La Loba Vagabunda

Garra anduvo solitaria por las tierras del conde Kalf.

Sus piernas estaban cansadas y su mente aturdida.

El chocar de los aceros, el estruendo de las botas de los soldados tomando el puente, el silbido de las flechas acabando con la vida de Ariel, era más de lo que podía soportar. Se sorprendió a si misma con el rostro surcado de lágrimas, sin reparar que no había dejado de llorar desde que se separara de Ariel allá en Trinovantes. No lo hacía desde niña, al menos no de esa manera, cuando una noche su tío, ebrio, la arrinconó en el granero. Después cualquier amago de llanto fue acallado por la hosquedad de su persona, la que la llevó a liderar un mundo de hombres.

La cabeza le daba vueltas.

No había comido en días y sabía que no podía permitirse el lujo de desfallecer, de brindar más ventaja a sus perseguidores. Secó sus lágrimas con irritación y respiró y exhaló tratando de expulsar los pensamientos negativos. Serenarse era esencial y sabía que ello marcaba la diferencia entre la vida y la muerte. Pronto las horas de sol tocarían a su fin y tendría que volver a enfrentarse a los rigores de la intemperie, a otra noche cruda durmiendo con un ojo abierto.

Garra se acurrucó contra un árbol, agotada y hambrienta, y se quedó dormida llorando.

Parpadeó y regresó al mundo de los vivos.

Unos ojos amarillos la miraban con curiosidad, tan cerca que podía oler el aliento de la bestia. Garra se mantuvo muy quieta, mientras el animal la olisqueaba cada vez con más insistencia, acercando tanto el hocico a su rostro que la guerrera dio un respingo hacia atrás cuando éste humedeció su piel. El lobo reculó asustado, pero no huyó. Se trataba de un macho joven y Garra calculó que no podía tener más de tres años, a pesar de sus poderosas patas y su porte majestuoso. Tenía el pelaje de un gris sucio y tenue, del color de las tormentas de verano pensó Garra, y los ojos más relucientes que había contemplado jamás. Intentó levantarse, arrastrando lentamente la espalda contra la corteza del tronco donde había pasado la noche, pero se detuvo en seco cuando las orejas del animal apuntaron al cielo. Alertada, Garra se preparó para un ataque aun sabiendo que poco podría hacer si la bestia se abalanzaba sobre ella: con suerte le arrancaría la nuez de una dentellada y no sufriría, aunque cabía la posibilidad de quedar malherida y padecer una muerte larga y dolorosa.

Inmersa como se hallaba en sus pensamientos, hipnotizada y sin poder apartar la mirada de aquellos colmillos de un blanco tan hermoso como amenazante, Garra se demoró un instante en descubrir que el animal se alejó de ella y comenzó a olisquear el aire y a enseñar los dientes. Su cola aumentó de tamaño y su pelaje se erizó, dándole un aspecto feroz que heló la sangre de la antigua gindár. Garra percibió un sonido en la lejanía y se apresuró a buscar abrigo desde donde observar sin ser vista: un grupo pequeño de cinco integrantes apareció ante sus ojos.

Aplastada contra el suelo, alcanzó la calma del guerrero.

Los recién llegados tenían prisa, como si alguien les estuviera dando caza. Corrían por el bosque, saltando y esquivando ramas, sin preocuparse de borrar sus huellas o disimular su rastro. Se trataba de cinco guerreros vestidos de cuero de pies a cabeza, cargando pesados aceros que entorpecían su alocada carrera. Por su indumentaria, Garra supo que se trataba de mercenarios de alguna compañía, pero no pudo identificar su procedencia dado que todo sucedió demasiado rápido. Garra lanzó una maldición una vez el último mercenario fue engullido por el sotobosque. Apenas sin preocuparse por la cercanía del lobo, que se había acomodado junto a uno de sus costados.

Permaneció echada e inmóvil aguardando paciente la llegada de los cazarrecompensas, con el animal siempre cerca de ella. El bosque estaba en silencio y agazapada desde su posición vio a la caterva llegar. Eran unos setenta u ochenta guerreros, la mayoría guarecidos con corazas de cuero curtido y armados con espadas y con aquellas temidas ballestas negras capaces de lanzar hasta cuatro flechas por recarga.

