John Virlan colgó. Cerró los ojos un instante.
Lo habían encontrado. No sabía cómo, pero
lo habían hecho.
Se levantó del sillón de lectura y salió al porche. El día era soleado.
Pronto habría que ajustarse el cuello del chaquetón; no quedaría ni una hoja en
los sauces. Las horas de luz se reducirían, dando paso al abrigo de la chimenea.
Solo que, para un anciano como él, eso se había acabado.
Salió al jardín, inhalando con calma y exhalando de igual manera. No
era de los que se dejaban llevar por la ira; nunca lo había sido. Jamás dejaba
traslucir sus emociones; por eso había vivido tanto tiempo en un negocio como
el suyo, rodeado de hombres que aparentaban más peligro que él. Profesionales que,
cuando aceptaban un contrato, no se detenían hasta ejecutarlo.
John cruzó el cobertizo de dos zancadas.
Sus movimientos, felinos y precisos, desmentían su edad. Había
esperado no tener que volver a matar; no por dinero. Se equivocaba.
Apartó con cuidado el banco de trabajo junto a la pared, evitando que
las herramientas golpearan el suelo entarimado. Se arrodilló, arrancó el zócalo
e introdujo la mano por el hueco; pronto sus dedos acariciaron la culata del
arma, encajada entre el hormigón y la madera.
Su Sig Sauer 380 seguía donde la había dejado. John soltó un suspiro;
el tacto y el peso del arma se ajustaron a la perfección en su mano. Extrajo
los útiles de limpieza del cajón y la desmontó. Estaba bien conservada. Aceitó
cada una de las piezas antes de volver a armarla; evitó mirar su propio reflejo
en el acero. «De
nuevo el monstruo», pensó Virlan.
John cerró la puerta del coche y apagó el estéreo; no
quería distracciones. Ajustó el espejo y se abrochó el cinturón mientras
repasaba la llamada. Lo había visto venir. La incompetencia de la Compañía
había roto el equilibrio; ya no podía hacer nada. Ahora todos estaban en
peligro.
Tenía diecisiete años cuando fue reclutado. Entonces
Odín Zeta le había sonreído y él le había devuelto la sonrisa, intuyendo que
algún día tendría que matarlo.
El director de la Compañía hacía años que le seguía la pista.
Concretamente, desde que saboteó los frenos del coche de su padrastro y el
infeliz se despeñó por un acantilado. Aquello lo puso inevitablemente en el
radar de Odín.
De esto habían llovido ya cuarenta y tres años.
John apagó el motor del Ford Bronco y sopesó si dejar la Sig en la
guantera, cosa que descartó de inmediato.
Los suelos de mármol de la galería de arte Chords Verses de Portland
lo transportaron a otra época. El despacho de Odín Zeta se encontraba en la
cuarta planta; John se preparó para intimar con el guardaespaldas de Zeta.
El tipo lo interceptó al final de la escalera. John abrió los brazos
y aguardó, observando al joven tensar los músculos del rostro. Al levantar las
manos, la culata de la Sig Sauer quedó a la vista en la sobaquera. El tipo
acortó la distancia echando mano a la suya. John lo evaluó un instante y se
relajó.
—Tiene que entregarme su arma, señor.
—Eso no pasará, hijo —respondió Virlan con calma, bajando lentamente
las manos.
—¡Entrégueme su arma ahora, señor!
John negó con la cabeza.
—¡He dicho que…!
John le bloqueó la muñeca antes de que pudiera desenfundar,
estampándolo contra el muro con un giro veloz. El tipo cabeceó, tratando de
zafarse. Virlan aumentó la presión. El joven alzó la mano libre en señal de
rendición. Desde el fondo del pasillo, Odín le ordenó que se retirara con un
gesto airado de cabeza.
John lo soltó, se recolocó la manga de la chaqueta y avanzó hacia el
viejo.
Odín Zeta vestía su traje gris de corte impecable. Llevaba el cabello
cano echado hacia atrás; de cerca, parecía un anciano envuelto en ropas caras. Su
rostro revelaba el peso de ser quien era. Aun así, mantenía la ferocidad en el
azul acuoso de sus ojos.
—Te estaba esperando, John.
Su voz conservaba el tono de autoridad que John recordaba, aunque algo
había quedado por el camino.
Estrechó la mano del viejo con firmeza; ambos se estudiaron antes de
soltarse. Zeta se secó la mano con un pañuelo y enfiló el despacho. John no lo
siguió de inmediato. Los pasillos eran un hervidero de tipos con pinganillos comunicándose
entre sí. Fulanos de espalda amplia que ocultaban músculos de acero bajo el traje
oficial; nada que ver con su oficio.
—Adelante —invitó a entrar Odín con un gesto de la mano.
El despacho, un rectángulo mal iluminado ajeno a la pompa de la
galería, alojaba una mesa de roble algo desproporcionada y un sillón
rivalizando en tamaño. John no vio ventana alguna ni más sillas. Un retrato de
Gerónimo de 1886, tomado tras su última captura, flanqueaba al de Billy el Niño.
«La compañía ideal», pensó John, estudiando la ferocidad de los rostros.
—Y aquí estamos.
John no respondió.
