Autor: Richard Stark
Edición:
Páginas: 152
Año de publicación: 1962
A veces, las mejores misiones no ocurren en
la calle, sino sentados en el sofá con un Kindle en las manos. Hoy empiezo un
proyecto personal que me hace especial ilusión: acompañar a mi hijo en
su entrada al mundo de la lectura.
Él tiene seis años y, aunque estamos empezando a
descifrar las letras "despacito", la ambición es grande. Lo hemos
bautizado como nuestro proyecto "Magno", porque así es
como vamos a afrontar este reto: con la curiosidad de un conquistador y la
paciencia de quien sabe que las cosas buenas se cocinan a fuego lento.
No vamos a leer cualquier cosa. Queremos épica,
queremos clanes y queremos aventura. Hemos decidido arrancar con la saga
de "Los Gatos Guerreros". Es una historia de
supervivencia, de códigos de honor y de territorios; un espejo de la vida
misma, pero adaptado a su mirada.
El plan es sencillo pero sólido:
· Lectura compartida: Él leerá sus primeras frases, conquistando
cada palabra, y yo estaré ahí para cubrirle la retaguardia cuando el texto se
ponga difícil.
· Sin prisas: Como siempre digo, primero unas cosas y luego
otras. No buscamos cantidad, sino que cada capítulo sea un momento nuestro.
· Ilusión pura: Ver cómo se le encienden los ojos con estos
clanes de gatos, es recuperar un tiempo que yo empecé tarde, pero que él va a
disfrutar desde el principio.
Las Almenas tienen guardián asegurado.
Se cambió el sobre de mano liberando la derecha. No fue directo al
Bronco. Merodeó vigilante y se detuvo a cierta distancia. El aire de Portland
abofeteaba más de lo habitual, irritante.
Un sedán azul bloqueaba una boca de incendios. Sus ocupantes vestían
traje con corbata y el pelo cortado a cepillo. John los ojeó. Un coche patrulla
se detuvo en el semáforo; el agente señaló la boca de incendios y los tipos
asintieron sin ceremonia. John observó que no enseñaron la placa. No trabajaban
para el Gobierno. Mucho menos para Diamond.
John subió al Bronco. Arrojó el sobre y ajustó el espejo. Arrancó y
giró a mano derecha. La Sig-Sauer se le clavaba en la sobaquera. John mantuvo
la vista al frente, arrojando miradas furtivas por el espejo en busca del
sedán. Disminuyó para no perderlo. El sobre, con el cuerpo de Frankie Bye Bye,
siseaba con cada curva en el asiento de al lado. Puso el intermitente y barrió
el retrovisor una vez más; el sedán se mantenía a distancia, a dos coches por
detrás, maniobrando entre el tráfico sin salirse del manual.
Tomó NW Couch St,
un laberinto de almacenes donde los callejones se mordían unos a otros. El
Bronco lamía las paredes de ladrillo gastado. Virlan aceleró y clavó los frenos
al final del ramal sin salida. El sedán irrumpió en el retrovisor. John engranó
la marcha atrás y hundió el pedal. El Bronco rugió, embistiendo el frontal del
sedán; un golpe seco. Los cristales estallaron y el olor del líquido del
radiador llenó el callejón.
Virlan salió. Se
acercó. El suelo crujió y lanzó destellos bajo sus botas. El conductor yacía
inerte. El otro buscó con un ojo sanguinolento al objetivo; ya no vio a un
anciano. John levantó la Sig-Sauer y disparó dos veces. Hizo lo propio con el
conductor. Inclinó la cabeza.
El zumbido de la
batería del utilitario llenaba el silencio. Antes de girarse, John le apartó el
cuello de la camisa al tipo con el cañón. Bajo el corazón asomó un guantelete tatuado;
un borrón que pretendía ser inmortal; John escupió al suelo. Regresó a su
coche, recuperó el sobre del asiento y echó a andar.
Caminó despacio, con
las manos en los bolsillos, como un anciano más. El viento sacudía el tendido
eléctrico. Se subió el cuello de la chaqueta y hundió el mentón, asegurándose
de que el sobre seguía firme en su bolsillo interior. Un coche patrulla giró a
lo lejos, mudo. La calle desierta dejaba una capa sucia sobre el asfalto. El
humo de las chimeneas teñía la tarde moribunda. La Sig-Sauer rebotaba en su
costado, marcando la cadencia. John apretó el paso.
Dejó atrás almacenes
con las ventanas tapiadas, vestigios de un pasado industrial. Al lado, una
pared de ladrillo rojo anunciaba el combate de Anthony Stephens contra Trinidad
para el próximo 23 de octubre.
John entró en la
cabina US West de enfrente. El suelo de metal crujió bajo el peso de sus botas.
Descolgó. Se colocó el auricular y lo sostuvo con el hombro. Introdujo una
moneda y marcó.
—Al habla V3. En
diez minutos.