Garra detestaba aquel invento del diablo y torció el gesto al verlas. Se dijo que los norteños tenían motivos para correr de la forma que lo hacían, y que nadie los culparía o los tacharía de cobardes por ello. Había visto morir a muchos buenos guerreros acribillados por esos artilugios creados por cobardes sin honor. Malasai Serón, el padre de su querido Ariel, pudo comprobarlo en sus propias carnes al ser asesinado por Portadores de Muerte, nombre dado a los ballesteros, cuando regresaba victorioso tras someter a los condes Selrok el Grande y Tulk el Loco.

—Quieto, perrito —susurró la guerrera, acariciando las orejas del lobo, al que no parecía gustar la presencia de los Portadores.

Avanzaban en formación desplegada acabando a su paso con todo ser viviente. Escuadrones de la muerte, pensó Garra al ver su forma de operar. La guerrera se arrastró con sumo cuidado hasta situarse a la altura del que parecía ser el líder, controlando la respiración como le habían enseñado los exploradores de las estepas. Éste se detuvo junto a unas ramas rotas y alzó la mano, haciendo detener a los Portadores de súbito. El guerrero exploró el entorno y señaló con la punta del cuchillo el lugar por el que habían pasado los norteños. Dos exploradores nómadas de las estepas surgieron de entre la maleza y entregaron un informe al guerrero: al parecer los norteños estaban rodeados.

Un jaguns de cien guerreros de la estepa a lomos de sus ponis aguardaba al otro lado del bosque. El guerrero, al que uno de ellos llamó Filo Sangriento, oyó el informe y movió satisfecho la cabeza.

Garra apretó los dientes al escucharlo y reculó despacio hasta una posición segura seguida por el lobo. Ya había oído antes ese nombre. Pero jamás pensó que le pondría rostro.

—Descansaremos aquí —rugió Filo Sangriento.

En lo que tarda un rapaz en correrse en su primer polvo con una fulana, la partida cubrió con sus hogueras humeantes buena parte del bosque, en las que empezaron a asar carne de jabalí y a pasarse unos a otros odres de vino que anunciaban lo cerca que se encontraban de completar el trabajo para el que habían sido contratados.

Garra buscó un lugar seco y cómodo y se dispuso a soportar la espera. Intentó no pensar en la carne asándose en las hogueras e ignoró el olor que ésta desprendía, pero a su nuevo compañero le resultó más difícil y no pudo impedir que el animal se lanzara hacia una de las hogueras.

—Te matarán —susurró al lobo, sintiéndose estúpida.

Éste la ignoró y fue a buen paso hasta una de las hogueras y se detuvo a cierta distancia. Un muchacho endeble lo vio y se inclinó a un lado y tomó su arco de caza. Acto seguido, el joven extrajo una flecha de un carcaj próximo y tras algunos cálculos erró por muy poco el primer intento al clavar la saeta en un árbol cercano. El arquero echó mano al carcaj con la intención de efectuar un segundo disparo, pero un guerrero robusto lo detuvo y negó con la cabeza.

—¡No! —exclamó con la voz de quien está acostumbrado a dar órdenes—. Los lobos impiden que los conejos enfermos se reproduzcan. Mantienen controlada su población.

—¿Hablas en serio, Igor? —preguntó sorprendido el arquero.

—¿Acaso ves que me esté riendo? —respondió el tal Igor—. ¿Crees que soy un bardo y que estoy aquí para hacerte reír?

Igor echó mano a su acero y el rostro del arquero palideció.

—No lo sabía —se apresuró a decir.

Igor clavó sus malévolos ojos en él, buscando algún tipo de chanza en sus palabras, pero el arquero añadió:

—Lo lamento de veras, Igor.

Y se encogió de hombros rezando para no recibir una paliza.

Dos hogueras más allá, la voz de Filo Sangriento ordenó a Igor que dejara al muchacho en paz y que se acercara hasta su fuego para hablar de algo importante. Igor recogió su manta del suelo y encaminó sus pasos hacia donde estaba Filo Sangriento, pero antes ordenó al arquero que compartiera su comida con el lobo, que aguardaba paciente como una estatua sin quitarles ojo de encima.

—Comparte la carne con él —rugió Igor señalando al lobo.

El arquero cortó a disgusto un pedazo con las manos y lo lanzó hacia donde se encontraba el lobo.

—¡Y vosotros, escoria, haced lo mismo! —gritó Igor a sus compañeros, que se apresuraron a imitar al arquero sin rechistar.

Igor escupió al suelo y se marchó a grandes zancadas.

