Acababa de salir.Habían llovido cuatro años sin pisar el Gringos. Buscó a Jack con la
mirada, pero su hermano ya no estaba. El local se hundía en una penumbra
habitada por un par de camioneros abonados al silencio. Junto a la caja, un
calendario de páginas amarillentas seguía detenido en un diciembre de cuatro
años atrás.
Alba era quien gobernaba la barra: servía café a un viejo que la
devoraba con la mirada, con edad suficiente para ser su padre.
Norman Negan se acercó y ella fue a atenderlo; al reconocerlo, dejó la
jarra despacio y contrajo el rostro en una mueca.
—¿Qué haces aquí?
El viejo levantó su taza y pidió azúcar; Alba lo silenció con un dedo
sin mirar.
Negan abrió las manos en gesto de disculpa.
—Hola… —alcanzó a decir.
Ella giró como si sus palabras fuesen la mayor de las ofensas; sus
ojos, dos esferas azules rugiendo tempestades, lo traspasaron a través del
espejo.
Había sido un error ir al Gringos.
Norman aguardó, en silencio.
Quiso decir algo que aliviase su pesar.
Todo lo que un día fueron se había esfumado con Jack.
Se dio la vuelta.
—¡Negan! —gritó ella desde el espejo.
La voz lo detuvo, pero tampoco se giró.
—Si hubieras muerto en la cárcel, Jack estaría aquí conmigo.
Negan cerró los ojos y asintió; no le faltaba razón.
—Lo siento… —susurró con un hilo de voz que no reconoció.
Alba gritó y una jarra se hizo añicos junto a las botas de Negan: cientos
de pequeños diamantes rodaron por el suelo, como si un atracador torpe tropezara
en pleno trabajo.
No fue una buena idea.
Abandonó el Gringos rumbo al rancho.
El camino de entrada estaba en mal estado y aminoró la marcha; no
quería que un pedrusco reventara el radiador de la Chevrolet Cheyenne de su
padre.
Al abrir la casa, un olor denso lo golpeó. Norman se tapó la boca con
el reverso de la mano y dejó la puerta abierta. La madera crujió bajo su bota
de punta. Jamás había escuchado tanto silencio en la casa; ni un motor a lo
lejos, ni el zumbido del generador. Nada. Como si el tiempo se hubiera detenido
el día del funeral.
En la biblioteca
de su padre, la cual consideraba territorio del viejo y de Jack, echó en falta obras
de autores como Julio Verne y varios ejemplares en rústica de Arthur Conan
Doyle. Eligió un libro al azar del montón apilado en la mesa de trabajo y lo
ojeó. Nunca lo había hecho antes del trullo; su padre y su hermano tendrían
algo que decir al respecto. Se acomodó en el sillón.
Se quedó
dormido.
Cerró el libro y abandonó al viejo oficial Claude LaPointe
en las peligrosas calles del Main. Faltaban cinco minutos para la media noche. Se
encendió un pitillo. Dio una calada y conectó
el teléfono a la toma; la luz del contestador parpadeó como una amenaza. Holmes McAllister, el agente de la
condicional, había llamado. Marcó y esperó con el auricular pegado al oído hasta que se
cortó; lamentó su torpeza dándose golpecitos con el aparato.
Aún no sabía de
qué pie cojeaba McAllister. Había oído a los presos decir que era recto y sin
sentido de humor; aquel descuido podía traerle problemas. Aplastó la colilla en
el cenicero y se pasó la mano por el cabello. Volvió a dormirse maldiciendo su
error.
Se levantó temprano.
En Tucson harían
el primer recuento del día; no lo extrañó nada. Se afeitó y se dio una ducha. Preparó
café del de verdad y lo sirvió en una taza con su plato. Lo saboreó tomando
conciencia de su libertad; nunca tan poco significó tanto.
Abrió las
ventanas decidido a purificar el aire y recorrió las habitaciones haciendo
tiempo; la mayoría de las cosas seguían donde siempre, pero no todas. Alguien
había cubierto los muebles con sábanas y guardado la vajilla en cajas de cartón.
Echó en falta el viejo rifle Savage 99 de Jack colgado sobre la chimenea, su silla
de montar Weatherly Ranch con las iniciales en los estribos, y el puma que
decoraba el recibidor, donde Jack colgaba las llaves al regresar con algunos
tragos de más.
El Main de Trevanian, la novela
sobre los bajos fondos de Montreal, yacía sobre la mesita de noche. Norman la
cogió y soltó un suspiro al recordar su cita con McAllister. Se vistió
despacio: vaqueros desgastados, camisa de trabajo y botas de punta larga. Cogió
las llaves y salió al sol de Arizona.
