Viejas Glorias: El Alemán

 


John abandonó la galería por la puerta de atrás.

Se cambió el sobre de mano liberando la derecha. No fue directo al Bronco. Merodeó vigilante y se detuvo a cierta distancia. El aire de Portland abofeteaba más de lo habitual, irritante.

Un sedán azul bloqueaba una boca de incendios. Sus ocupantes vestían traje con corbata y el pelo cortado a cepillo. John los ojeó. Un coche patrulla se detuvo en el semáforo; el agente señaló la boca de incendios y los tipos asintieron sin ceremonia. John observó que no enseñaron la placa. No trabajaban para el Gobierno. Mucho menos para Diamond.

John subió al Bronco. Arrojó el sobre y ajustó el espejo. Arrancó y giró a mano derecha. La Sig-Sauer se le clavaba en la sobaquera. John mantuvo la vista al frente, arrojando miradas furtivas por el espejo en busca del sedán. Disminuyó para no perderlo. El sobre, con el cuerpo de Frankie Bye Bye, siseaba con cada curva en el asiento de al lado. Puso el intermitente y barrió el retrovisor una vez más; el sedán se mantenía a distancia, a dos coches por detrás, maniobrando entre el tráfico sin salirse del manual.

Tomó NW Couch St, un laberinto de almacenes donde los callejones se mordían unos a otros. El Bronco lamía las paredes de ladrillo gastado. Virlan aceleró y clavó los frenos al final del ramal sin salida. El sedán irrumpió en el retrovisor. John engranó la marcha atrás y hundió el pedal. El Bronco rugió, embistiendo el frontal del sedán; un golpe seco. Los cristales estallaron y el olor del líquido del radiador llenó el callejón.

Virlan salió. Se acercó. El suelo crujió y lanzó destellos bajo sus botas. El conductor yacía inerte. El otro buscó con un ojo sanguinolento al objetivo; ya no vio a un anciano. John levantó la Sig-Sauer y disparó dos veces. Hizo lo propio con el conductor. Inclinó la cabeza.

El zumbido de la batería del utilitario llenaba el silencio. Antes de girarse, John le apartó el cuello de la camisa al tipo con el cañón. Bajo el corazón asomó un guantelete tatuado; un borrón que pretendía ser inmortal; John escupió al suelo. Regresó a su coche, recuperó el sobre del asiento y echó a andar.

Caminó despacio, con las manos en los bolsillos, como un anciano más. El viento sacudía el tendido eléctrico. Se subió el cuello de la chaqueta y hundió el mentón, asegurándose de que el sobre seguía firme en su bolsillo interior. Un coche patrulla giró a lo lejos, mudo. La calle desierta dejaba una capa sucia sobre el asfalto. El humo de las chimeneas teñía la tarde moribunda. La Sig-Sauer rebotaba en su costado, marcando la cadencia. John apretó el paso.

Dejó atrás almacenes con las ventanas tapiadas, vestigios de un pasado industrial. Al lado, una pared de ladrillo rojo anunciaba el combate de Anthony Stephens contra Trinidad para el próximo 23 de octubre.

John entró en la cabina US West de enfrente. El suelo de metal crujió bajo el peso de sus botas. Descolgó. Se colocó el auricular y lo sostuvo con el hombro. Introdujo una moneda y marcó.

—Al habla V3. En diez minutos.

Colgó. Salió sin coger el cambio; el cristal vibró a su espalda al cerrarse las puertas de golpe.

Llegó con el tiempo cumplido; el reloj de la muñeca marcaba diez minutos exactos. John descolgó y volvió a marcar. Esperó. Respondieron al segundo tono.

—Frankie y otros muchachos han firmado su renuncia. Seis buenos operarios en total.

Cambió el peso de pie y barrió la calle con una mirada. Una furgoneta de reparto asomó por el cruce de la novena. John la siguió con atención. El conductor bajó y abrió el portón lateral de par en par.

—Un fulano de fuera ha solicitado uno de los puestos. Un tal A. Diamond.

Al otro lado, la persiana del almacén rompió la noche. Una segunda furgoneta se detuvo en la rampa de carga y un tipo de color se bajó. El conductor de la primera se le unió; simuló arrinconarlo lanzando un par de jabs para terminar con un uppercut al mentón: su risa llegó hasta John.

—Si deseas conservar tu puesto, reúnete conmigo donde siempre. Mañana a las nueve en punto. Cuídate.

Colgó sin despedirse. Aguardó un instante, expectante. Vio a Rocky Balboa acercar la llama al cigarrillo de su compañero; el negro dio una calada y arrojó el humo a la noche. Ambos echaron a andar y sus voces se perdieron a lo lejos.

John Virlan cruzó la calle a grandes zancadas; con las manos en los bolsillos y los hombros tensos. Public Enemy impartía cátedra en la Sprinter del moreno. Una cartera de piel reposaba sobre el salpicadero junto a una lata de Coca-Cola; John las dejó en el capó de la primera furgoneta. Cuando giró la llave y metió primera, la Sprinter se fundió con el tráfico hasta ser solo una mancha blanca más en la ciudad.

