tajo practicado mil veces hasta
rayar la perfección, y la cabeza de Marenostrum queda separada del tronco; los
ojos abiertos de par en par, en los que se puede advertir sorpresa.
Balian
se prepara para lo que viene.
Pero
nada sucede.
Una
legión de curiosos lo observa todo desde la ventana del negocio, protegidos tan
sólo por una cortina blanca ribeteada.
Robert
cae de rodillas y sus hombres se prestan a ayudarlo, pero él rechaza el auxilio
con voz autoritaria despidiendo saliva; pues una imagen empieza a formarse en
su cabeza.
Se
trata de un tablero de ajedrez en el que las piezas tienen vida propia y
parecen amenazarse unas a otras, deseosas de que la mano, blanca y huesuda, de
dedos extremadamente largos, las guie en la batalla. Balian no está
acostumbrado a este tipo de visiones, por eso se muestra cauteloso y asustado a
partes iguales, aunque ávido de información al mismo tiempo.
La
mano acaricia las piezas antes de cualquier movimiento. Su propietario bebe
sangre de un llamativo cáliz de oro cuyo pie ha sido tallado en ébano. Balian
escucha voces amortiguadas discutiendo sobre literatura, sobre autores de los
que él nunca ha oído hablar en su vida. El debate sube de tono, con tal o cual
opinión sobre el fondo y la forma y el estilo de un tal LaPointe. El templario
no puede evitar sonreír, de repente piensa que estos engendros no son tan
distintos a los carcamales que juegan al pinacle al calor del hogar en las
frías noches de invierno. La mano blanca y huesuda se dirige al caballo, que se
encuentra en la parte alta del tablero, pero duda antes de acariciarlo. Un
ligero temblor, casi imperceptible, se apodera de ella. Ésta se viene abajo,
derribando piezas y haciéndolas saltar por los aires. El cáliz se abate con
sonoro estrépito contra el tablero, derramando su contenido, rodando por el
campo de batalla y formando un semicírculo antes de deshacer el camino y volver
a su posición.
Sin
saber el motivo, Robert Balian percibe la amenaza e instintivamente se tapa los
oídos. El lamento es tan horrendo y penetrante que Robert duda que pueda salir
de una garganta. Trascurre una eternidad antes de que cese por completo y el
afligido, dominado por el dolor, descarga varios golpes con los puños cerrados
sobre la mesa.
Balian
busca dentro de su cabeza una puerta tras la que poder refugiarse, un lugar
recóndito e inaccesible a prueba de arietes y catapultas, pero en su lugar haya
un rostro pálido de ojos rojos que lo observa con infinita
malevolencia.
—Mi
hijo —dice el rostro llorando—. Has matado a mi hijo.
Balian
comprueba puerta tras puerta en su mente, asustado, recorriendo los pasillos
oscuros y húmedos con la esperanza de alejarse del ser. En ellas yacen sus
recuerdos, los más recientes y también los que creía olvidados. Algunos
descansan en firmes estantes enumerados y libres de polvo; pero otros,
permanecen derrumbados en el suelo, cubiertos por la mugre y la suciedad, ya
largo tiempo. Balian abandona la estancia y tropieza con una puerta familiar.
Sabe qué hallará tras ella y no desea atravesarla, pero no tiene más remedio,
el rostro lo persigue y es tanto el pavor que éste infunde en él que está
dispuesto a todo.
En
su interior, un Balian treinta años más joven regresa a su hogar victorioso de
la guerra. Es un hombre joven con toda la vida por delante y un brillante
futuro a la diestra del emperador. Pero nadie acude a recibirlo, ni su esposa
ni su hijo Ricardo, tampoco sus sirvientes corren a hacerse cargo de su
montura.
Los
recuerdos se suceden unos tras otros con un zumbido molesto, primero lentos,
penosamente pausados y melancólicos, hasta llegar al momento que Balian no
quiere volver a revivir: su esposa yace en la cama de su alcoba con el vestido
a medio arrancar y ensangrentada. A un lado, en la mesita de noche, los ojos
extirpados del rostro del pequeño Ricardo han sido testigo del calvario de
ésta. Violada una y otra vez hasta la muerte sin poder apartar la mirada de las
pequeñas esferas sin vida. Aunque imperceptible, Balian descubre el mordisco de
su cuello por casualidad. El cuerpo de Ricardo nunca se encontró, ni el de los
sirvientes, los cerdos no volvieron a comer en varios días.