Colgó. Salió sin
coger el cambio; el cristal vibró a su espalda al cerrarse las puertas de
golpe.
Llegó con el
tiempo cumplido; el reloj de la muñeca marcaba diez minutos exactos. John
descolgó y volvió a marcar. Esperó. Respondieron al segundo tono.
—Frankie y otros
muchachos han firmado su renuncia. Seis buenos operarios en total.
Cambió el peso de
pie y barrió la calle con una mirada. Una furgoneta de reparto asomó por el
cruce de la novena. John la siguió con atención. El conductor bajó y abrió el
portón lateral de par en par.
—Un fulano de
fuera ha solicitado uno de los puestos. Un tal A. Diamond.
Al otro lado, la
persiana del almacén rompió la noche. Una segunda furgoneta se detuvo en la
rampa de carga y un tipo de color se bajó. El conductor de la primera se le
unió; simuló arrinconarlo lanzando un par de jabs para terminar con un uppercut
al mentón: su risa llegó hasta John.
—Si deseas
conservar tu puesto, reúnete conmigo donde siempre. Mañana a las nueve en
punto. Cuídate.
Colgó sin
despedirse. Aguardó un instante, expectante. Vio a Rocky Balboa acercar la
llama al cigarrillo de su compañero; el negro dio una calada y arrojó el humo a
la noche. Ambos echaron a andar y sus voces se perdieron a lo lejos.
John Virlan cruzó
la calle a grandes zancadas; con las manos en los bolsillos y los hombros
tensos. Public Enemy impartía cátedra en la Sprinter del moreno. Una cartera de
piel reposaba sobre el salpicadero junto a una lata de Coca-Cola; John las dejó
en el capó de la primera furgoneta. Cuando giró la llave y metió primera, la
Sprinter se fundió con el tráfico hasta ser solo una mancha blanca más en la
ciudad.
John despertó a
las seis de la mañana en el piso franco. No se incorporó de inmediato; se frotó
los ojos y escuchó en la oscuridad. Una guarida no es un hogar. Para John eso
estaba claro, por mucha seguridad que le proporcionara. Se incorporó y apoyó
los pies en el suelo, amasando la baldosa fría con los dedos. El sobre
descansaba en la mesita de noche, junto al Eutirox.
Lo cogió.
Encendió el flexo
y extrajo las fotos. Fue directo a Frankie Bye Bye. En la galería, bajo el
escrutinio de Odín, enterró el detalle: Frankie presentaba un orificio de bala
en la base de la clavícula. El sello de la Extasi. John se golpeó el labio con
un dedo y cerró los ojos; retuvo la imagen y la dejó marchar.
Joe Miller
apareció colgado en su casa de la playa: curiosa manera de celebrar la
jubilación. John acercó la instantánea al flexo. Miller era un profesional, no
un guerrero como Frankie. Para retirar a Joe bastaba con un empujón.
Clavó el dedo
sobre el papel.
—Retirar o anular
—susurró.
Frankie ofreció
resistencia. Soltó la foto de Joe y recuperó la de Bye Bye. Solo un exmiembro
de la Extasi dejaría esa marca.
El Alemán.
Asintió.
Al menos ese infeliz
era real, no un fantasma como Diamond.
El teléfono de la
pared devolvió un tono largo al descolgar.
John marcó de
memoria.
—Bernie, soy yo.
Revisa el correo. —John ojeó la foto—. Confírmame el lugar. Si no regreso, no
mires atrás.
Colgó antes de
escuchar la respuesta.
Preparó café.
El salitre asomaba
por las juntas de las baldosas. Aclaró una taza y desmontó la Sig-Sauer. Alineó
las piezas en la encimera sobre un trapo. John bebió y cerró los ojos. Las
primeras luces se filtraban por la persiana. El viento silbaba, sacudiendo las
cuerdas de los tendederos.
Dejó la taza a
medio terminar. Montó el arma. El golpe del carril al encajar rebotó en la
campana extractora.
Al salir del
portal, el viento le abofeteó la cara. John se subió el cuello de la chaqueta,
sin detenerse. El vidrio de los escaparates le devolvió un borrón oscuro; sus
ojos ignoraban a los últimos juerguistas. Antes de llegar a la esquina, deslizó
el sobre por la ranura del buzón.
La furgoneta de
reparto era una más.
Atravesó la ciudad.
John entró en el
garaje y esperó. Unos focos iluminaron el retrovisor. El vehículo lo rodeó
hasta quedar ventanilla con ventanilla.
John se llevó dos
dedos a la frente.
Saludó.
V4 asintió.
—¿Es cierto?
John no contestó.
Apartó la mirada; el viento arrastró un corro de hojas.
—¿Diamond está
vivo? —insistió.
—Ha regresado de
entre los muertos.
V4 apretó los
labios.
—¿Está en la
partida?
John negó.
—¿Qué sabes de
Matasanos?