John despertó a las seis de la mañana en el piso franco. No se incorporó de inmediato; se frotó los ojos y escuchó en la oscuridad. ​Una guarida no es un hogar. Para John eso estaba claro, por mucha seguridad que le proporcionara. Se incorporó y apoyó los pies en el suelo, amasando la baldosa fría con los dedos. El sobre descansaba en la mesita de noche, junto al Eutirox.

​Lo cogió.

​Encendió el flexo y extrajo las fotos. Fue directo a Frankie Bye Bye. En la galería, bajo el escrutinio de Odín, enterró el detalle: Frankie presentaba un orificio de bala en la base de la clavícula. El sello de la Extasi. John se golpeó el labio con un dedo y cerró los ojos; retuvo la imagen y la dejó marchar.

​Joe Miller apareció colgado en su casa de la playa: curiosa manera de celebrar la jubilación. John acercó la instantánea al flexo. Miller era un profesional, no un guerrero como Frankie. Para retirar a Joe bastaba con un empujón.

​Clavó el dedo sobre el papel.

​—Retirar o anular —susurró.

​Frankie ofreció resistencia. Soltó la foto de Joe y recuperó la de Bye Bye. Solo un exmiembro de la Extasi dejaría esa marca.

​El Alemán.

Asintió.

Al menos ese infeliz era real, no un fantasma como Diamond.

El teléfono de la pared devolvió un tono largo al descolgar.

John marcó de memoria.

—Bernie, soy yo. Revisa el correo. —John ojeó la foto—. Confírmame el lugar. Si no regreso, no mires atrás.

Colgó antes de escuchar la respuesta.

Preparó café.

El salitre asomaba por las juntas de las baldosas. Aclaró una taza y desmontó la Sig-Sauer. Alineó las piezas en la encimera sobre un trapo. John bebió y cerró los ojos. Las primeras luces se filtraban por la persiana. El viento silbaba, sacudiendo las cuerdas de los tendederos.

Dejó la taza a medio terminar. Montó el arma. El golpe del carril al encajar rebotó en la campana extractora.

Al salir del portal, el viento le abofeteó la cara. John se subió el cuello de la chaqueta, sin detenerse. El vidrio de los escaparates le devolvió un borrón oscuro; sus ojos ignoraban a los últimos juerguistas. Antes de llegar a la esquina, deslizó el sobre por la ranura del buzón.

La furgoneta de reparto era una más.

Atravesó la ciudad.

John entró en el garaje y esperó. Unos focos iluminaron el retrovisor. El vehículo lo rodeó hasta quedar ventanilla con ventanilla.

John se llevó dos dedos a la frente.

Saludó.

V4 asintió.

—¿Es cierto?

John no contestó. Apartó la mirada; el viento arrastró un corro de hojas.

—¿Diamond está vivo? —insistió.

—Ha regresado de entre los muertos.

V4 apretó los labios.

—¿Está en la partida?

John negó.

—¿Qué sabes de Matasanos?

V4 siguió con la mirada un sedán.

—Cachorros de dientes afilados.

La luz de freno desapareció al final de la rampa.

—¿Quién los dirige?

—El Alemán.

John asintió; no se equivocaba.

—Tengo a Bernie rastreando el lugar; Frankie estaba lejos de casa.

—Un paseo antes de borrarlo.

—Billete sin regreso —escupió.

Guardaron silencio.

—Cuídate, John.

Asintió.

V4 arrojó una bolsa marrón por la ventanilla. Cayó sobre sus piernas.

—Come algo. Vas a desaparecer.

John la apartó y arrancó.

Abandonó la Sprinter a dos manzanas del piso franco.

Se detuvo al final de la escalera; tomó aire mientras buscaba la llave.

Descolgó el teléfono de la pared.

Marcó. La voz de Odín contestó al otro lado.

—¿Tienes un nombre?

—El Alemán.

John colgó.

Desplegó el paño en la mesa y desmontó la Sig-Sauer.

Trilogía de los Macht

 

Información del autor


Nacionalidad: IrlandesaBiografía
Paul Kearney (Ballymena, Irlanda del Norte, 1967) es un escritor irlandés. Estudió anglosajón, inglés medio, y noruego antiguo en la Universidad de Oxford antes de pasar varios años, tanto en EE. UU., como en Dinamarca, antes de regresar a Irlanda del Norte.
Se hizo un nombre con las novelas independientes The Way to Babylon (1992), A Different Kingdom (1993) y Riding the Unicorn (1994). Todas estas novelas tenían algunos puntos en común, pero sobre todo el uso de un héroe de nuestro mundo.
A pesar de las fuertes críticas, estos libros tuvieron ventas decepcionantes en el comercio, y se le pidió considerar una fantasía épica más tradicional. El resultado fue las Monarquías de Dios, que le trajo el éxito, y lo amplió a cinco volúmenes.
Después de terminar la serie, se embarcó en una nueva serie, The Sea Beggars, que comenzó con The Mark of Ran (2004) y cuenta la historia de Rol Cortishane. Un segundo volumen, This Forsaken Earth (título original The Stars We Sail By) fue publicado en julio de 2006. El tercero casi lo tenía terminado cuando fue cancelado inesperadamente por la editorial en mayo de 2007. Sin embargo, fue rápidamente fichado por otra editorial, que lo contrató para escribir una épica de fantasía, titulada Los Diez Mil, basada en la Anábasis de Jenofonte. Este libro fue publicado en agosto de 2008.
Actualmente vive y escribe en el condado de Down.



















