Garra



—Se acabaron las penalidades. Seremos muy ricos.
    —Ya lo somos, Ariel —respondió ella.

Garra recogió su cabello en una cola y se plantó frente al catre del guerrero, que permanecía tumbado con las manos cruzadas detrás de la nuca. Su cuerpo brillaba a la luz del candil, cubierto por una capa de sudor que hacía resaltar su fuerte y bella figura, de la que Ariel estaba enamorado hasta las trancas.

—¿De verdad lo somos?

—Lo somos —sentenció Garra.

Aunque no de la manera que él quería.

Claro.

Poseían baluartes a lo largo y ancho de la región y amarillo suficiente como para cubrir los gastos de la Compañía por diez años. Las gestas, los trabajos que habían realizado en el pasado, sin duda les precedían y eran muchos los señores de la guerra los que deseaban contar entre sus filas con Los Hijos Bastardos, sabedores que sus opciones de victoria se elevarían con ellos.

—Kalf hará que ese amarillo que poseemos parezca limosna.

—El conde Kalf hará eso, sin duda —dijo ella—. Pero no estamos aquí por el oro.

—¿No lo estamos?

Ariel se levantó del catre de un salto, sorprendiendo a Garra, y estrechó su cuerpo desnudo entre sus fuertes brazos.

—Yo estoy aquí por ti —le dijo él, atrayéndola hacia su boca y besándola con pasión.

Ariel acarició su cuerpo con desesperación.

Mordió sus senos e introdujo sus dedos en el interior de la fémina. Ella echó la cabeza hacia atrás con violencia, lanzando un alarido al aire, y Ariel sintió morirse al descubrir la humedad de su vagina. Amaba a aquella mujer desde que era un mocoso, desde la primera vez que la vio en la mesa de negociaciones de su difunto padre. Ariel se deshizo del taparrabos que cubría su desnudez, mordisqueó con insistencia la firme barbilla de Garra, deleitándose con el olor de su saliva, y liberó su miembro viril para poseerla.

—¿Quieres ser mi perro? —le susurró ella al oído, mientras Ariel la envestía una y otra vez con los músculos en tensión.

Sus cuerpos se fundieron en uno, forcejearon y volvieron a fundirse, y Ariel soltó un gruñido salvaje cuando eyaculó en el vientre de Garra. Ella no corrió a limpiarse. Agarró la cabeza del guerrero por la espesa cabellera y él dejó que la hundiera en su pecho.

Extasiado.

Y volvió a enamorarse del olor que ella desprendía.

—Te necesito alerta, Ariel —susurró Garra—. Necesito de todas tus habilidades. El conde Kalf es un hombre poderoso, y los hombres poderosos lo son por una razón: juegan fuerte.

Ariel permanecía con el rostro enterrado entre aquellos senos, escuchando inmóvil lo que ella esperaba de él.

—Ha llegado el momento de Los Hijos Bastardos. Es hora de dejar las medias tintas y de ampliar la hermandad. Y Quiero que tú seas mi mano derecha y mi segundo al mando.

Silencio.

El guerrero tardó cinco latidos en responder, pero a Garra se le antojó una eternidad.

—¿Y Kuasa? —preguntó.

—Es un bárbaro —fue su respuesta—. Son murallas lo que tendremos que derribar en adelante, no puertas. Kuasa es leal y cualquier gindár, cualquier jefe con dos dedos de frente estaría encantado de tenerlo bajo sus órdenes, pero no es el hombre indicado para esta labor. Además… te lo estoy pidiendo a ti.

Ariel volvió a tomarse su tiempo.

Tardó otros cinco latidos en responder.

Alzó el rostro al fin para mirarla a los ojos.

—Sabes que significa mucho para mí.

—Lo sé.

—Mi padre vivió y murió por esta compañía. La lideró con honor, con puño de hierro en muchos momentos, y no me opuse cuando te convirtió en su sucesora en lugar de a su propio hijo.

El guerrero hizo una pausa, y Garra acarició su cabello rubio.

Acto seguido añadió:

—Será un honor para mí servirte. Seré el gindár de Los Hijos Bastardos cuando tú mueras… y no quiero que eso suceda.

Garra le sonrió y pasó la mano por su rostro.