Muchos hombres se incorporaron del suelo a su paso y otros comenzaron a recoger sus equipos de forma apresurada.

Garra vio al lobo correr con un pedazo de carne en la boca.

Pensó que el muy testarudo era afortunado por haber recibido su recompensa en lugar de una flecha entre las costillas.

Igor llegó al fuego de Filo Sangriento y se sentó en el hueco que un guerrero dejó para él; se notaba que su humor era de perros y Filo supuso que no le agradaría lo que tenía que decirle.

—¿Qué ocurre? —preguntó más hosco de lo habitual.

—Ha llegado otro informe —escupió Filo Sangriento.

—¿Otro?

El líder afirmó con un movimiento seco de cabeza y lanzó un odre lleno de vino que Igor atrapó con facilidad. Garra tuvo que acercarse un poco más y exponerse al peligro para escuchar la conversación, dado que el crepitar de las hogueras silenciaba las voces de los guerreros.

Filo Sangriento habló.

—Han escapado.

—¡Cómo dices…!

—Lo que oyes… —siseó Filo Sangriento con amargura.

Igor abrió el odre de vino furioso y se echó un buen trago al coleto. Garra escuchó el informe atónita y llegó a la conclusión que si los norteños habían conseguido burlar a todo un jaguns de guerreros nómadas de la estepa sólo podía significar una cosa: tenía que tratarse de profesionales de verdad.

—¿Cuáles son las órdenes?

Igor realizó la pregunta con un deje de abatimiento en la voz.

—Salimos ahora mismo.

Igor le devolvió el odre y se puso en pie entre juramentos. Empezaba a hartarse de esa vida que le robaba todo el tiempo y que ya no le permitía ni revolcarse en el catre de alguna fulana.

—¡Moved el culo, panda de grandísimos hijos de perra! —se le oyó ladrar—. ¡Tenemos trabajo que hacer!

El día se hizo noche.

Garra los vio recoger sus pertrechos y aguardó paciente a que el pequeño ejército marchara para registrar hoguera tras hoguera en busca de alimento, agua o armas. Pero habían arramblado con todo y el único objeto aprovechable era la saeta del árbol que el arquero dio por perdida. Entonces recordó por casualidad que en el pasado había hecho algunos trabajos en la región con Kuasa, pero también con Ariel, que solía esconder armamento y oro allí por donde pasaba. Garra sonrió al recordarlo: Ariel llamaba a sus escondites su pequeño seguro de vida, sin imaginar que un día se convertirían en el de ella.

—Gracias, mi joven guerrero —susurró.

La guerrera se puso en marcha y el extraño lobo gris, que recorrió las hogueras con más fortuna que ella, arrojó a sus pies un trozo de carne que Garra devoró a grandes bocados.

Hallar el lugar exacto le llevó media noche.

Ariel había sido minucioso, pero también generoso, cualidad inherente en él: treinta monedas de amarillo, cincuenta de plata y otras tantas de hierro, además de una daga de hoja curva y una espada con incrustaciones en la empuñadura que Garra ignoró por lo llamativa que resultaba.

Sacramento era un pueblo pestilente donde adquirir todo lo necesario antes de desaparecer. Lograr que el lobo gris no la siguiera, pues el animal no se alejaba de ella, resultó una tarea ardua y la gindár se vio obligada persuadirlo lanzándole algunas piedras. Deambuló por sus calles sin llamar la atención en busca de una posada donde pasar el resto de la noche. Por la mañana, adquirió una buena montura a un criador de la estepa a un precio más que razonable, algo de pescado ahumado y tocino seco en el mercado, y desembolsó dos monedas de oro en la herrería por una espada bien equilibrada, ropa y un tahalí al estilo norteño.

Poco a poco el sol fue perdiendo intensidad.

Disponía de lo necesario para desaparecer una temporada.

Era consciente que permanecer en Sacramento era arriesgado y visitar una de sus tabernas aún más. Todo le decía que no era buena idea, pero a sus oídos habían llegado algunos rumores que hacían referencia a una matanza cerca de Buenaventura.

La curiosidad mató al gato, pensó antes de entrar.  

La taberna el Águila Embuchado hervía de gente toda ella de la peor calaña: putas, asesinos, ladrones, violadores, estafadores y escoria de malvivir que vendía su acero por apenas nada.

En su patio trasero, convertido en reñidero, se podía apostar por luchadores que peleaban por unas pocas monedas que les permitiesen subsistir un día más en unas tierras olvidadas por los Dioses. El ambiente tétrico no era desconocido para ella; toda su vida se había movido por terrenos resbaladizos y traicioneros.