Billy Summers

Autor: Stephen King
Edición: Debolsillo
Páginas: 648
Año de publicación: 2021


Billy Summers es un asesino a sueldo y el mejor en lo suyo, pero tiene una norma: solo acepta un encargo si su objetivo es realmente mala persona. Ahora Billy quiere dejarlo, pero todavía le queda un último golpe.
Y siendo uno de los mejores francotiradores del mundo, un veterano condecorado de la guerra de Irak, un auténtico Houdini cuando toca desaparecer después de finiquitar un trabajo, ¿qué podría salirle mal?
Todo.

Viejas Glorias: John Virlan


 

John Virlan colgó. Cerró los ojos un instante.

     Lo habían encontrado. No sabía cómo, pero lo habían hecho.

Se levantó del sillón de lectura y salió al porche. El día era soleado. Pronto habría que ajustarse el cuello del chaquetón; no quedaría ni una hoja en los sauces. Las horas de luz se reducirían, dando paso al abrigo de la chimenea. Solo que, para un anciano como él, eso se había acabado.

Salió al jardín, inhalando con calma y exhalando de igual manera. No era de los que se dejaban llevar por la ira; nunca lo había sido. Jamás dejaba traslucir sus emociones; por eso había vivido tanto tiempo en un negocio como el suyo, rodeado de hombres que aparentaban más peligro que él. Profesionales que, cuando aceptaban un contrato, no se detenían hasta ejecutarlo.

John cruzó el cobertizo de dos zancadas.

Sus movimientos, felinos y precisos, desmentían su edad. Había esperado no tener que volver a matar; no por dinero. Se equivocaba.

Apartó con cuidado el banco de trabajo junto a la pared, evitando que las herramientas golpearan el suelo entarimado. Se arrodilló, arrancó el zócalo e introdujo la mano por el hueco; pronto sus dedos acariciaron la culata del arma, encajada entre el hormigón y la madera.

Su Sig Sauer 380 seguía donde la había dejado. John soltó un suspiro; el tacto y el peso del arma se ajustaron a la perfección en su mano. Extrajo los útiles de limpieza del cajón y la desmontó. Estaba bien conservada. Aceitó cada una de las piezas antes de volver a armarla; evitó mirar su propio reflejo en el acero. «De nuevo el monstruo», pensó Virlan.

John cerró la puerta del coche y apagó el estéreo; no quería distracciones. Ajustó el espejo y se abrochó el cinturón mientras repasaba la llamada. Lo había visto venir. La incompetencia de la Compañía había roto el equilibrio; ya no podía hacer nada. Ahora todos estaban en peligro.

Tenía diecisiete años cuando fue reclutado. Entonces Odín Zeta le había sonreído y él le había devuelto la sonrisa, intuyendo que algún día tendría que matarlo.

El director de la Compañía hacía años que le seguía la pista. Concretamente, desde que saboteó los frenos del coche de su padrastro y el infeliz se despeñó por un acantilado. Aquello lo puso inevitablemente en el radar de Odín.

De esto habían llovido ya cuarenta y tres años.

John apagó el motor del Ford Bronco y sopesó si dejar la Sig en la guantera, cosa que descartó de inmediato.

Los suelos de mármol de la galería de arte Chords Verses de Portland lo transportaron a otra época. El despacho de Odín Zeta se encontraba en la cuarta planta; John se preparó para intimar con el guardaespaldas de Zeta.

El tipo lo interceptó al final de la escalera. John abrió los brazos y aguardó, observando al joven tensar los músculos del rostro. Al levantar las manos, la culata de la Sig Sauer quedó a la vista en la sobaquera. El tipo acortó la distancia echando mano a la suya. John lo evaluó un instante y se relajó.

—Tiene que entregarme su arma, señor.

—Eso no pasará, hijo —respondió Virlan con calma, bajando lentamente las manos.

—¡Entrégueme su arma ahora, señor!

John negó con la cabeza.

—¡He dicho que…!

John le bloqueó la muñeca antes de que pudiera desenfundar, estampándolo contra el muro con un giro veloz. El tipo cabeceó, tratando de zafarse. Virlan aumentó la presión. El joven alzó la mano libre en señal de rendición. Desde el fondo del pasillo, Odín le ordenó que se retirara con un gesto airado de cabeza.

John lo soltó, se recolocó la manga de la chaqueta y avanzó hacia el viejo.

Odín Zeta vestía su traje gris de corte impecable. Llevaba el cabello cano echado hacia atrás; de cerca, parecía un anciano envuelto en ropas caras. Su rostro revelaba el peso de ser quien era. Aun así, mantenía la ferocidad en el azul acuoso de sus ojos.

—Te estaba esperando, John.

Su voz conservaba el tono de autoridad que John recordaba, aunque algo había quedado por el camino.