Odín rodeó el escritorio, acarició la superficie con la punta de los dedos
y tomó asiento en el sillón. Después entrelazó las manos sobre la barriga y
sonrió, pero John no tenía tiempo para eso; alargó la mano y exigió las instantáneas.
Odín Zeta sacó del cajón un sobre marrón y lo deslizó sin ceremonia. Apenas
pesaba, pero lo que escondía dolería. Contenía seis fotografías hechas con una Polaroid
y un informe que apestaba a morgue y a favores. Virlan alineó las fotos de los
cadáveres en el escritorio, como si fueran una mano de póker perdedora. Sólo
lamentaba lo de Frankie Bye Bye; el resto carecía de importancia. Aun así, John
no apartó la vista; deslizó el pulgar por el borde de una de las fotos,
buscando cualquier detalle que el forense pasara por alto. Algo que le otorgara
ventaja. Odín lo observaba desde su trono de piel, estudiando sus movimientos.
—Lamento lo de Frankie —dijo Odín; su voz era un hilo de seda viejo
que decía lo contrario.
—¿Quién te dio el soplo? —preguntó John.
—Tengo contactos. Alguien llamó y me informó.
—¿Y esos contactos te dieron mi número telefónico?
—No —respondió Odín sonriendo—. Eso lo conseguí por mis medios. No ha
sido fácil encontrarte, ¿sabes? Eso juega a tu favor. Porque nos están cazando,
John.
Seis miembros de la Compañía habían sido borrados como si nada. Y ahí
estaba él, frente a aquel hijo de puta que nunca había hecho nada por nadie.
Con su rostro arrugado, sus acuosos ojos hundidos en cuencas excavadas en barro
viejo, incapaz de ocultar el miedo. Rezando para que otro viejo arreglara su
cagada.
—Los tipos que han hecho esto —dijo John, abarcando con un gesto seco
las fotos esparcidas sobre la mesa— no se diferencian de nosotros. Pero eso ya
lo sabes, ¿verdad, Womack?
Odín arrugó la nariz, como si oír su nombre de pila apestase más que
los seis muertos que tenía sobre el escritorio.
A diferencia del viejo, que seguía creyendo que el tablero no había
cambiado, John sí había hecho los deberes. Tras la Guerra Fría, muchos de
aquellos agentes quedaron sueltos, sin bandera ni propósito. Durante un tiempo
la Compañía los toleró; no eran nada. pero crecieron. Y volaron el tablero. Y
ella supo aprovecharlo.
—Sé lo que estás pensando, John. —Odín clavó los codos en la mesa; la
mueca de su rostro era de puro desprecio—. Pero no es momento de buscar
culpables, no señor —lo dijo como si intentara convencerse a sí mismo—. De nada
serviría malgastar energía mientras nos están cazando, joder.
Se levantó de golpe, tropezando con su propia silla. Tenía las venas
del cuello hinchadas, como cables a punto de estallar.
—Será mejor que te tranquilices —se apresuró a decir John.
—¿Qué me tranquilice? —Odín le lanzó la misma mirada que John veía en
el retrato de Gerónimo—. Voy a acabar con esa hija de puta con ínfulas, ¿me oyes?
Voy a eliminar a todos sus chicos. Voy a llenarlos de plomo.
Odín desvió la vista, tembloroso.
John temió que el viejo sufriera un infarto. Por un instante, lo vio
detenerse, respirar hondo, intentando serenarse.
—Hay algo más —dijo Odín.
«¿Era la razón de su pataleta?»
Odín extrajo algo del cajón del escritorio. El objeto golpeó la mesa con
un ruido sordo: una revista de caza y pesca con las esquinas dobladas. John la
miró, sin tocarla. Odín seguía usando el canal de comunicación pasivo, más
seguro que un busca.
—Página veintiocho —señaló.
John alargó la mano y abrió la revista. No le costó encontrar el
anuncio rodeado en rojo.
Vendo caña de bambú del
69.
Preguntar por el señor
Zeta.
John levantó la vista y vio su sonrisa.
Creyó por un instante que el viejo había perdido la cabeza; era la
única explicación lógica para aquel galimatías de anuncios por palabras.
—Diamond está muerto.
John hizo a un lado la revista.
—Te equivocas —lo corrigió el viejo.
En esta ocasión, Odín dejó un libro sobre la mesa, abierto por una
página desgastada. Con el dedo índice, señaló una serie de números garabateados
a lápiz en el margen inferior: 142-8-3 / 19-12-1 / 44-5-9.
—Utiliza la edición del 54 de La isla del tesoro —explicó con una
sonrisa gélida.
John no tocó el libro. Se quedó inmóvil, con la vista fija en los
números garabateados.
«Eres humano, después de todo», pensó Odín al ver su duda por primera
vez.
—Hace treinta años me obligaste a aceptar ese contrato; vi a Diamond caer
por el muelle, su cuerpo a merced de las olas chocaba contra las rocas.
—No, John —lo corrigió Odín—. Hace treinta años viste a un hombre
herido desaparecer en el mar. —El viejo golpeaba el libro con el dedo—. Lee su
respuesta.
John agarró la edición del 54. Su dedo trazó una línea y sus labios
se movieron mientras traducía el código
"Hola, mi traicionero socio. Te espero
donde el mar devuelve lo que no muere."