Garra se sentó en una mesa y cubrió su testa con la capucha de la capa que acababa de comprar, con la espalda contra la pared disfrutando de una magnífica visión de todo el recinto. Pidió una sopa de pan de ajo aderezada con un chorro de vino y pimienta, la cual no tardó en engullir, y un buen trozo de carne de jabalí condimentada con setas bañadas en miel y una jarra de cerveza. Mientras engullía la carne, no pudo evitar acordarse del extrañísimo compañero con el que le había tocado bailar en el bosque. Se preguntó qué sería de la bestia y se sintió fatal por haberse visto forzada a alejarla a pedradas.

Dos fulanos conversaban frente a ella apoyados en la barra, comentando que Los Indómitos habían acabado con Los Hijos Bastardos y con otras compañías de menor relevancia: Los Conejos, Águilas de la Noche, Sirvientes del Norte, Espadas en la Oscuridad, Heraldos de la Muerte y Temerarios sin Rostro de la Llanura. Garra agudizó el oído y escuchó estupefacta que Los Hijos Bastardos habían sido masacrados por hombres de Borou y que sólo unos pocos habían logrado escapar a la quema, aunque estaban siendo perseguidos y cazados por Portadores de Muerte como vulgares bandidos.

Ahora era Borou quien mandaba.

El mercenario se alzaba como gindár absoluto de una fuerza que rebasaba los cincuenta mil efectivos, dado que el resto de compañías, sabedoras del destino que las aguardaba si oponían resistencia, habían pasado a engrosar las filas de Los Indómitos, que a su vez habían jurado lealtad al conde Kalf de Trinovantes.

Todo había acabado para ella.

Cualquier esperanza de volver al ayer se había desvanecido, dando paso a un sinfín de preguntas. Que Los Hijos Bastardos fuesen traicionados por el conde Kalf sin duda era la primera. Lo que Garra no tenía forma de saber, por más que la guerrera se estrujase la cabeza, era el motivo por el que Borou había atacado con tanta determinación al resto de compañías. Nadie en su sano juicio desaprovecharía la oportunidad de eliminar a Los Hijos Bastardos y controlar el negocio del acero sin oposición, pero absorber al resto de compañías resultaba cuanto menos sospechoso. ¿Qué intereses ocultos tenía el conde Kalf? ¿Acaso mercenario y conde se preparaban para la guerra?

Todo podía ser en un mundo que se hallaba patas arriba.

Arrojó un par de monedas de hierro sobre la barra y se ajustó la capucha, sin dejar de mirar los severos rostros que orbitaban a su alrededor. Le temblaban las piernas y sintió ganas de vomitar y se apresuró a abandonar el lugar. El murmullo de la taberna desapareció a su espalda. Llovía a mares. El pestilente barro se agarraba a sus botas como una sanguijuela, dificultando su paso y obligándola a luchar para no perder el calzado. Limpió las suelas lo mejor que pudo en unos tablones que hacían las veces de pasarelas, con un ojo puesto en su espalda tratando de anticiparse a cualquier señal. No tenía pinta de que fuese a escampar y Garra maldijo entre dientes por tener que viajar bajo aquellas condiciones que embotaban los sentidos y dificultaban la marcha. El sonido de las pisadas la advirtió del peligro mucho antes de que surgieran tres tipos de la oscuridad: un mercenario acompañado por dos soldados de Sacramento. El mercenario reparó en ella y ordenó a los reclutas que le cortaran el paso. Garra giró en redondo e intentó evitar la confrontación con ellos: el vaivén de su acero la tranquilizó y fue consciente que el frío metal, una vez más, era la respuesta a sus problemas.

Siempre lo había sido.

—¡Detente ahí, mujer! —Una sensación de tranquilidad se apoderó de ella, pues después de mucho tiempo sabía lo que debía hacer.

¡No te muevas!  —gritó otra voz a su espalda, y la visión de su cuerpo encadenado en una celda oscura hizo el resto.