Estrechó la mano del viejo con firmeza; ambos se estudiaron antes de soltarse. Zeta se secó la mano con un pañuelo y enfiló el despacho. John no lo siguió de inmediato. Los pasillos eran un hervidero de tipos con pinganillos comunicándose entre sí. Fulanos de espalda amplia que ocultaban músculos de acero bajo el traje oficial; nada que ver con su oficio.

—Adelante —invitó a entrar Odín con un gesto de la mano.

El despacho, un rectángulo mal iluminado ajeno a la pompa de la galería, alojaba una mesa de roble algo desproporcionada y un sillón rivalizando en tamaño. John no vio ventana alguna ni más sillas. Un retrato de Gerónimo de 1886, tomado tras su última captura, flanqueaba al de Billy el Niño. «La compañía ideal», pensó John, estudiando la ferocidad de los rostros.

—Y aquí estamos.

John no respondió.

Odín rodeó el escritorio, acarició la superficie con la punta de los dedos y tomó asiento en el sillón. Después entrelazó las manos sobre la barriga y sonrió, pero John no tenía tiempo para eso; alargó la mano y exigió las instantáneas.

Odín Zeta sacó del cajón un sobre marrón y lo deslizó sin ceremonia. Apenas pesaba, pero lo que escondía dolería. Contenía seis fotografías hechas con una Polaroid y un informe que apestaba a morgue y a favores. Virlan alineó las fotos de los cadáveres en el escritorio, como si fueran una mano de póker perdedora. Sólo lamentaba lo de Frankie Bye Bye; el resto carecía de importancia. Aun así, John no apartó la vista; deslizó el pulgar por el borde de una de las fotos, buscando cualquier detalle que el forense pasara por alto. Algo que le otorgara ventaja. Odín lo observaba desde su trono de piel, estudiando sus movimientos.

—Lamento lo de Frankie —dijo Odín; su voz era un hilo de seda viejo que decía lo contrario.

—¿Quién te dio el soplo? —preguntó John.

—Tengo contactos. Alguien llamó y me informó.

—¿Y esos contactos te dieron mi número telefónico?

—No —respondió Odín sonriendo—. Eso lo conseguí por mis medios. No ha sido fácil encontrarte, ¿sabes? Eso juega a tu favor. Porque nos están cazando, John.

Seis miembros de la Compañía borrados como si nada.

Y ahí estaba él, frente a aquel hijo de puta que nunca había movido un dedo por nada. Odín apretó la mandíbula. Los ojos, acuosos y hundidos, bizquearon. Se los secó con un pañuelo.

—Los tipos que han hecho esto —dijo John, abarcando con un gesto seco las fotos esparcidas sobre la mesa— no se diferencian de nosotros. Pero eso ya lo sabes, ¿verdad, Womack?

Odín arrugó la nariz, como si oír su nombre de pila apestase más que los seis muertos que tenía sobre el escritorio.

Tras la Guerra Fría muchos agentes quedaron sin bandera ni propósito. Durante un tiempo la Compañía los toleró; no eran nada. Pero crecieron. Y volaron el tablero.

—Sé lo que estás pensando, John. —Odín clavó los codos en la mesa—. Y no es momento de buscar culpables. De nada serviría malgastar energía mientras nos están cazando, joder.

Se levantó de golpe, tropezando con su propia silla.

La mano de John quedó a medio camino.

—No me toques. —Odín le lanzó la misma mirada que John veía en el retrato de Gerónimo—. Voy a acabar con ese hijo de puta con ínfulas, ¿me oyes? Voy a eliminar a todos sus chicos. Voy a llenarlos de plomo.

Desvió la vista.

Se detuvo. Respiró hondo.

—Nos han mordido, John. —Suspiró.

—¿Cómo quieres proceder?

—Como siempre: matando al pastor y espantando a las ovejas.

—Esas ovejas han mordido al lobo.

—Pues devolvámosles el bocado, joder.

John Virlan asintió despacio.

—Hay algo más —dijo Odín.

—¿Está relacionado?

Negó con un gesto.

Sacó una revista del escritorio y la dejó caer sobre la mesa.

—Página veintiocho —señaló.

John la abrió. Encontró el anuncio rodeado en rojo.

 

                      Vendo caña de bambú del 69.

                      Preguntar por el señor Zeta.

 

 

John levantó la vista. El viejo sonrió.

—Diamond está muerto.

John la hizo a un lado.

—Te equivocas.

Odín dejó un libro abierto. Señaló una serie de números garabateados a lápiz en el margen inferior: 142-8-3 / 19-12-1 / 44-

5-9.

—Utiliza la versión del 54 de La isla del tesoro.

John no lo tocó.

—Han pasado treinta años.

Cambió el peso de su cuerpo.

—Así es.

—Me obligaste a aceptar ese contrato y…

—¿Viste a Diamond caer por el muelle, John?

No contestó.

El viejo golpeó el libro con el dedo.

—Sin cuerpo, John. Ambos sabemos lo que significa.

John agarró el libro. Trazó una línea con el dedo. Sus labios se movieron en silencio.

«Hola, mi traicionero socio. Hora de ajustar cuentas.»