V4 siguió con la
mirada un sedán.
—Cachorros de
dientes afilados.
La luz de freno desapareció
al final de la rampa.
—¿Quién los
dirige?
—El Alemán.
John asintió; no
se equivocaba.
—Tengo a Bernie
rastreando el lugar; Frankie estaba lejos de casa.
—Un paseo antes de
borrarlo.
—Billete sin
regreso —escupió.
Guardaron
silencio.
—Cuídate, John.
Asintió.
V4 arrojó una
bolsa marrón por la ventanilla. Cayó sobre sus piernas.
—Come algo. Vas a
desaparecer.
John la apartó y
arrancó.
Abandonó la
Sprinter a dos manzanas del piso franco.
Se detuvo al final
de la escalera; tomó aire mientras buscaba la llave.
Descolgó el
teléfono de la pared.
Marcó. La voz de
Odín contestó al otro lado.
—¿Tienes un
nombre?
—El Alemán.
John colgó.
Desplegó el paño
en la mesa y desmontó la Sig-Sauer.
Información del autor
John Virlan colgó. Cerró los ojos un instante.
Lo habían encontrado. No sabía cómo, pero
lo habían hecho.
Se levantó del sillón de lectura y salió al porche. El día era soleado.
Pronto habría que ajustarse el cuello del chaquetón; no quedaría ni una hoja en
los sauces. Las horas de luz se reducirían, dando paso al abrigo de la chimenea.
Solo que, para un anciano como él, eso se había acabado.
Salió al jardín, inhalando con calma y exhalando de igual manera. No
era de los que se dejaban llevar por la ira; nunca lo había sido. Jamás dejaba
traslucir sus emociones; por eso había vivido tanto tiempo en un negocio como
el suyo, rodeado de hombres que aparentaban más peligro que él. Profesionales que,
cuando aceptaban un contrato, no se detenían hasta ejecutarlo.
John cruzó el cobertizo de dos zancadas.
Sus movimientos, felinos y precisos, desmentían su edad. Había
esperado no tener que volver a matar; no por dinero. Se equivocaba.
Apartó con cuidado el banco de trabajo junto a la pared, evitando que
las herramientas golpearan el suelo entarimado. Se arrodilló, arrancó el zócalo
e introdujo la mano por el hueco; pronto sus dedos acariciaron la culata del
arma, encajada entre el hormigón y la madera.
Su Sig Sauer 380 seguía donde la había dejado. John soltó un suspiro;
el tacto y el peso del arma se ajustaron a la perfección en su mano. Extrajo
los útiles de limpieza del cajón y la desmontó. Estaba bien conservada. Aceitó
cada una de las piezas antes de volver a armarla; evitó mirar su propio reflejo
en el acero. «De
nuevo el monstruo», pensó Virlan.
John cerró la puerta del coche y apagó el estéreo; no
quería distracciones. Ajustó el espejo y se abrochó el cinturón mientras
repasaba la llamada. Lo había visto venir. La incompetencia de la Compañía
había roto el equilibrio; ya no podía hacer nada. Ahora todos estaban en
peligro.
Tenía diecisiete años cuando fue reclutado. Entonces
Odín Zeta le había sonreído y él le había devuelto la sonrisa, intuyendo que
algún día tendría que matarlo.
El director de la Compañía hacía años que le seguía la pista.
Concretamente, desde que saboteó los frenos del coche de su padrastro y el
infeliz se despeñó por un acantilado. Aquello lo puso inevitablemente en el
radar de Odín.
De esto habían llovido ya cuarenta y tres años.
John apagó el motor del Ford Bronco y sopesó si dejar la Sig en la
guantera, cosa que descartó de inmediato.
Los suelos de mármol de la galería de arte Chords Verses de Portland
lo transportaron a otra época. El despacho de Odín Zeta se encontraba en la
cuarta planta; John se preparó para intimar con el guardaespaldas de Zeta.
El tipo lo interceptó al final de la escalera. John abrió los brazos
y aguardó, observando al joven tensar los músculos del rostro. Al levantar las
manos, la culata de la Sig Sauer quedó a la vista en la sobaquera. El tipo
acortó la distancia echando mano a la suya. John lo evaluó un instante y se
relajó.
—Tiene que entregarme su arma, señor.
—Eso no pasará, hijo —respondió Virlan con calma, bajando lentamente
las manos.
—¡Entrégueme su arma ahora, señor!
John negó con la cabeza.
—¡He dicho que…!
John le bloqueó la muñeca antes de que pudiera desenfundar,
estampándolo contra el muro con un giro veloz. El tipo cabeceó, tratando de
zafarse. Virlan aumentó la presión. El joven alzó la mano libre en señal de
rendición. Desde el fondo del pasillo, Odín le ordenó que se retirara con un
gesto airado de cabeza.
John lo soltó, se recolocó la manga de la chaqueta y avanzó hacia el
viejo.