Garra desnudó su acero y lanzó un tajo que alcanzó a uno de los soldados de Sacramento en pleno estómago; el silbido de la hoja saliendo de su vaina hizo que los otros dos saltaran hacia atrás, lejos de su alcance, pero el desgraciado que yacía en el barro, sujetándose las tripas arrodillado, no tuvo tanta suerte y tras unos latidos dejó escapar un suspiro y se desplomó sin vida. Entonces Garra dirigió su atención hacia donde se hallaba el mercenario, el verdadero enemigo a batir según su experiencia, y valiéndose de la confusión intentó desarmarlo con una salvaje combinación de tajos que el guerrero esquivó a duras penas; su acompañante, un muchacho de unos veinte años con un yelmo que le quedaba enorme y entorpecía su visibilidad, se hizo a un lado aterrorizado desentendiéndose del asunto.

—Cobarde —masculló entre dientes el mercenario.

El encuentro entre ambos aceros fue salvaje y ensordecedor.

Las hojas chocaron una, dos, tres, cuatro veces más antes de que los contendientes tomaran distancia y volvieran a evaluarse. Garra giró y barrió el suelo con su espada, forzando a su rival a saltar hacia atrás fuera de su alcance, al tiempo que lanzaba un tajo feroz que cortó el aire y que a punto estuvo de alcanzar su objetivo. El cielo relampagueó convirtiendo la noche en día. La lluvia caía pegando los cabellos al rostro de los duelistas. Garra avanzó con la punta de la espada apuntando hacia delante. Su contrincante hizo lo propio, moviéndose en círculo sin apartar la mirada de la mercenaria, y ambos aceros volvieron a encontrarse con violencia en lo alto. El guerrero hizo recular a Garra con una combinación de movimientos que los marciales denominaban «ensayadas», arrancando con su esgrima crueles lamentos del filo de su contrincante, que recibió el aguacero sin demostrar atisbo alguno de arrogancia en su defensa equilibrada.

Garra consolidó su posición afianzando el pie izquierdo en tierra, y dejó que una estocada de la hoja de su enemigo pasase a centímetros de ella, recogiendo la alternativa y aprestándose a esgrimir sus credenciales en aquel lance. La guerrera efectuó pequeños pasos hacia su rival sin dejar de servirse de su arma, y obligó a retroceder al mercenario hasta una posición de clara desventaja, haciéndole comprender que si alguna vez había tenido una oportunidad ésta ya había pasado. Garra blandía el filo de su espada con maestría y su rival intentó alejarse del aluvión realizando varios movimientos destinados a engañarla, pero ella no se dejó sorprender por la triquiñuela.

Ahora Garra martilleó la hoja de su rival hasta obligarlo a hincar la rodilla en tierra. El tipo resistió los martillazos lo mejor que pudo, fuertemente asido a su acero como única salvación, pero sus miembros empezaron a entumecerse por las violentas sacudidas y pronto se halló con las manos desnudas y sin nada a lo que aferrarse. Su defensa fue arrancada con violencia fuera de su alcance. Garra se dispuso a asestarle el golpe de gracia, pero el mercenario rodó por el suelo al encuentro de su acero y se las arregló para sorprenderla por detrás. Entonces se puso en pie, con Garra en una posición de inferioridad, y levantó la espada por encima de la cabeza y sintió un impacto en el estómago que le produjo un dolor que le quemó el alma: el luchador bajó la mirada y abrió mucho los ojos al descubrir una flecha hundida hasta el plumaje en sus tripas. Justo enfrente, paralizado, el recluta de Sacramento sostenía el arco que le había arrebatado la vida.

El muchacho reculó asustado.

Entonces escuchó un gruñido a su espalda y cuando se dio la vuelta, aterrorizado, un borrón gris saltó sobre él y acto seguido experimentó un dolor intenso por todo el cuerpo: lo último que vio antes de morir fueron unos ojos amarillos.

—Así que anhelas ser un Hijo Bastardo —le susurró Garra al lobo cuando éste se acercó y dejó caer a sus pies el arco del recluta de Sacramento—. Pues primero tendremos que buscarte un buen nombre que te haga justicia.

 

 

 

 

Garra y Asesino Gris, su compañero peludo, pusieron tierra de por medio con Sacramento antes del amanecer.

Su montura se dirigía a buen paso a las ciudades portuarias más allá de Infortunios, antigua capital de Malasai y hogar de Ariel durante su niñez. El camino era largo y peligroso, pues debía cruzar las montañas sagradas de los nómadas de la estepa y la idea no le atraía demasiado. Dudaba entre intentar reunir a todo aquél que hubiera sobrevivido a la masacre o abandonar Occidente para comenzar de nuevo allende los mares, lejos de la fama que había forjado una vez a golpe de espada, y con suerte reunir un ejército y regresar para cumplir la promesa que hiciera a Ariel: clavar la cabeza de Borou en una pica.