Era consciente de que Ariel no hablaba por hablar.

Él no era como los demás.

—Es hora de ponernos en marcha —le susurró—. Se hace tarde, Ariel.

Empaquetaron sus pertrechos y dejaron la habitación donde habían pasado el día. La calle estaba iluminada cuando llegaron a La Mano de Oro, pues la luna llena gobernaba el cielo aquella madrugada. La taberna se encontraba a reventar, como si todos los rufianes del círculo del mundo hubiesen decidido acabar con las existencias de cerveza. Se sentaron en una mesa libre que Ariel ocupó al final del local, desde donde podían ver la entrada y resguardar su espalda.

Una camarera de senos desbordantes, que hacía levantar a su paso a los hombres de sus taburetes, sirvió dos jarras de rico lúpulo y se marchó moviendo las caderas exageradamente, mientras los borrachos vociferaban todo tipo de obscenidades.

—¡Me encanta este lugar! —soltó Ariel entusiasmado—. Es como estar en casa, ¿verdad?

—Lo es —dijo Garra, mordiéndose los labios al tiempo que veía alejarse a la provocativa camarera.

—¡Cómo echo de menos a los muchachos! Estoy deseando reunirnos con el conde Kalf, cerrar la reunión, y cabalgar con mis hermanos de armas por todo el círculo del mundo.

—Paciencia, mi joven guerrero, pronto volverás a quejarte de que esta vida es una porquería, que los mosquitos en las Tierras Negras pican, o que la comida no la quieren ni los perros.

Ariel tomó nota de todo lo que Garra había dicho.

La gindár estaba en lo cierto, y muchas veces su lengua había dicho aquello que Garra mencionaba. Pero era su manera de sobrellevar las penas por las que pasaban en muchos momentos, sólo eso. Porque Ariel, el primogénito de Malasai Serón, no deseaba estar en otro lugar que no fuese con Los Hijos Bastardos. En cambio, no soportaba que Garra se dirigiera a él como «joven guerrero». Tenía veintiocho años y al nacer su padre ya era un miembro imprescindible en la Compañía. Su educación fue puramente marcial. Creció y se hizo hombre entre mercenarios habituados a atravesar una paloma con una sola flecha, a interminables cabalgadas en la mitad de tiempo que empleaba el resto, a luchar hasta el último hombre. Ariel había matado a tantos enemigos que ya no recordaba a cuántos.

Él era todo menos un joven guerrero.

Y Garra lo sabía.

Igual que sabía que a él no le agradaba que lo llamase así.

Garra apretó los dientes cuando la puerta se abrió y entraron dos fulanos: el primero, de pequeña estatura; el otro, de altura considerable y con cara de pocos amigos. El tipo bajito vestía jubón oscuro con calzas negras y cargaba una fina espada al cinto; el otro, el mastodonte, lucía un chaleco de cuero marrón, cruzado por dos cinturones en los que descansaban un cuchillo curvo y un hacha con la inscripción en la empuñadura de Los Sangrientos. Detalle que no pasó desapercibido para Garra.

Tampoco para Ariel.

El grandote señaló en su dirección.

Se acercaron.

—¡Saludos, bella dama! El conde Kalf me ha pedido que bese tu mano en persona.

Quien así había hablado era el hombre menudo con espada al cinto. Garra alargó la mano hacia él ocultando la sonrisa; pues la habían llamado muchas cosas en la vida a excepción de bella dama. Ariel desabrochó su abrigo y dejó sus armas a la vista.

—¿Habéis tenido un buen viaje? El conde Kalf está deseando que os unáis a sus filas. Tiene grandes planes para la Compañía.

—¡¿De veras?!

Garra sonó más sorprendida de lo que había deseado.

Y se maldijo por ello.

Así es —dijo Espadilla, lanzándose a enumerar los términos y condiciones del contrato—. Cincuenta lingotes de oro. El amarillo más puro que…

—Conocí a un hombre —cortó Garra— que decía que nunca hay que negociar con alguien que no esté dispuesto a compartir un trago antes de cerrar un trato.

Ariel se enorgulleció al reconocer las palabras de su padre.