Odín Zeta vestía su traje gris de corte impecable. Llevaba el cabello
cano echado hacia atrás; de cerca, parecía un anciano envuelto en ropas caras. Su
rostro revelaba el peso de ser quien era. Aun así, mantenía la ferocidad en el
azul acuoso de sus ojos.
—Te estaba esperando, John.
Su voz conservaba el tono de autoridad que John recordaba, aunque algo
había quedado por el camino.
Estrechó la mano del viejo con firmeza; ambos se estudiaron antes de
soltarse. Zeta se secó la mano con un pañuelo y enfiló el despacho. John no lo
siguió de inmediato. Los pasillos eran un hervidero de tipos con pinganillos comunicándose
entre sí. Fulanos de espalda amplia que ocultaban músculos de acero bajo el traje
oficial; nada que ver con su oficio.
—Adelante —invitó a entrar Odín con un gesto de la mano.
El despacho, un rectángulo mal iluminado ajeno a la pompa de la
galería, alojaba una mesa de roble algo desproporcionada y un sillón
rivalizando en tamaño. John no vio ventana alguna ni más sillas. Un retrato de
Gerónimo de 1886, tomado tras su última captura, flanqueaba al de Billy el Niño.
«La compañía ideal», pensó John, estudiando la ferocidad de los rostros.
—Y aquí estamos.
John no respondió.
Odín rodeó el escritorio, acarició la superficie con la punta de los dedos
y tomó asiento en el sillón. Después entrelazó las manos sobre la barriga y
sonrió, pero John no tenía tiempo para eso; alargó la mano y exigió las instantáneas.
Odín Zeta sacó del cajón un sobre marrón y lo deslizó sin ceremonia. Apenas
pesaba, pero lo que escondía dolería. Contenía seis fotografías hechas con una Polaroid
y un informe que apestaba a morgue y a favores. Virlan alineó las fotos de los
cadáveres en el escritorio, como si fueran una mano de póker perdedora. Sólo
lamentaba lo de Frankie Bye Bye; el resto carecía de importancia. Aun así, John
no apartó la vista; deslizó el pulgar por el borde de una de las fotos,
buscando cualquier detalle que el forense pasara por alto. Algo que le otorgara
ventaja. Odín lo observaba desde su trono de piel, estudiando sus movimientos.
—Lamento lo de Frankie —dijo Odín; su voz era un hilo de seda viejo
que decía lo contrario.
—¿Quién te dio el soplo? —preguntó John.
—Tengo contactos. Alguien llamó y me informó.
—¿Y esos contactos te dieron mi número telefónico?
—No —respondió Odín sonriendo—. Eso lo conseguí por mis medios. No ha
sido fácil encontrarte, ¿sabes? Eso juega a tu favor. Porque nos están cazando,
John.
Seis miembros de la Compañía borrados como si nada.
Y ahí estaba él, frente a aquel hijo de puta que nunca había movido
un dedo por nada. Odín apretó la mandíbula. Los ojos, acuosos y hundidos,
bizquearon. Se los secó con un pañuelo.
—Los tipos que han hecho esto —dijo John, abarcando con un gesto seco
las fotos esparcidas sobre la mesa— no se diferencian de nosotros. Pero eso ya
lo sabes, ¿verdad, Womack?
Odín arrugó la nariz, como si oír su nombre de pila apestase más que
los seis muertos que tenía sobre el escritorio.
Tras la Guerra Fría muchos agentes quedaron sin bandera ni propósito.
Durante un tiempo la Compañía los toleró; no eran nada. Pero crecieron. Y
volaron el tablero.
—Sé lo que estás pensando, John. —Odín clavó los codos en la mesa—. Y
no es momento de buscar culpables. De nada serviría malgastar energía mientras
nos están cazando, joder.
Se levantó de golpe, tropezando con su propia silla.
La mano de John quedó a medio camino.
—No me toques. —Odín le lanzó la misma mirada que John veía en el
retrato de Gerónimo—. Voy a acabar con ese hijo de puta con ínfulas, ¿me oyes?
Voy a eliminar a todos sus chicos. Voy a llenarlos de plomo.
Desvió la vista.
Se detuvo. Respiró hondo.
—Nos han mordido, John. —Suspiró.
—¿Cómo quieres proceder?
—Como siempre: matando al pastor y espantando a las ovejas.
—Esas ovejas han mordido al lobo.
—Pues devolvámosles el bocado, joder.
John Virlan asintió despacio.
—Hay algo más —dijo Odín.
—¿Está relacionado?
Negó con un gesto.
Sacó una revista del escritorio y la dejó caer sobre la mesa.
—Página veintiocho —señaló.
John la abrió. Encontró el anuncio rodeado en rojo.
Vendo caña de bambú del
69.
Preguntar por el señor
Zeta.
John levantó la vista. El viejo sonrió.
—Diamond está muerto.