La Sabiduría de las Multitudes

Autor: Joe Abercrombie
Edición: Alianza Editorial
Páginas: 744
Año de publicación: 2021

El Gran Cambio ha llegado…

Algunos dicen que, para cambiar el mundo, primero hay que quemarlo. Esta idea se va a poner a prueba en el crisol de la revolución: los rompedores y los quemadores se hacen con el poder y el humo de los disturbios ha sustituido al de las fábricas. Todo ha de someterse a la sabiduría de las multitudes.

El ciudadano Brock ha decidido convertirse en un héroe de la nueva era y la ciudadana Savine tiene que reconducir su talento de la búsqueda del beneficio a la mera supervivencia. Orso va a descubrir que, cuando el mundo está bocabajo, nadie está en peor posición que un rey. Y en el sangriento Norte, Rikke y su frágil Protectorado se están quedando sin aliados… mientras Calder el Negro llama a sus fuerzas y trama venganza.

El sol de la Unión ha caído al barro y en la sombra, tras las bambalinas, los hilos del despiadado plan del Tejedor se van trenzando poco a poco…

El Problema de la Paz

Autor: Joe Abercrombie
Edición: Alianza Editorial
Páginas: 768
Año de publicación: 2020

Conspiración. Traición. Rebelión. La paz es solo otro tipo de campo de batalla…

A pesar de los reveses sufridos, no hay nada que se interponga en el camino de Savine dan Glokta, en el pasado la inversora más poderosa de Adua, cuando ha puesto su ambición en un objetivo.

Para héroes como Leo dan Brock y Stour Ocaso la paz no es más que un inconveniente que debe remediarse cuanto antes. Pero primero hay que alimentar agravios y reunir aliados. Entre tanto, Rikke tiene que dominar el ojo largo… antes de que su poder acabe con ella.

En todos los sectores de la sociedad anida el descontento. Los Rompedores aún acechan en la clandestinidad, tramando planes para llevar a cabo el Gran Cambio que por fin libere al pueblo, mientras los nobles descontentos tratan de aumentar su influencia y sus prebendas.

Orso intenta hallar un camino seguro en el laberinto de cuchillos que es la política, pero sus deudas y sus enemigos no dejan de aumentar.

Ninguna alianza, ninguna amistad, ninguna paz, dura para siempre.

 

Viejas Glorias: Gringos



Acababa de salir.

Habían llovido cuatro años sin pisar el Gringos. Buscó a Jack con la mirada, pero su hermano ya no estaba. El local se hundía en una penumbra habitada por un par de camioneros abonados al silencio. Junto a la caja, un calendario de páginas amarillentas seguía detenido en un diciembre de cuatro años atrás.

Alba era quien gobernaba la barra: servía café a un viejo que la devoraba con la mirada, con edad suficiente para ser su padre.

Norman Negan se acercó y ella fue a atenderlo; al reconocerlo, dejó la jarra despacio y contrajo el rostro en una mueca.

—¿Qué haces aquí?

El viejo levantó su taza y pidió azúcar; Alba lo silenció con un dedo sin mirar.

Negan abrió las manos en gesto de disculpa.

—Hola… —alcanzó a decir.

Ella giró como si sus palabras fuesen la mayor de las ofensas; sus ojos, dos esferas azules rugiendo tempestades, lo traspasaron a través del espejo.

Había sido un error ir al Gringos.

Norman aguardó, en silencio.

Quiso decir algo que aliviase su pesar.

Todo lo que un día fueron se había esfumado con Jack.

Se dio la vuelta.

—¡Negan! —gritó ella desde el espejo.

La voz lo detuvo, pero tampoco se giró.

—Si hubieras muerto en la cárcel, Jack estaría aquí conmigo.

Negan cerró los ojos y asintió; no le faltaba razón.

—Lo siento… —susurró con un hilo de voz que no reconoció.

Alba gritó y una jarra se hizo añicos junto a las botas de Negan: cientos de pequeños diamantes rodaron por el suelo, como si un atracador torpe tropezara en pleno trabajo.

No fue una buena idea.

Abandonó el Gringos rumbo al rancho.

El camino de entrada estaba en mal estado y aminoró la marcha; no quería que un pedrusco reventara el radiador de la Chevrolet Cheyenne de su padre.

Al abrir la casa, un olor denso lo golpeó. Norman se tapó la boca con el reverso de la mano y dejó la puerta abierta. La madera crujió bajo su bota de punta. Jamás había escuchado tanto silencio en la casa; ni un motor a lo lejos, ni el zumbido del generador. Nada. Como si el tiempo se hubiera detenido el día del funeral.

En la biblioteca de su padre, la cual consideraba territorio del viejo y de Jack, echó en falta obras de autores como Julio Verne y varios ejemplares en rústica de Arthur Conan Doyle. Eligió un libro al azar del montón apilado en la mesa de trabajo y lo ojeó. Nunca lo había hecho antes del trullo; su padre y su hermano tendrían algo que decir al respecto. Se acomodó en el sillón.

Se quedó dormido.