Pero decirlo era fácil.

Hacerlo era harina de otro costal.

Promesas vacías como nuez podrida, pensó.

Condujo al equino por caminos poco transitados procurando que caballo y lobo tuviesen el mínimo contacto posible; pues, como era lógico, el lobo infundía un pavor temible a la montura y ésta estuvo a punto de hacerla caer en varias ocasiones.

Cubrieron un trecho de poco más de diecisiete kilómetros en lugar de los setenta u ochenta diarios a los que la gindár estaba habituada. Durante buena parte de la jornada, el sol resplandeció con intensidad haciendo penosa la marcha en muchas ocasiones. La empresa se le antojaba titánica y lo peor estaba por llegar: las montañas sagradas. A medio camino entre Ventura y Agudeza, imponentes, coronadas por nueve picos erosionados durante el plegamiento alpino, se hallaban las montañas sagradas donde los guerreros de la estepa enterraron a su líder Theón Khan siglos atrás. Sus altas paredes verticales eran visibles a kilómetros, elevándose en algunos casos por encima de los doscientos setenta de altura, e inconfundibles dada su distribución. Nueve eran los macizos que se alzaban para deleite y orgullo de los salvajes; nueve custodios tácitos entregados al cuidado del descanso del gran líder. Su terreno escarpado y traicionero las hacía del todo inexpugnables, y sólo un sendero angosto vigilado por patrullas nómadas permitía el paso sobre ellas.

Garra las escrutó como quien estudia un mapa.

El peligro se podía olfatear tras cada risco.

El cielo amenazaba tormenta y Garra acarició los costados de su montura cuando Asesino Gris gruñó igual que hiciera noches atrás en el bosque. La guerrera se tensó y apretó los dientes con fuerza. No pasó mucho tiempo antes de que alertase la posición del salvaje tratando de ocultarse tras un recodo del camino. Se trataba de un varón con el rostro pintado con los clásicos colores blanco y negro de un cazador experimentado, de larga cabellera rojo sangre, sólo permitido a guerreros con más de cincuenta muertes a sus espaldas. Garra saltó del caballo y dejó resbalar el arco por el hombro y liberó la tira de cuero que aprisionaba su acero y se dispuso a recibir al agresor con el cordaje ya tenso: la gindár supo que éste no esperaba una reacción tan fulgurante por la sorpresa en su rostro.

Mujer y salvaje quedaron frente a frente.

Se observaron sin decir nada, buscando cualquier indicio de debilidad. El mundo se detuvo un instante y el viento hizo acto de presencia. Garra tensó aún más el arco y el guerrero frente a ella desvió la mirada a un lado del sendero, delatando con ello la posición de su compañero. Era la señal que Garra había estado esperando. Rara vez un guerrero se aventuraba en solitario en una partida de caza, y ella lo sabía. El segundo guerrero, joven y por ende más inexperto que su compañero, se acercó sigiloso a Garra esgrimiendo un puñal con el que pretendía acuchillarla. Creía seguir siendo poseedor del factor sorpresa y la sangre le hervía en las venas. Pero Garra giró en redondo para recibirlo colocando el arco a la altura de su rostro, dejando que el brillo de una saeta hablase por ella.

Y vaya si habló.

El rapaz parpadeó incrédulo.

Ni siquiera entendía cómo había llegado a aquella situación.

Él estaba a punto de matar a la mujer y todo había cambiado.

—¡Ni un paso más!

El salvaje comprendió que de no cumplir la orden daría con sus huesos en el barro. Neutralizada la amenaza, la mercenaria permaneció con la mirada clavada en el guerrero de la cabellera teñida de rojo; ambos se examinaron e hicieron del momento su mundo, hipnóticos por aquella extraña familiaridad con la que uno y otro percibían la guerra. Garra hizo descender su arco de apoco y el recién llegado avanzó dispuesto a acabar con su vida. La reacción de ésta fue fulminante: su arco ascendió de nuevo y dejó que las yemas de sus dedos se deslizaran suavemente por el cordaje, alojando una saeta en la garganta del cachorro. Tuvo que repetir el gesto en dos ocasiones más con idéntico resultado, pues nuevos exploradores brotaron de entre las rocas y atacaron. Garra acertó a un guerrero en pleno pecho y derribó a otro de un certero disparo en el corazón; para ella sólo eran cadáveres que adornarían el paisaje y servirían de alimento a los buitres.