John la hizo a un lado.
—Te equivocas.
Odín dejó un libro abierto. Señaló una serie de números garabateados
a lápiz en el margen inferior: 142-8-3 / 19-12-1 / 44-
5-9.
—Utiliza la versión del 54 de La isla del tesoro.
John no lo tocó.
—Han pasado treinta años.
Cambió el peso de su cuerpo.
—Así es.
—Me obligaste a aceptar ese contrato y…
—¿Viste a Diamond caer por el muelle, John?
No contestó.
El viejo golpeó el libro con el dedo.
—Sin cuerpo, John. Ambos sabemos lo que significa.
John agarró el libro. Trazó una línea con el dedo. Sus labios se
movieron en silencio.
«Hola, mi traicionero socio. Hora de ajustar
cuentas.»
Habían llovido cuatro años sin pisar el Gringos. Buscó a Jack con la
mirada, pero su hermano ya no estaba. El local se hundía en una penumbra
habitada por un par de camioneros abonados al silencio. Junto a la caja, un
calendario de páginas amarillentas seguía detenido en un diciembre de cuatro
años atrás.
Alba era quien gobernaba la barra: servía café a un viejo que la
devoraba con la mirada, con edad suficiente para ser su padre.
Norman Negan se acercó y ella fue a atenderlo; al reconocerlo, dejó la
jarra despacio y contrajo el rostro en una mueca.
—¿Qué haces aquí?
El viejo levantó su taza y pidió azúcar; Alba lo silenció con un dedo
sin mirar.
Negan abrió las manos en gesto de disculpa.
—Hola… —alcanzó a decir.
Ella giró como si sus palabras fuesen la mayor de las ofensas; sus
ojos, dos esferas azules rugiendo tempestades, lo traspasaron a través del
espejo.
Había sido un error ir al Gringos.
Norman aguardó, en silencio.
Quiso decir algo que aliviase su pesar.
Todo lo que un día fueron se había esfumado con Jack.
Se dio la vuelta.
—¡Negan! —gritó ella desde el espejo.
La voz lo detuvo, pero tampoco se giró.
—Si hubieras muerto en la cárcel, Jack estaría aquí conmigo.
Negan cerró los ojos y asintió; no le faltaba razón.
—Lo siento… —susurró con un hilo de voz que no reconoció.
Alba gritó y una jarra se hizo añicos junto a las botas de Negan: cientos
de pequeños diamantes rodaron por el suelo, como si un atracador torpe tropezara
en pleno trabajo.
No fue una buena idea.
Abandonó el Gringos rumbo al rancho.
El camino de entrada estaba en mal estado y aminoró la marcha; no
quería que un pedrusco reventara el radiador de la Chevrolet Cheyenne de su
padre.
Al abrir la casa, un olor denso lo golpeó. Norman se tapó la boca con
el reverso de la mano y dejó la puerta abierta. La madera crujió bajo su bota
de punta. Jamás había escuchado tanto silencio en la casa; ni un motor a lo
lejos, ni el zumbido del generador. Nada. Como si el tiempo se hubiera detenido
el día del funeral.
En la biblioteca
de su padre, la cual consideraba territorio del viejo y de Jack, echó en falta obras
de autores como Julio Verne y varios ejemplares en rústica de Arthur Conan
Doyle. Eligió un libro al azar del montón apilado en la mesa de trabajo y lo
ojeó. Nunca lo había hecho antes del trullo; su padre y su hermano tendrían
algo que decir al respecto. Se acomodó en el sillón.
Se quedó
dormido.
Cerró el libro y abandonó al viejo oficial Claude LaPointe
en las peligrosas calles del Main. Faltaban cinco minutos para la media noche. Se
encendió un pitillo. Dio una calada y conectó
el teléfono a la toma; la luz del contestador parpadeó como una amenaza. Holmes McAllister, el agente de la
condicional, había llamado. Marcó y esperó con el auricular pegado al oído hasta que se
cortó; lamentó su torpeza dándose golpecitos con el aparato.
Aún no sabía de
qué pie cojeaba McAllister. Había oído a los presos decir que era recto y sin
sentido de humor; aquel descuido podía traerle problemas. Aplastó la colilla en
el cenicero y se pasó la mano por el cabello. Volvió a dormirse maldiciendo su
error.
Se levantó temprano.
En Tucson harían
el primer recuento del día; no lo extrañó nada. Se afeitó y se dio una ducha. Preparó
café del de verdad y lo sirvió en una taza con su plato. Lo saboreó tomando
conciencia de su libertad; nunca tan poco significó tanto.
Abrió las
ventanas decidido a purificar el aire y recorrió las habitaciones haciendo
tiempo; la mayoría de las cosas seguían donde siempre, pero no todas. Alguien
había cubierto los muebles con sábanas y guardado la vajilla en cajas de cartón.