Cerró el libro y abandonó al viejo oficial Claude LaPointe en las peligrosas calles del Main. Faltaban cinco minutos para la media noche. Se encendió un pitillo. Dio una calada y conectó el teléfono a la toma; la luz del contestador parpadeó como una amenaza. Holmes McAllister, el agente de la condicional, había llamado. Marcó y esperó con el auricular pegado al oído hasta que se cortó; lamentó su torpeza dándose golpecitos con el aparato.

Aún no sabía de qué pie cojeaba McAllister. Había oído a los presos decir que era recto y sin sentido de humor; aquel descuido podía traerle problemas. Aplastó la colilla en el cenicero y se pasó la mano por el cabello. Volvió a dormirse maldiciendo su error.

Se levantó temprano.

En Tucson harían el primer recuento del día; no lo extrañó nada. Se afeitó y se dio una ducha. Preparó café del de verdad y lo sirvió en una taza con su plato. Lo saboreó tomando conciencia de su libertad; nunca tan poco significó tanto.

Abrió las ventanas decidido a purificar el aire y recorrió las habitaciones haciendo tiempo; la mayoría de las cosas seguían donde siempre, pero no todas. Alguien había cubierto los muebles con sábanas y guardado la vajilla en cajas de cartón. Echó en falta el viejo rifle Savage 99 de Jack colgado sobre la chimenea, su silla de montar Weatherly Ranch con las iniciales en los estribos, y el puma que decoraba el recibidor, donde Jack colgaba las llaves al regresar con algunos tragos de más.

El Main de Trevanian, la novela sobre los bajos fondos de Montreal, yacía sobre la mesita de noche. Norman la cogió y soltó un suspiro al recordar su cita con McAllister. Se vistió despacio: vaqueros desgastados, camisa de trabajo y botas de punta larga. Cogió las llaves y salió al sol de Arizona.

Condujo la vieja Cheyenne hasta la oficina sintiendo el motor vibrar bajo los pies; la sensación rivalizó con la del café.

Holmes McAllister era un tipo gordo al que empezaba a escasearle el pelo. Vestía un traje Mirto azul planchado de forma impecable. Tenía unos cincuenta años y en su escritorio, además de un monitor de tubo y un teléfono inalámbrico, había un marco con una fotografía de su familia: la mujer, con la mano apoyada en el pecho de McAllister, parecía más joven y no carecía de belleza. El chico, enfundado en una chaqueta del equipo de futbol del instituto, desafiaba a la cámara con la mirada.

Al fondo de la sala, alguien aporreaba las teclas de una máquina de escribir como si de un mono enfurecido se tratase. Negan tuvo que elevar la voz para hacerse oír.

—¡Buenos días, señor McAllister, soy Norman Negan!

—Llegas tarde —respondió él sin apartar los ojos del monitor.

Las teclas de la máquina se detuvieron y el despacho judicial quedó en un incómodo silencio.

—Esto…

—Ni te molestes. —Holmes levantó la vista y le clavó la mirada. Sus ojos se detuvieron un segundo de más en las botas de punta—. Ayer te llamé al número que facilitaste sin respuesta por tu parte. Te voy a explicar cómo funcionan las cosas, hijo: si yo silbo, tú saltas y vienes cagando leches. ¿Me explico? Si me has entendido, di sí y no se te ocurra mover la cabeza.

Norman no parpadeó; se limitó a estrujarse las manos.

Le ardía la cara y su parpado se sacudió con un temblor. Las teclas volvieron a tronar, con más entusiasmo si cabe. Negan tragó saliva, contó hasta tres y mostró su lado bueno.

—Sí, señor —dijo.

—Respuesta correcta —sentenció McAllister—. Te someterás a test de drogas semanales, empezando ya. ¿Trabajo?

—Salí ayer de Tucson —respondió Norman, encogiéndose de hombros.

McAllister ojeó el expediente con el ceño fruncido y dijo:

—Pues si no quieres regresar, más vale que encuentres un trabajo decente, hijo.

«Trabajo decente, hijo», masticó Negan, añadiendo un mamón al final. Corrigió la postura con las manos atrás; también rezó a todo lo que caminara por el agua para que todo saliera bien.

McAllister arrojó el informe a un lado, descolgó el teléfono y marcó la extensión cinco. Esperó.

—Luisa, soy Holmes McAllister. —Negan cambió el peso de su cuerpo a la espera—. Puedes decirle al oficial Moss que acudiré a almorzar mañana. Perfecto, encanto, eres un cielo.

—Disculpe, señor.

McAllister levantó la vista y reparó en Normal.

—¿Puedo irme ya?

Holmes descolgó, marcó y esperó.

—Avisa a Rom que le envió al señor Negan.

Al salir, Norman lo escuchó decir:

—Puto paleto.

Era ya media tarde cuando Michael Carson lo recogió.

Habían compartido celda y fatigas en Tucson; un peso pesado con el que realizó entregas cuando era un pipiolo en el negocio.

—¿Todo bien, Negan?

Asintió con la cabeza. «Que se joda McAllister.»

Michael se encendió un cigarro y Negan subió al coche; recorrió el salpicadero con la mirada y silbó. Tenían mucho de lo que hablar, lo cual resultó extraño porque ambos eran hombres de pocas palabras. Michael tomó la Interestatal 10 rumbo a Nevada. Salir del estado con la condicional significaba una violación de la misma; Negan no pudo evitar imaginar al mamón de McAllister echándole las garras encima.