Condujo la vieja
Cheyenne hasta la oficina sintiendo el
motor vibrar bajo los pies; la sensación rivalizó con la del café.
Holmes McAllister era un tipo gordo al que empezaba a escasearle el pelo. Vestía un
traje Mirto azul planchado de forma impecable. Tenía unos cincuenta años y en
su escritorio, además de un monitor de tubo y un teléfono inalámbrico, había un
marco con una fotografía de su familia: la mujer, con la mano apoyada en el
pecho de McAllister, parecía más joven y no carecía de belleza. El chico, enfundado
en una chaqueta del equipo de futbol del instituto, desafiaba a la cámara con
la mirada.
Al fondo de la sala, alguien aporreaba las teclas de una máquina de
escribir como si de un mono enfurecido se tratase. Negan tuvo que elevar la voz
para hacerse oír.
—¡Buenos días, señor McAllister, soy Norman Negan!
—Llegas tarde —respondió él sin apartar los ojos del monitor.
Las teclas de la máquina se detuvieron y el despacho judicial quedó en
un incómodo silencio.
—Esto…
—Ni te molestes. —Holmes levantó la vista y le clavó la mirada. Sus
ojos se detuvieron un segundo de más en las botas de punta—. Ayer te llamé al número
que facilitaste sin respuesta por tu parte. Te voy a explicar cómo funcionan
las cosas, hijo: si yo silbo, tú saltas y vienes cagando leches. ¿Me explico?
Si me has entendido, di sí y no se te ocurra mover la cabeza.
Norman no parpadeó; se limitó a estrujarse las manos.
Le ardía la cara y su parpado se sacudió con un temblor. Las teclas
volvieron a tronar, con más entusiasmo si cabe. Negan tragó saliva, contó hasta
tres y mostró su lado bueno.
—Sí, señor —dijo.
—Respuesta correcta —sentenció McAllister—. Te someterás a test de
drogas semanales, empezando ya. ¿Trabajo?
—Salí ayer de Tucson —respondió Norman, encogiéndose de hombros.
McAllister ojeó el expediente con el ceño fruncido y dijo:
—Pues si no quieres regresar, más vale que encuentres un trabajo
decente, hijo.
«Trabajo
decente, hijo», masticó Negan, añadiendo un mamón al final. Corrigió la postura con las manos atrás; también rezó
a todo lo que caminara por el agua para que todo saliera bien.
McAllister arrojó el informe a un lado, descolgó el teléfono y marcó
la extensión cinco. Esperó.
—Luisa, soy Holmes McAllister. —Negan cambió el peso de su cuerpo a la
espera—. Puedes decirle al oficial Moss que acudiré a almorzar mañana.
Perfecto, encanto, eres un cielo.
—Disculpe, señor.
McAllister levantó la vista y reparó en Normal.
—¿Puedo irme ya?
Holmes descolgó, marcó y esperó.
—Avisa a Rom que le envió al señor Negan.
Al salir, Norman lo escuchó decir:
—Puto paleto.
Era ya media tarde cuando Michael Carson lo recogió.
Habían compartido celda y fatigas en Tucson; un peso pesado con el que
realizó entregas cuando era un pipiolo en el negocio.
—¿Todo bien, Negan?
Asintió con la cabeza. «Que se joda McAllister.»
Michael se encendió un cigarro y Negan subió al coche; recorrió el
salpicadero con la mirada y silbó. Tenían mucho de lo que hablar, lo cual resultó
extraño porque ambos eran hombres de pocas palabras. Michael tomó la
Interestatal 10 rumbo a Nevada. Salir del estado con la condicional significaba
una violación de la misma; Negan no pudo evitar imaginar al mamón de McAllister
echándole las garras encima.
—Mira en la guantera.
—¿Qué?
—Que mires en la jodida guantera —repitió Carson con el pitillo entre
los dientes.
Negan la abrió y la cerró rápido.
Se apoltronó en el asiento sintiendo el frío del cuero. Cerró los ojos
y retuvo la imagen en la mente: una Smith & Wesson debajo de una revista
guarra por suscripción. Con munición del calibre cuarenta para diez trabajos
como aquel.
—Así que lo has encontrado.
—Así es —dijo Carson.
—¿En Nevada?
—En la jodida Nevada —respondió apartando la vista de la
Interestatal—. En un rancho a las afueras de Boulder
City, cerca de Las Vegas. El cabrón distribuye esa mierda de jaco marrón
mexicano. Dirige un antro de moteros mexicanos.
«Cuatro años esperando.»
—¿Quién es su distribuidor?
Michael dio una calada al pitillo y soltó el humo por la nariz; su
rostro se endureció.
—Verás… las cosas han cambiado desde que te fuiste.