Echó en falta el viejo rifle Savage 99 de Jack colgado sobre la chimenea, su silla
de montar Weatherly Ranch con las iniciales en los estribos, y el puma que
decoraba el recibidor, donde Jack colgaba las llaves al regresar con algunos
tragos de más.
El Main de Trevanian, la novela
sobre los bajos fondos de Montreal, yacía sobre la mesita de noche. Norman la
cogió y soltó un suspiro al recordar su cita con McAllister. Se vistió
despacio: vaqueros desgastados, camisa de trabajo y botas de punta larga. Cogió
las llaves y salió al sol de Arizona.
Condujo la vieja
Cheyenne hasta la oficina sintiendo el
motor vibrar bajo los pies; la sensación rivalizó con la del café.
Holmes McAllister era un tipo gordo al que empezaba a escasearle el pelo. Vestía un
traje Mirto azul planchado de forma impecable. Tenía unos cincuenta años y en
su escritorio, además de un monitor de tubo y un teléfono inalámbrico, había un
marco con una fotografía de su familia: la mujer, con la mano apoyada en el
pecho de McAllister, parecía más joven y no carecía de belleza. El chico, enfundado
en una chaqueta del equipo de futbol del instituto, desafiaba a la cámara con
la mirada.
Al fondo de la sala, alguien aporreaba las teclas de una máquina de
escribir como si de un mono enfurecido se tratase. Negan tuvo que elevar la voz
para hacerse oír.
—¡Buenos días, señor McAllister, soy Norman Negan!
—Llegas tarde —respondió él sin apartar los ojos del monitor.
Las teclas de la máquina se detuvieron y el despacho judicial quedó en
un incómodo silencio.
—Esto…
—Ni te molestes. —Holmes levantó la vista y le clavó la mirada. Sus
ojos se detuvieron un segundo de más en las botas de punta—. Ayer te llamé al número
que facilitaste sin respuesta por tu parte. Te voy a explicar cómo funcionan
las cosas, hijo: si yo silbo, tú saltas y vienes cagando leches. ¿Me explico?
Si me has entendido, di sí y no se te ocurra mover la cabeza.
Norman no parpadeó; se limitó a estrujarse las manos.
Le ardía la cara y su parpado se sacudió con un temblor. Las teclas
volvieron a tronar, con más entusiasmo si cabe. Negan tragó saliva, contó hasta
tres y mostró su lado bueno.
—Sí, señor —dijo.
—Respuesta correcta —sentenció McAllister—. Te someterás a test de
drogas semanales, empezando ya. ¿Trabajo?
—Salí ayer de Tucson —respondió Norman, encogiéndose de hombros.
McAllister ojeó el expediente con el ceño fruncido y dijo:
—Pues si no quieres regresar, más vale que encuentres un trabajo
decente, hijo.
«Trabajo
decente, hijo», masticó Negan, añadiendo un mamón al final. Corrigió la postura con las manos atrás; también rezó
a todo lo que caminara por el agua para que todo saliera bien.
McAllister arrojó el informe a un lado, descolgó el teléfono y marcó
la extensión cinco. Esperó.
—Luisa, soy Holmes McAllister. —Negan cambió el peso de su cuerpo a la
espera—. Puedes decirle al oficial Moss que acudiré a almorzar mañana.
Perfecto, encanto, eres un cielo.
—Disculpe, señor.
McAllister levantó la vista y reparó en Normal.
—¿Puedo irme ya?
Holmes descolgó, marcó y esperó.
—Avisa a Rom que le envió al señor Negan.
Al salir, Norman lo escuchó decir:
—Puto paleto.
Era ya media tarde cuando Michael Carson lo recogió.
Habían compartido celda y fatigas en Tucson; un peso pesado con el que
realizó entregas cuando era un pipiolo en el negocio.
—¿Todo bien, Negan?
Asintió con la cabeza. «Que se joda McAllister.»
Michael se encendió un cigarro y Negan subió al coche; recorrió el
salpicadero con la mirada y silbó. Tenían mucho de lo que hablar, lo cual resultó
extraño porque ambos eran hombres de pocas palabras. Michael tomó la
Interestatal 10 rumbo a Nevada. Salir del estado con la condicional significaba
una violación de la misma; Negan no pudo evitar imaginar al mamón de McAllister
echándole las garras encima.
—Mira en la guantera.
—¿Qué?
—Que mires en la jodida guantera —repitió Carson con el pitillo entre
los dientes.
Negan la abrió y la cerró rápido.
Se apoltronó en el asiento sintiendo el frío del cuero. Cerró los ojos
y retuvo la imagen en la mente: una Smith & Wesson debajo de una revista
guarra por suscripción. Con munición del calibre cuarenta para diez trabajos
como aquel.
—Así que lo has encontrado.
—Así es —dijo Carson.
—¿En Nevada?