—Mira en la guantera.

—¿Qué?

—Que mires en la jodida guantera —repitió Carson con el pitillo entre los dientes.

Negan la abrió y la cerró rápido.

Se apoltronó en el asiento sintiendo el frío del cuero. Cerró los ojos y retuvo la imagen en la mente: una Smith & Wesson debajo de una revista guarra por suscripción. Con munición del calibre cuarenta para diez trabajos como aquel.

—Así que lo has encontrado.

—Así es —dijo Carson.

—¿En Nevada?

—En la jodida Nevada —respondió apartando la vista de la Interestatal—. En un rancho a las afueras de Boulder City, cerca de Las Vegas. El cabrón distribuye esa mierda de jaco marrón mexicano. Dirige un antro de moteros mexicanos.

«Cuatro años esperando.»

—¿Quién es su distribuidor?

Michael dio una calada al pitillo y soltó el humo por la nariz; su rostro se endureció.

—Verás… las cosas han cambiado desde que te fuiste.

—¿Cuánto han cambiado?

—Pues… —vaciló—, el ascenso de Yago Sánchez ha sido meteórico. Eliminarlo traerá consecuencias. Tuve que reunirme con Nueva York. Gigante en persona dio el visto bueno. —Negan lo vio juntar los dedos de una mano y sacudirlos en el aire—. Un favor personal.

«El loco del albornoz.»

—Así que trabaja para el cártel —dijo Norman.

—Para los hermanos de Tijuana.

Arrojó el pitillo por la ventanilla mientras lo decía.

Los Arellano Félix. La familia más sanguinaria de México.

—Si lo hacemos, estamos solos —sentenció Carson.

Decirlo estaba de más. Vincent Gigante no movería un dedo por ellos.

Llegaron al motel Sands y pidieron una habitación doble: un cuchitril como cualquier otro en el que desprenderse del polvo del camino. Norman Negan se desperezó, sacudiéndose el viaje de encima. Entonces reparó en el Mustang estacionado frente al motel. Sus ocupantes eran mexicanos y solo tenían ojos para Carson.

Lo normal. Michael Carson conducía un GMC Suburban 2500 SLT negro y vestía un traje milrayas gris marengo de mil quinientos dólares; su mejor sonrisa, la que usaba para meterse en las bragas de las nenas, completaba el conjunto.

—Respira, muchacho —lo tranquilizó palmeándolo—. Son solo cholos controlando su territorio.

«Con Carson nunca faltaba el comité de bienvenida.»

El Mustang arrancó y el acompañante formó una pistola con los dedos y simuló disparar a Carson. Michael fue a la parte de atrás del Suburban, sacó dos maletas y un portatrajes Zegna a juego; acto seguido, levantó la alfombrilla revelando su pequeño arsenal de armas acopladas en compartimentos.

—¡Joder!  —Norman lanzó un silbido.

—Pilla lo que necesites —ordenó viendo alejarse el Mustang.

Norman unió a la Smith & Wesson una Sig-Sauer de reserva y un Ka-Bar de supervivencia. En el fondo del compartimento descansaban un par de subfusiles MP5 y un Colt RO933 de cañón corto que, por razones obvias, no seleccionaron para el asalto al antro. Michael, por su parte, se armó con una pistola de fabricación israelí de una belleza soberbia, una Jericho 941 modificada, más una Glock de nueve milímetros con varios cargadores extendidos de 30 balas.

Ya instalados, revisaron armas y munición.

Dieron una vuelta más al plan mientras cenaban.

Michael Carson se duchó y se enfundó en un prohibitivo traje Tom Ford confeccionado en suave lana de color negro, del que Negan prefirió no preguntar el precio. Debajo vestía una camisa de seda negra con cuello inglés y botones de nácar; unos zapatos Dior del mismo color esperaban junto a la cama.

—¿Desde cuándo te has aficionado a ese tipo de trajes?

La pregunta estaba hecha sin ningún tipo de envidia malsana. Y la sonrisa de Michael reveló que así lo había entendido.

—Desde que gano dos de los grandes a la semana, colega.

Negan apretó los labios y asintió.

Dos de los putos grandes y estaba en mitad del desierto a punto de dar pasaporte a Yago Sánchez.

Volvió a comprobar la Smith & Wesson por última vez.

Estaba tranquilo y de pronto era un manojo de nervios.

Michael hizo lo propio; asegurándose de que la Glock saliese sin problema de la funda. Guardó el arma y le indicó la puerta con un movimiento de cabeza.

Antes de subir al Suburban, Michael echó un vistazo en busca del Mustang de los cholos, pero no lo vio. Negan se golpeaba la rodilla con la culata y Carson lo agarró del cuello y lo zarandeó para insuflarle valor.

—Tranquilo, muchacho.

—Significa mucho lo que estás haciendo.

Carson sonrió.

—Tu estuviste en Tucson.

Fue lo último que se dijeron.

Todo lo que tenían que decirse ya lo habían hecho.