—¿Cuánto han cambiado?
—Pues… —vaciló—, el ascenso de Yago Sánchez ha sido meteórico. Eliminarlo
traerá consecuencias. Tuve que reunirme con Nueva York. Gigante en persona dio
el visto bueno. —Negan lo vio juntar los dedos de una mano y sacudirlos en el
aire—. Un favor personal.
«El loco del albornoz.»
—Así que trabaja para el cártel —dijo Norman.
—Para los hermanos de Tijuana.
Arrojó el pitillo por la ventanilla mientras lo decía.
Los Arellano Félix. La familia más sanguinaria de México.
—Si lo hacemos, estamos solos —sentenció Carson.
Decirlo estaba de más. Vincent Gigante no movería un dedo por ellos.
Llegaron al motel Sands y pidieron una
habitación doble: un cuchitril como cualquier otro en el que desprenderse del
polvo del camino. Norman Negan se desperezó, sacudiéndose el viaje de encima.
Entonces reparó en el Mustang estacionado frente al motel. Sus ocupantes eran mexicanos
y solo tenían ojos para Carson.
Lo normal. Michael Carson conducía un GMC Suburban 2500 SLT negro y
vestía un traje milrayas
gris marengo de mil quinientos dólares; su mejor sonrisa, la que usaba para meterse en las bragas de las
nenas, completaba el conjunto.
—Respira, muchacho —lo tranquilizó palmeándolo—. Son solo cholos
controlando su territorio.
«Con Carson nunca faltaba el comité de bienvenida.»
El Mustang arrancó y el acompañante formó una pistola con los dedos y
simuló disparar a Carson. Michael fue a la parte de atrás del Suburban, sacó
dos maletas y un portatrajes Zegna a juego; acto seguido, levantó la alfombrilla
revelando su pequeño arsenal de armas acopladas en compartimentos.
—¡Joder! —Norman lanzó un
silbido.
—Pilla lo que necesites —ordenó viendo alejarse el Mustang.
Norman unió a la Smith & Wesson una Sig-Sauer de reserva y un Ka-Bar
de supervivencia. En el fondo del compartimento descansaban un par de
subfusiles MP5 y un Colt RO933 de cañón corto que, por razones obvias, no
seleccionaron para el asalto al antro. Michael, por su parte, se armó con una
pistola de fabricación israelí de una belleza soberbia, una Jericho 941 modificada, más una Glock de nueve
milímetros con varios cargadores extendidos de 30 balas.
Ya instalados,
revisaron armas y munición.
Dieron una vuelta
más al plan mientras cenaban.
Michael Carson se
duchó y se enfundó en un
prohibitivo traje Tom Ford confeccionado en suave lana de color negro, del que
Negan prefirió no preguntar el precio. Debajo vestía una camisa de seda negra
con cuello inglés y botones de nácar; unos zapatos Dior del mismo color esperaban
junto a la cama.
—¿Desde cuándo te has aficionado a ese tipo de trajes?
La pregunta estaba hecha sin ningún tipo de envidia malsana. Y la
sonrisa de Michael reveló que así lo había entendido.
—Desde que gano dos de los grandes a la semana, colega.
Negan apretó los labios y asintió.
Dos de los putos grandes y estaba en mitad del desierto a punto de dar
pasaporte a Yago Sánchez.
Volvió a comprobar la Smith & Wesson por última vez.
Estaba tranquilo y
de pronto era un manojo de nervios.
Michael hizo lo propio; asegurándose de que la Glock saliese sin
problema de la funda. Guardó el arma
y le indicó la puerta con un movimiento de cabeza.
Antes de subir al Suburban, Michael echó un vistazo en busca del
Mustang de los cholos, pero no lo vio. Negan se golpeaba la rodilla con la
culata y Carson lo agarró del cuello y lo zarandeó para insuflarle valor.
—Tranquilo, muchacho.
—Significa mucho lo que estás haciendo.
Carson sonrió.
—Tu estuviste en Tucson.
Fue lo último que se dijeron.
Todo lo que tenían que decirse ya lo habían hecho.
La luz de neón del Pachaparo Club bañó sus rostros
cuando Carson estacionó en la parte trasera. Un antro de mala muerte. Con su
gorila en la puerta. Su fila de Harley-Davidson con los distintivos de los Cuauhtémoc; igual que en Hollywood, sólo que allí se
perdía la vida de verdad.
—Hazlo limpio —le susurró Michael.
Negan no cerró la puerta del coche. Sacó el Ka-Bar. Se deslizó por
las sombras, pegado a la pared. Sus pisadas enmudecieron bajo la música del
Pachaparo. Rodeó el edificio y bordó al gorila por su lado ciego. Le tapó la
boca con una mano. El tipo forcejeó. Negan hundió el acero entre sus costillas
y dejó de moverse.