—En la jodida Nevada —respondió apartando la vista de la
Interestatal—. En un rancho a las afueras de Boulder
City, cerca de Las Vegas. El cabrón distribuye esa mierda de jaco marrón
mexicano. Dirige un antro de moteros mexicanos.
«Cuatro años esperando.»
—¿Quién es su distribuidor?
Michael dio una calada al pitillo y soltó el humo por la nariz; su
rostro se endureció.
—Verás… las cosas han cambiado desde que te fuiste.
—¿Cuánto han cambiado?
—Pues… —vaciló—, el ascenso de Yago Sánchez ha sido meteórico. Eliminarlo
traerá consecuencias. Tuve que reunirme con Nueva York. Gigante en persona dio
el visto bueno. —Negan lo vio juntar los dedos de una mano y sacudirlos en el
aire—. Un favor personal.
«El loco del albornoz.»
—Así que trabaja para el cártel —dijo Norman.
—Para los hermanos de Tijuana.
Arrojó el pitillo por la ventanilla mientras lo decía.
Los Arellano Félix. La familia más sanguinaria de México.
—Si lo hacemos, estamos solos —sentenció Carson.
Decirlo estaba de más. Vincent Gigante no movería un dedo por ellos.
Llegaron al motel Sands y pidieron una
habitación doble: un cuchitril como cualquier otro en el que desprenderse del
polvo del camino. Norman Negan se desperezó, sacudiéndose el viaje de encima.
Entonces reparó en el Mustang estacionado frente al motel. Sus ocupantes eran mexicanos
y solo tenían ojos para Carson.
Lo normal. Michael Carson conducía un GMC Suburban 2500 SLT negro y
vestía un traje milrayas
gris marengo de mil quinientos dólares; su mejor sonrisa, la que usaba para meterse en las bragas de las
nenas, completaba el conjunto.
—Respira, muchacho —lo tranquilizó palmeándolo—. Son solo cholos
controlando su territorio.
«Con Carson nunca faltaba el comité de bienvenida.»
El Mustang arrancó y el acompañante formó una pistola con los dedos y
simuló disparar a Carson. Michael fue a la parte de atrás del Suburban, sacó
dos maletas y un portatrajes Zegna a juego; acto seguido, levantó la alfombrilla
revelando su pequeño arsenal de armas acopladas en compartimentos.
—¡Joder! —Norman lanzó un
silbido.
—Pilla lo que necesites —ordenó viendo alejarse el Mustang.
Norman unió a la Smith & Wesson una Sig-Sauer de reserva y un Ka-Bar
de supervivencia. En el fondo del compartimento descansaban un par de
subfusiles MP5 y un Colt RO933 de cañón corto que, por razones obvias, no
seleccionaron para el asalto al antro. Michael, por su parte, se armó con una
pistola de fabricación israelí de una belleza soberbia, una Jericho 941 modificada, más una Glock de nueve
milímetros con varios cargadores extendidos de 30 balas.
Ya instalados,
revisaron armas y munición.
Dieron una vuelta
más al plan mientras cenaban.
Michael Carson se
duchó y se enfundó en un
prohibitivo traje Tom Ford confeccionado en suave lana de color negro, del que
Negan prefirió no preguntar el precio. Debajo vestía una camisa de seda negra
con cuello inglés y botones de nácar; unos zapatos Dior del mismo color esperaban
junto a la cama.
—¿Desde cuándo te has aficionado a ese tipo de trajes?
La pregunta estaba hecha sin ningún tipo de envidia malsana. Y la
sonrisa de Michael reveló que así lo había entendido.
—Desde que gano dos de los grandes a la semana, colega.
Negan apretó los labios y asintió.
Dos de los putos grandes y estaba en mitad del desierto a punto de dar
pasaporte a Yago Sánchez.
Volvió a comprobar la Smith & Wesson por última vez.
Estaba tranquilo y
de pronto era un manojo de nervios.
Michael hizo lo propio; asegurándose de que la Glock saliese sin
problema de la funda. Guardó el arma
y le indicó la puerta con un movimiento de cabeza.
Antes de subir al Suburban, Michael echó un vistazo en busca del
Mustang de los cholos, pero no lo vio. Negan se golpeaba la rodilla con la
culata y Carson lo agarró del cuello y lo zarandeó para insuflarle valor.
—Tranquilo, muchacho.
—Significa mucho lo que estás haciendo.
Carson sonrió.
—Tu estuviste en Tucson.
Fue lo último que se dijeron.
Todo lo que tenían que decirse ya lo habían hecho.
La luz de neón del Pachaparo Club bañó sus rostros
cuando Carson estacionó en la parte trasera. Un antro de mala muerte. Con su
gorila en la puerta. Su fila de Harley-Davidson con los distintivos de los Cuauhtémoc; igual que en Hollywood, sólo que allí se
perdía la vida de verdad.
—Hazlo limpio —le susurró Michael.