Entonces el guerrero nómada del tocado rojo habló:

—Soy Águila y estás en mis montañas, mujer.

Sus hermanos de armas yacían en el suelo sin vida junto a sus aceros, pero a él no pareció importarle.

—Y yo soy Garra, gindár de Los Hijos Bastardos —contestó ella con orgullo—. He luchado a favor y en contra de tu gente dependiendo del tiempo al que nos remontemos. He salvado vidas de la estepa y también las he arrebatado. Una vez cabalgué junto a Oso Demoledor, y exijo que se me franquee el paso de inmediato.

La incertidumbre devoró con fauces de acero la confianza de Águila. El guerrero se sorprendió al oír el nombre de la norteña. Conocía su leyenda y había escuchado al calor de la hoguera los logros que se contaban sobre la mujer que dirigía con puño de hierro a cientos de hombres. Así que no pudo cuanto menos que hacerse a un lado y dejar el camino libre a Garra. Sin embargo, cambió de opinión en el último momento y lo pagó con su vida.

Los nómadas de las estepas anhelaban una muerte gloriosa y Garra lo sabía: vivían por y para ello. Tenían la creencia de que una vez muertos, si eran dignos merecedores del Gran Búfalo Blanco, pasarían el resto de sus días bebiendo y combatiendo en los salones sagrados de la deidad. Cuanto más épica y emotiva fuese su muerte, más relevancia obtendrían en el plano astral. Y Águila tenía la oportunidad de morir luchando contra toda una leyenda. Pero fue un error fatal hacer aflorar aquellas dos hachas de su tahalí y lanzarse con todo contra la guerrera.

Garra tensó su arco una vez más.

El cuerpo de Águila chocó con violencia contra el suelo y éste aulló de dolor, con una saeta atravesando su muslo derecho. Garra se acercó al guerrero por su flanco izquierdo, pero él le lanzó una de sus hachas y ésta impactó con el plano del metal en su costado, haciéndola perder el equilibrio y cayendo de bruces. Entonces Águila tomó en su mano izquierda el hacha restante y se dispuso a machacar la cabeza de la gindár, pero Asesino Gris apareció de la nada y cayó sobre el veterano explorador sin que éste pudiese hacer nada por protegerse. Gara escuchó sus gritos de dolor sin posibilidad alguna de socorrerlo. No tenía ni idea si aquella muerte era lo suficientemente épica para su Dios como para ser merecedor de entrar en sus salones. Lo que tenía claro, era que para ella no merecía la pena.

Los cascos de su montura la arrancaron de sus ensoñaciones.

Garra aferró las riendas del equino con seguridad y acarició las orejas gachas del animal, nervioso por la presencia del lobo. No tenía estómago para ver cómo Asesino Gris se daba un festín con el rostro de Águila, de modo que decidió dejarlo atrás.

La vida es caprichosa, pensó el guerrero al verla sentada.

—¿Garra?

La mercenaria se levantó y desenvainó su acero: un bárbaro de las montañas de cabello oscuro la observaba incrédulo.

—¡Por los muertos! —dijo una voz familiar para ella—. ¿Qué estás haciendo aquí?

—¿Kuasa…?

Garra dio un paso hacia delante, pero se detuvo de súbito.

El tal Kuasa avanzó hacia ella, pero la mercenaria lo recibió con la punta de su espada por delante.

—¡No des un paso más o te clavo!

—¡Garra! —exclamó sorprendido.

—Suelta el hierro despacio y échate sobre el suelo.

La mujer mantuvo su acero en una posición disuasoria con manos temblorosas, sin saber muy bien qué hacer.

—¡Soy yo, Kuasa! —El semblante del guerrero se endureció.

Garra atisbó una brizna de enojo en su rostro, como ofendido por la falta de confianza, pero desenvainó su acero despacio, sin aspavientos y a mano cambiada, y lo arrojó e hincó la rodilla en tierra levantando las manos por encima de la cabeza.

—Creía que estabas muerta —dijo, sin atisbo de mentira en la voz—. Ariel nos ordenó permanecer en Buenaventura hasta nuevo aviso. Después, los hombres de Borou y de ese tal conde Kalf cayeron sobre nosotros.

Garra lo escuchó sin pestañear, con su acero en ristre.

El mercenario parecía liberado de una pesadilla.