La luz de neón del Pachaparo Club bañó sus rostros cuando Carson estacionó en la parte trasera. Un antro de mala muerte. Con su gorila en la puerta. Su fila de Harley-Davidson con los distintivos de los Cuauhtémoc; igual que en Hollywood, sólo que allí se perdía la vida de verdad.

—Hazlo limpio —le susurró Michael.

Negan no cerró la puerta del coche. Sacó el Ka-Bar. Se deslizó por las sombras, pegado a la pared. Sus pisadas enmudecieron bajo la música del Pachaparo. Rodeó el edificio y bordó al gorila por su lado ciego. Le tapó la boca con una mano. El tipo forcejeó. Negan hundió el acero entre sus costillas y dejó de moverse.

Lo sostuvo mientras Carson avanzaba en su dirección. Juntos lo arrastraron tras los cubos de basura y lo registraron. Se hicieron con una .38 y un walkie-talkie. Michael lo arrojó a la maleza.

—Vía libre —susurró.

Michael levantó el pulgar.

Entraron al garito. Negan iba delante. Tito & Tarántula sonaba en los altavoces. La camarera contaba billetes de espaldas a la barra. Rodearon el billar. Michael señaló. Negan encañonó la puerta de la derecha. Entraron agachados. Michael Carson empuñaba la Jericho. Enroscó el silenciador negro. Un novato de los Cuauhtémoc hacia guardia al final del pasillo. Michael le voló la cabeza.

Pasaron por encima de él. Bajaron las escaleras con la espalda pegada contra la pared. La bota de punta de Negan dejaba figuras carmesí a su paso. El humo del tabaco arañaba los ojos. Dos cucarachas salieron disparadas en sentido contrario. Michael arrugó los labios. El silencio era distinto al de arriba: insoportable.

Michael se detuvo al final del pasillo. Negan lo franqueó. Abrió la puerta con el cañón de la Smith & Wesson. Despacio. El fluorescente del techo parpadeó emitiendo una vibración. Yago Sánchez presidía la mesa de reuniones. Su lugarteniente se sentaba a su derecha. Nueve Cuauhtémoc completaban el cuadro.

Negan entró. Carson lo seguía. Yago Sánchez lo vio. Negan siguió su mirada hacia la mesa del rincón. Once herramientas reposaban sobre la madera desgastada.

Norman Negan lo encañonó.

—Chinga a tu madre.

—Que se joda la tuya.

Apretó el gatillo.

Los sesos de Sánchez se desparramaron por su segundo. El cuerpo cayó inerte sobre la mesa.

«Esto es por Jack, mamonazo.»

Michael avanzó y golpeó la cara del lugarteniente de Sánchez con la Jericho.

—¡Que nadie se mueva! —gritó.

Hizo un gesto a Negan. Los Cuauhtémoc permanecieron inmóviles. Una mosca se posó en la sesera de Sánchez. Negan envolvió los hierros en una bandera del club. Miró a Carson. Michael cabeceó hacia la puerta. Negan salió zumbando con las armas al hombro.

—Caballeros… —dijo Michael mirando las cartas del más próximo—. Buena mano, amigo.

Negan aplastó una de las cucarachas en la huida. Michael atrancó las puertas con los moteros dentro. Cruzó el pasillo tras Negan. Subieron las escaleras de dos en dos. El novato yacía sobre un charco de sangre oscura.

Al entrar en el local, la camarera reparó en ellos. Buscaba algo tras la barra. Negan se acercó y le metió una bala en el hombro. La mujer cayó al suelo entre alaridos. Tito & Tarántula seguían haciendo lo suyo. Negan barrió la barra con el cañón dispuesto a saltar. Michael miró hacia la puerta.

El cristal estalló con un ruido interminable.

Norman Negan se lanzó al suelo y devolvió los disparos a ciegas. Michael se agazapó tras la mesa de billar; una bala le rozó la mejilla. Soltó un grito, volcó la mesa y efectuó dos disparos antes de recargar la Jericho.

—¿Cuántos son? —preguntó a gritos.

Norman Negan negó con la cabeza.

Una ráfaga corta sacudió el Pachaparo. Negan se arrastró cubriéndose con el brazo. El estante de las botellas se hizo añicos sobre la camarera. Michael Carson efectuó tres disparos más, combinándolos con los de Negan.

El humo del tiroteo mordía la garganta. El calor fronterizo penalizaba. Michael volvió a disparar. En un primer momento, no acusó el dolor. Una flor escarlata le empapó la camisa. Bajó la mirada a su pecho. Parpadeó. Buscó a Negan entre la neblina. El segundo disparo le arrancó media mandíbula. La Jericho golpeó el suelo y rebotó. Carson quedó apoyado, sin vida, junto al billar.

La mujer salió de detrás de la barra con el revólver en ristre. Se balanceaba como un hermano del Bronx puesto de crack. Negan parpadeó al verla. Ella levantó el arma y él disparó.

El fuego en el exterior cesó. El rugido de las Harley-Davidson destrozó la quietud. Negan se levantó de un salto. Carson seguía donde había caído, apoyado contra el billar.

Apretó la mandíbula y huyó.

Las sirenas de la policía devoraron la noche.

   

 

LinkWithin

Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...