Negan no cerró la puerta del coche. Sacó el Ka-Bar. Se deslizó por
las sombras, pegado a la pared. Sus pisadas enmudecieron bajo la música del
Pachaparo. Rodeó el edificio y bordó al gorila por su lado ciego. Le tapó la
boca con una mano. El tipo forcejeó. Negan hundió el acero entre sus costillas
y dejó de moverse.
Lo sostuvo mientras Carson avanzaba en su dirección. Juntos lo
arrastraron tras los cubos de basura y lo registraron. Se hicieron con una .38 y
un walkie-talkie. Michael lo arrojó a la maleza.
—Vía libre —susurró.
Michael levantó el pulgar.
Entraron al garito. Negan iba delante. Tito & Tarántula sonaba en
los altavoces. La camarera contaba billetes de espaldas a la barra. Rodearon el
billar. Michael señaló. Negan encañonó la puerta de la derecha. Entraron
agachados. Michael Carson empuñaba la Jericho. Enroscó el silenciador negro. Un
novato de los Cuauhtémoc hacia guardia al final del
pasillo. Michael le voló la cabeza.
Pasaron por encima de él. Bajaron las escaleras con la espalda pegada
contra la pared. La bota de punta de Negan dejaba figuras carmesí a su paso. El
humo del tabaco arañaba los ojos. Dos cucarachas salieron disparadas en sentido
contrario. Michael arrugó los labios. El silencio era distinto al de arriba:
insoportable.
Michael se detuvo al final del pasillo. Negan lo franqueó. Abrió la
puerta con el cañón de la Smith & Wesson. Despacio. El fluorescente del
techo parpadeó emitiendo una vibración. Yago Sánchez presidía la mesa de
reuniones. Su lugarteniente se sentaba a su derecha. Nueve Cuauhtémoc
completaban el cuadro.
Negan entró. Carson lo seguía. Yago Sánchez lo vio. Negan siguió su
mirada hacia la mesa del rincón. Once herramientas reposaban sobre la madera
desgastada.
Norman Negan lo encañonó.
—Chinga a tu madre.
—Que se joda la tuya.
Apretó el gatillo.
Los sesos de Sánchez se desparramaron por su segundo. El cuerpo cayó
inerte sobre la mesa.
«Esto es por Jack, mamonazo.»
Michael avanzó y golpeó la cara del lugarteniente de Sánchez con la
Jericho.
—¡Que nadie se mueva! —gritó.
Hizo un gesto a Negan. Los Cuauhtémoc permanecieron inmóviles. Una
mosca se posó en la sesera de Sánchez. Negan envolvió los hierros en una
bandera del club. Miró a Carson. Michael cabeceó hacia la puerta. Negan salió
zumbando con las armas al hombro.
—Caballeros… —dijo Michael mirando las cartas del más próximo—. Buena
mano, amigo.
Negan aplastó una de las cucarachas en la huida. Michael atrancó las
puertas con los moteros dentro. Cruzó el pasillo tras Negan. Subieron las
escaleras de dos en dos. El novato yacía sobre un charco de sangre oscura.
Al entrar en el local, la camarera reparó en ellos. Buscaba algo tras
la barra. Negan se acercó y le metió una bala en el hombro. La mujer cayó al
suelo entre alaridos. Tito & Tarántula seguían haciendo lo suyo. Negan
barrió la barra con el cañón dispuesto a saltar. Michael miró hacia la puerta.
El cristal estalló con un ruido interminable.
Norman Negan se lanzó al suelo y devolvió los disparos a ciegas.
Michael se agazapó tras la mesa de billar; una bala le rozó la mejilla. Soltó
un grito, volcó la mesa y efectuó dos disparos antes de recargar la Jericho.
—¿Cuántos son? —preguntó a gritos.
Norman Negan negó con la cabeza.
Una ráfaga corta sacudió el Pachaparo. Negan se arrastró cubriéndose
con el brazo. El estante de las botellas se hizo añicos sobre la camarera.
Michael Carson efectuó tres disparos más, combinándolos con los de Negan.
El humo del tiroteo mordía la garganta. El calor fronterizo
penalizaba. Michael volvió a disparar. En un primer momento, no acusó el dolor.
Una flor escarlata le empapó la camisa. Bajó la mirada a su pecho. Parpadeó. Buscó
a Negan entre la neblina. El segundo disparo le arrancó media mandíbula. La
Jericho golpeó el suelo y rebotó. Carson quedó apoyado, sin vida, junto al
billar.
La mujer salió de detrás de la barra con el revólver en ristre. Se
balanceaba como un hermano del Bronx puesto de crack. Negan parpadeó al verla. Ella
levantó el arma y él disparó.
El fuego en el exterior cesó. El rugido de las Harley-Davidson
destrozó la quietud. Negan se levantó de un salto. Carson seguía donde había
caído, apoyado contra el billar.
Apretó la mandíbula y huyó.
Las sirenas de la policía devoraron la noche.