A Espadilla no agradó lo más mínimo que Garra lo interrumpiera, la gindár pudo leerlo en su rostro y tomó nota de ello, pero el tipo supo reponerse con celeridad como si estuviese entre amigos. 

—Pues debió ser un hombre sabio —respondió sonriendo.

Garra negó con la cabeza.

—Sólo era un hombre con mucha sed.

Risas.

—Bebamos entonces —dijo Espadilla.

Cuatro jarras de lúpulo fueron acercadas a la mesa.

Dando inicio ahora sí a la negociación.

—Como iba diciendo —Garra alargó la mano cediendo la palabra al hombre— el conde Kalf ofrece cincuenta lingotes de oro por vuestros servicios. Cinco años de vuestras vidas a razón de diez lingotes por año. No se os pedirá que participéis en escaramuzas ni en operaciones de castigo, vuestro cometido consistirá en combatir a aquellos caudillos que representen una amenaza contra mi señor.

—¿Qué hay del armamento? —preguntó Ariel.

—Nos hacemos cargo —respondió el tipo bajito.

—¿Y el impuesto de mortandad?

—Corre de nuestra cuenta también.

—Muy generoso por vuestra parte —sentenció Ariel.

—De modo que ni pagamos ni recogemos muertos del campo de batalla, ¿es así?

—Tal cual lo acabas de describir —aseguró Espadilla, estrechando con fuerza primero la mano de Garra y después la de Ariel—. Reforzar las filas del conde Kalf por un periodo de cinco años bajo los términos anteriormente mencionados.

Pulieron varios pormenores que habían quedado en el aire, relajados, y disfrutaron sin medida de la cerveza del lugar. Hasta que el tipo de la espada para niños dio por cerrada la velada.

—Y ahora si no es inconveniente —vació la jarra de un trago e indicó con la cabeza al mastodonte que podían irse —tenemos un largo trecho hasta Trinovantes y no deseo hacer esperar a mi señor.

—Una última cosa —atajó Garra, tomándolo por el antebrazo cuando estaban a punto de irse—. He visto el grabado en la empuñadura del hacha de tu acompañante. ¿Significa eso que Los Sangrientos están al servicio del conde Kalf?

El mastodonte dio un paso al frente, con el orgullo pintado en el rostro, y negó con la cabeza como haría un niño pequeño antes de hablar.

—Mi obediencia al conde es sólo una cesión, gindár. —En el continente, gindár era el equivalente a general. El que estaba al mando y con el que te jugabas los cuartos en caso de vaguear. El que cortaba el maldito bacalao.

—Buena compañía, aunque sé que no están pasando por su mejor momento. Lamento la derrota sufrida en Bosque Rojo a manos de Borou. Fetair no merecía morir así. Nadie lo merece.

El tipo inclinó la cabeza y llevó su enorme puño al pecho.

—Ya no somos tan poderosos como antaño, gindár. La bolsa no está muy cebada y los cielos en los que nos ha tocado bailar ya no descargan aguaceros de dicha.

El gigante dio media vuelta y siguió a su señor.

Garra prometió visitar la tumba de Fetair y barajó seriamente la posibilidad de absorber a Los Sangrientos.

Si no lo hacía ella lo haría Borou, eso si no lo había hecho ya.

Una vez a solas, Ariel pidió dos jarras para celebrarlo y abordó un tema delicado del que Garra no quería ni oír hablar. De un tiempo a esa parte, Borou se había revelado como un gindár de lo más despiadado y, peor aún, harto competente en el campo de batalla. De Borou se decía que sus ambiciones eran tan grandes como él creía que era su polla, aunque en realidad estaban a la par con su bocaza.

—Borou…

Garra desvió la mirada con nerviosismo.

—Estoy al tanto —fue su respuesta.  

—El muy hijo de perra ha puesto precio a tu cabeza.

—Sí, lo sé. Y también ha solicitado revisar las inscripciones de las principales compañías para que todas ostenten el mismo número de miembros. Está claro que sabe lo que se hace.

—Lo sabe…

—Desde luego que lo sabe —añadió Garra—. Pero en estos momentos Borou no debería suponer un problema. Estamos con el conde Kalf y siempre hemos volado demasiado alto para él.

Ariel alzó su jarra y la hizo tintinear contra la de Garra.

Tenía motivos para hacerlo.