Era uno de los hombres de confianza de Garra, había salvado la vida de la guerrera arriesgando la suya propia en más de una ocasión, y ahora se encontraba a su merced. Por sus venas corría la sangre de grandes guerreros, adalides de sobrada reputación que dieron la vida por su pueblo. A Garra le bastó una mirada para comprender que aquel gigante jamás le haría daño alguno.

—Kuasa… —musitó entre lágrimas.

Los muros de su fortaleza se desquebrajaron.

La mercenaria, entre débiles sollozos, lo estrechó con fuerza.

—¿Dónde está Ariel? —preguntó Kuasa.

Garra negó con la cabeza.

Él se levantó y la atrajo hacia sí y la besó en la frente.

—Lo siento de veras —lamentó de corazón.

Garra le acarició la barba.

—¿Qué ha sucedido con mi compañía? —preguntó ella.

—Dejó de existir —fue la respuesta que recibió.

—¿Todos?

—Fuimos convocados los quince capitanes en Buenaventura con órdenes claras de permanecer allí. Se suponía que Ariel y tú os reuniríais con nosotros al concluir el asunto de Trinovantes. Todo sucedió muy rápido, gindár, y nos vimos sorprendidos por un número superior al nuestro. Salvamos la vida por los pelos.

—¿Cuántos?

—Sólo cinco —respondió avergonzado—. Cinco de dos mil quinientos mercenarios: Batallando, Sombra, Chagatai y yo.

—¿Y el quinto? —preguntó Garra.

—Murió en el bosque acribillado por Portadores de Muerte.

—¿En el bosque?

—Cerca de Sacramento —dijo Kuasa señalando hacia atrás.

—¡De modo que erais vosotros! —exclamó Garra.

—No me digas que tú también estabas…

Garra puso a Kuasa al día.

El guerrero se golpeaba la mano con el puño cerrado cada vez que algo no le gustaba. Garra le contó la emboscada en Trinovantes y la agónica defensa de Ariel en el puente del río Tanana, luchando contra el mundo intentando salvarle la vida.

—Bastardos —escupió el bárbaro con amargura.

—¿Dónde está el resto? —preguntó Garra.

—Nos cruzamos con un enorme lobo gris en las montañas. —El guerrero señaló los macizos a su espalda y Garra se sobresaltó al oírlo—. Ya conoces a Batallando… se empeñó en cazarlo para hacerse unas nuevas botas para el invierno.

—Maldito tarugo —juró ella—. Espero que no sea mi lobo.

—¿Tu lobo?

—Es una larga historia.

El ulular de un búho atrajo la atención de los mercenarios. Kuasa sonrió a Garra y respondió con otro ulular de idéntica sonoridad. Entonces tres guerreros surgieron de detrás de unas rocas y se lanzaron cuesta abajo en una alocada carrera.

—¡Garra!  

Sombra, el negro, era quien iba en cabeza. Chagatai le seguía de cerca, pero Batallando, un tipo colosal que portaba un hacha igual de imponente ceñida a su musculosa espalda, los adelantó como si nada a pesar de su hercúlea figura.

—¡Exijo venganza! —gritaba Batallando como un demente mientras la abrazaba.

Kuasa trató de contener al guerrero, pero éste se lo quitó de encima con facilidad de una sacudida.

—¡Por Anansi! —bramó Sombra, lanzándose a los pies de Garra con los ojos abrasados en lágrimas.

Garra se emocionó al contemplar a un asesino de la talla de Sombra llorando sin consuelo, y los muros de su fortaleza se desquebrajaron por segunda vez al saberse junto a hombres de honor. Las preguntas afloraron atropelladas y todos demandaron respuestas, menos Batallando, que reclamaba venganza.

—¡Matemos a esos hijos de perra! —bramaba acalorado. 

—Debemos organizarnos… —empezó a decir Garra.

—¿Y la venganza?  —interrumpió Batallando.

Garra clavó la mirada en el mercenario y le increpó:

—¿Sabes por qué no te he cortado la lengua aun, ¿verdad?

—¿Porque soy el único de los cuatro que sabe utilizarla?

Batallando formó un triángulo con los dedos simulando lamer una vagina. Garra sonrió divertida y cuando se disponía a hablar, vio la figura del lobo surgir de entre las rocas.

La mercenaria sonrió y dirigiéndose a Batallando contestó:

—La venganza se llama Asesino Gris. Y ya corre hacia aquí. 

 

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