El
templario llora desconsolado.
Un
nuevo recuerdo emerge de la nada con fuerza, como un huracán de guerra
desfilando orgulloso. Se trata del matasanos del Temple, el profesor Nelson,
que, en un intento por ayudar a los templarios en su cometido, ha creado y
moldeado recuerdos en los que poder apoyarse y enfrentar con posibilidades el
trance de las visiones.
Las
lágrimas queman sus mejillas cuando el profesor Nelson aparece ante él, con su
indumentaria de herrero, agrupando los elementos de la tabla periódica como
quien bebe vino.
—Señor,
Balian, haga el favor de repetir conmigo. Grupo 1: metales alcalinos. Grupo 2:
metales alcalinotérreos. Grupo 3: familia del escandio (tierras raras y
actínidos). Grupo 4: familia del titanio. Grupo 5: familia del vanadio…
La
voz suena vehemente, como la de un esclavista ofreciendo su ganado. Balian se
obliga a dejar atrás su hogar, luchando con todas sus fuerzas, repitiéndose
entre lagrimas que aquel ya no es su hogar, y permanecer en él, significa una
tortura igual de cruel que la que aguarda al otro lado de los muros de la
habitación.
—Repita
conmigo, señor Balian: Grupo 6: familia del cromo. Grupo 7: familia del
manganeso. Grupo 8: familia del hierro…
Nelson
recita de memoria su sermón.
Ha
diseñado el ejercicio a sabiendas de que sus improvisados alumnos, hombres
belicosos de fe, muy lejos del arte y aun más de la ciencia, quedaran absortos
ante sus lecciones, pero también a salvo de las visiones, siempre que logren
concentrarse en ellas.
—Diga
conmigo, señor Balian —no deja de repetir Nelson.
No
está acostumbrado a las palabras, y tiene que detenerse antes de exponer los
grupos; así con todo, está superando el trance satisfactoriamente grupo a
grupo, familia a familia.
Se
siente fuerte de nuevo y decide abandonar la habitación en busca del rostro,
necesita con todas sus fuerzas enfrentarse a él.
Éste
aguarda paciente en el exterior.
Es
el más antiguo con el que Robert se ha topado.
Irradia
una fuerza que sólo se puede comparar al poder de mil soles, y su piel
arrugada, pegada al hueso, se estira como goma cuando vuelve a lanzar su
alarido de dolor; en esta ocasión ante el rostro de Robert, que empieza a notar
una mano sacudiéndolo con fuerza.
—Señor
Balian, ¿se encuentra bien?
El
profesor Nelson estudia sus pupilas mientras le toma el pulso. La luz de las
antorchas baila en sus anteojos, otorgándole la apariencia de un demonio del
inframundo, que se acrecienta al pasar un brazo por detrás del templario y
levantarlo como si nada del suelo; Balian se ve sorprendido ante tal
demostración de fuerza, pues se trata de un hombre menudo enamorado de la
ciencia.
—¿Se
trata Hilban?, señor Balian —pregunta Nelson sin tapujos.
—Profesor —gime el templario aferrando el hombro de su colega—. Era él… viene a por nosotros.

Fantástico.
ResponderEliminarMuchas gracias por leer y comentar.
ResponderEliminarDe vuelta por aquí, me encontré este relato. No esperaba esta temática. Buen relato. Respecto a la forma de escribir he notado un cambio respecto a cuando hace mucho entraba por aquí, vas más al grano, con menos descripción y la narración es más limpia. Lo último me gusta, lo primero ambas cosas. Saludos.
ResponderEliminarBuenos días, José.
EliminarMuchas gracias por pasarte por aquí, leer y comentar el relato. Lo cierto es que me siento mucho más cómodo con este tiempo narrativo; me facilita las cosas y me permite otras opciones que la tercera persona tiempo pasado no me proporcionaba. Naturalmente estoy en proceso de aprendizaje (siempre lo estamos) y el estilo debe asentarse todavía. La culpa de todo esto la tiene Don Winslow, Trevanian y Søren Sveistrup, pues fue leyendo la obra de estos autores que me decidí a cambiarlo todo. Eso y que, en algunos momentos, de forma inconsciente, iba cambiando el tiempo narrativo al escribir. Un saludo.
Ah, también que está escrito en esa tercera persona del presente que ahora tanto te gusta.
ResponderEliminarComo podrás observar también en el blog, el tipo de lectura ha cambiado bastante.
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