Para él, el asunto de Borou era sólo cuestión de respeto.

Algo que no le quitaba el sueño.

—Brindo por ello. Pero prométeme que pronto clavaremos su cabeza en una pica.

—Prometido —dijo ella con malicia.

Acto seguido, se puso en plan madre y prohibió a Ariel beber un trago más. Le preocupaba que el guerrero se presentara ante el conde como un simple asaltante de caminos. Habían trabajado duro para llegar hasta allí y que el conde Kalf los recibiera.

Apenas se hubieron levantado, un tipo con la cabeza pelada y media nariz se acercó a Garra y apoyó la mano en su hombro.

—Disculpa, amiga, ¿sabes si hay habitaciones libres?

Garra desenfundó el cuchillo oculto a su espalda y, con un veloz movimiento, lo deslizó por la entrepierna de Narizcortada, que abrió mucho los ojos mientras su boca se retorcía en un gesto de dolor, para acto seguido desplomarse como un árbol en el bosque.

Todo sucedió en apenas dos latidos, sin que ningún cliente reparase en lo ocurrido. Ariel echó un vistazo breve al tipo que yacía sobre un charco de sangre que empezaba a extenderse sin solución.

—¿Cazarrecompensas?

—El efecto Borou —respondió Garra.

Aligeraron el paso y abandonaron el lugar discretamente.

Le resultó demasiado fácil matar al tipo sin nariz, pero Garra sabía que no siempre lo sería. Le sorprendió sobremanera que Borou se hubiese atrevido a tanto poniendo precio a su cabeza. Ella era la gindár de Los Hijos Bastardos y Borou sólo el líder de Los Indómitos, un puñado de antiguos miembros de Los Hijos Bastardos expulsados de la Compañía por indisciplina.

Una banda de zarrapastrosos que Garra se prometió aplastar a su debido tiempo, porque sabía que no podía dejar sin respuesta el atrevimiento de Borou.

Sentaría precedente.

Más tarde, se alojaron en la posada La Polvera, un cuchitril de mala muerte a las afueras de la ciudad, e hicieron honor al nombre follando toda la noche como animales.

 

 

 

—¡Maldito camino de mierda, maldita comida escasa y rancia y maldito conde Kalf!

Ariel y Garra cruzaron una mirada y rompieron a reír.

En efecto, el camino a Trinovantes, empedrado y escarpado, pues el enclave se situaba en la falda de una montaña, estaba resultando más fastidioso de lo esperado, a pesar incluso del sol que calentaba sus cuerpos. Ariel llevaba a su montura al paso, prestando especial cuidado a los agujeros que amenazaban con lastimar las patas del animal. En un terreno favorable, el jinete guiaría a su cabalgadura tan solo con la fuerza de sus poderosos muslos, facilitando así poder tensar su arco y disparar al menor indicio de peligro, pero no era el caso. Ambos eran jinetes experimentados que habían aprendido a montar casi antes que andar, y conocían las consecuencias de un contratiempo así. No sólo por verse obligados a sacrificar una buena montura, que a la postre significaría para ellos una pérdida demasiado elevada en términos económicos, pues una bestia lisiada no tenía utilidad alguna para la Compañía, sino por el hecho en sí de tener que completar el resto del trayecto cargando los pertrechos.

Era noche cerrada cuando una avanzadilla del conde Kalf se prestó a escoltarlos el resto del camino. Marcharon al paso un buen trecho y torcieron en un recodo del camino y siguieron la margen del río que los llevó a los campos de entrenamiento de Trinovantes, antigua como las construcciones de los Desiertos de Fuego y bella como una doncella virgen.

El líder del destacamento, un hombre delgado con rostro de hurón, pidió a ambos mercenarios que compartieran con ellos el vino del cuartel mientras aguardaban la llegada del conde Kalf; Garra y Ariel se mojaron los labios y engulleron el queso que elaboraban los soldados en el mismo acuartelamiento, nada más.

Ariel observó con atención a los nuevos reclutas durante su instrucción nocturna. En ocasiones, envidiaba la vida de éstos, la estabilidad económica y el bienestar que proporcionaba estar al servicio de un gran señor, pero luego se decía a si mismo que eso no era para tipos como él. Levantarse todas las madrugadas a la misma hora, sin haber despuntado el sol, para entrenar duro y jugar a la guerra, era la auténtica negación de lo que para él significaba ser un verdadero mercenario.