Lo sostuvo mientras Carson avanzaba en su dirección. Juntos lo
arrastraron tras los cubos de basura y lo registraron. Se hicieron con una .38 y
un walkie-talkie. Michael lo arrojó a la maleza.
—Vía libre —susurró.
Michael levantó el pulgar.
Entraron al garito. Negan iba delante. Tito & Tarántula sonaba en
los altavoces. La camarera contaba billetes de espaldas a la barra. Rodearon el
billar. Michael señaló. Negan encañonó la puerta de la derecha. Entraron
agachados. Michael Carson empuñaba la Jericho. Enroscó el silenciador negro. Un
novato de los Cuauhtémoc hacia guardia al final del
pasillo. Michael le voló la cabeza.
Pasaron por encima de él. Bajaron las escaleras con la espalda pegada
contra la pared. La bota de punta de Negan dejaba figuras carmesí a su paso. El
humo del tabaco arañaba los ojos. Dos cucarachas salieron disparadas en sentido
contrario. Michael arrugó los labios. El silencio era distinto al de arriba:
insoportable.
Michael se detuvo al final del pasillo. Negan lo franqueó. Abrió la
puerta con el cañón de la Smith & Wesson. Despacio. El fluorescente del
techo parpadeó emitiendo una vibración. Yago Sánchez presidía la mesa de
reuniones. Su lugarteniente se sentaba a su derecha. Nueve Cuauhtémoc
completaban el cuadro.
Negan entró. Carson lo seguía. Yago Sánchez lo vio. Negan siguió su
mirada hacia la mesa del rincón. Once herramientas reposaban sobre la madera
desgastada.
Norman Negan lo encañonó.
—Chinga a tu madre.
—Que se joda la tuya.
Apretó el gatillo.
Los sesos de Sánchez se desparramaron por su segundo. El cuerpo cayó
inerte sobre la mesa.
«Esto es por Jack, mamonazo.»
Michael avanzó y golpeó la cara del lugarteniente de Sánchez con la
Jericho.
—¡Que nadie se mueva! —gritó.
Hizo un gesto a Negan. Los Cuauhtémoc permanecieron inmóviles. Una
mosca se posó en la sesera de Sánchez. Negan envolvió los hierros en una
bandera del club. Miró a Carson. Michael cabeceó hacia la puerta. Negan salió
zumbando con las armas al hombro.
—Caballeros… —dijo Michael mirando las cartas del más próximo—. Buena
mano, amigo.
Negan aplastó una de las cucarachas en la huida. Michael atrancó las
puertas con los moteros dentro. Cruzó el pasillo tras Negan. Subieron las
escaleras de dos en dos. El novato yacía sobre un charco de sangre oscura.
Al entrar en el local, la camarera reparó en ellos. Buscaba algo tras
la barra. Negan se acercó y le metió una bala en el hombro. La mujer cayó al
suelo entre alaridos. Tito & Tarántula seguían haciendo lo suyo. Negan
barrió la barra con el cañón dispuesto a saltar. Michael miró hacia la puerta.
El cristal estalló con un ruido interminable.
Norman Negan se lanzó al suelo y devolvió los disparos a ciegas.
Michael se agazapó tras la mesa de billar; una bala le rozó la mejilla. Soltó
un grito, volcó la mesa y efectuó dos disparos antes de recargar la Jericho.
—¿Cuántos son? —preguntó a gritos.
Norman Negan negó con la cabeza.
Una ráfaga corta sacudió el Pachaparo. Negan se arrastró cubriéndose
con el brazo. El estante de las botellas se hizo añicos sobre la camarera.
Michael Carson efectuó tres disparos más, combinándolos con los de Negan.
El humo del tiroteo mordía la garganta. El calor fronterizo
penalizaba. Michael volvió a disparar. En un primer momento, no acusó el dolor.
Una flor escarlata le empapó la camisa. Bajó la mirada a su pecho. Parpadeó. Buscó
a Negan entre la neblina. El segundo disparo le arrancó media mandíbula. La
Jericho golpeó el suelo y rebotó. Carson quedó apoyado, sin vida, junto al
billar.
La mujer salió de detrás de la barra con el revólver en ristre. Se
balanceaba como un hermano del Bronx puesto de crack. Negan parpadeó al verla. Ella
levantó el arma y él disparó.
El fuego en el exterior cesó. El rugido de las Harley-Davidson
destrozó la quietud. Negan se levantó de un salto. Carson seguía donde había
caído, apoyado contra el billar.
Apretó la mandíbula y huyó.
Las sirenas de la policía devoraron la noche.