Silencios y culpabilidad




La brisa acarició su rostro y besó sus labios, apenas una caricia que perturbó su sueño y lo devolvió al mundo de los vivos. Yacía desnudo en el catre, con los fuertes músculos cubiertos de sangre, acribillados por las cicatrices de toda una vida de guerra. La sábana de lino que lo protegía de la noche del desierto se adaptaba a su cuerpo, comulgando en perfecta armonía con su anatomía, siguiendo cada línea con delicada exactitud. Su miembro viril se hallaba erecto, duro como el de un cachorro en el burdel más recóndito y sucio del Imperio. Era un hombre en la plenitud de la vida, severo como los desiertos que lo habían visto guerrear. A pesar de todo, no dejaba de ser un pendenciero que había dejado atrás los mejores años de su existencia. Un Duelista de Ulula al que le costaba reconocer que le era imposible seguir el paso de sus hombres más jóvenes al cabalgar.

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