No. Ariel no deseaba esa vida para sí.

Sólo ambicionaba su estabilidad.

Su sueldo.

Ariel se levantó de la piedra en la que estaba sentado al oír el tintineo de los arreos. Por el sonido que éstos producían, el mercenario dedujo que se trataba de unos veinte jinetes en corceles de guerra bien pertrechados. El conde irrumpió en el recinto iluminado por antorchas como un ciclón, proyectando sombras danzarinas, haciendo que Ariel abriese su abrigo de piel y desenvainase sus cuchillos, gesto que Garra imitó desnudando su espada, tras comprobar que junto al señor de Trinovantes, como una broma de mal gusto, Borou en persona hacía detener con violencia su montura.

—¡Por los muertos! ¿Qué significa esto? —exigió Garra.

Pero Ariel no necesitaba que le dijeran qué sucedía: traición.

—Siempre me he preguntado a qué sabe tu boca —dijo Borou enseñando la lengua—. La quiero viva. A él… matadlo.

En apenas dos latidos, los hombres con los que habían estado compartiendo el queso y el vino desnudaron sus aceros y se lanzaron contra Garra, pero Ariel les cortó el paso, deteniendo estocadas con ambos cuchillos, mientras obligaba a Garra a encaminarse hacia el puente del río por el que habían llegado.

—¡No te detengas! —le gritó, advirtiendo con rabia que unos pocos soldados montaban sus arcos.

El conde Kalf y Borou gritaban órdenes a voz en cuello.

El líder de Los Indómitos portaba una coraza plateada que dejaba al descubierto la zona abdominal, pero cubría pectoral y hombros. No era una coraza de combate al uso, se trataba de una pieza diseñada para la ocasión, la armadura de un mandatario vistiendo sus mejores galas, pero que de nada le hubiese servido en combate.

Ariel derribó de una patada en el pecho a un guerrero que rompió la formación, siempre reculando en dirección al puente, con Garra a su espalda luchando a destajo cubriendo los flancos del mercenario.

—¡El bosque! —vociferó Ariel por encima del hombro, Garra asintió sin dejar de lanzar estocadas—. Hay que llegar como sea al otro lado e internarnos en él.

Pero decirlo era fácil.

Hacerlo no tanto.

Y Ariel lo sabía.

Las esperanzas de ambos se truncaron cuando un grupo de soldados surgió de la espesura del bosque y bloqueó el puente.

—Ariel… —dijo Garra con una vocecilla.

El no necesitó preguntar.

Estaban atrapados.

Todo había acabado.

Sin embargo, Ariel conocía el destino que Garra padecería si era atrapada con vida. El calvario por el que tendría que pasar todos los días hasta su muerte, y no estaba dispuesto a que el amor de su vida pasara por ello. Algo empezó a dibujarse en su mente. Entre estocada y estocada, iba trazando un plan final que debía tener éxito porque a Garra no le quedaba otra, porque era su única solución. Sabía que nunca sería el gindár de Los Hijos Bastardos, pero lo que de verdad le mordía el corazón, más que nada en el mundo, era tener que despedirse de ella sin tener la certeza de que sobreviviría a la decisión que acababa de tomar.

Siempre había fantaseado con ese momento.

Salvarla.

Y al fin había llegado.

Ganó distancia con el enemigo al lanzar sus cuchillos.

Entonces giró sobre sí mismo y aferró a Garra por la cintura, atrayéndola hacia él como tantas veces había hecho, y la besó.

—No —dijo Garra, al comprender lo que Ariel pretendía—. No te abandonaré ni por todo el maldito amarillo del mundo.

Él acarició su rostro y le sonrió. Y ella descubrió en sus ojos a un hombre enamorado consciente de su final.

Ariel la aferró del cinto y la arrojó por el puente.

La oscuridad la envolvió y se hundió por su propio peso.

Forcejeando contra las aguas del Tanana, Garra lo vio morir.

La primera flecha, directa al corazón, fue la que lo mató.

La segunda fue testimonial.

El resto, simple decoración.











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