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16 may 2021

Soledad y Arena


 

Mi nombre no importa en absoluto.

Observo el mundo con los ojos de un esclavo.

Atado de pies y manos, escoltado por dos guardias, recorro en silencio el pasillo que conduce a la arena.

​Hoy el aire está viciado.

Puedo sentirlo.

Percibo olores con los que un legionario está acostumbrado a convivir. Olores que traen consigo la muerte.

​El juego y las féminas me han traído hasta aquí; soy consciente. Soy la suma total de cientos de partidas de dados amañados. No exagero. Porque de ser el César, me jugaría el Imperio a una tirada.

Es mi naturaleza.

Las apuestas, la indisciplina y otras cosas que no recuerdo me han acompañado como un perro fiel toda mi carrera. Igual que las rameras siguen a las legiones por todo el orbe.

​No me arrepiento de nada.

​Mi padre decía que uno toca fondo cuando las deudas sobrepasan su fama de fullero. A mí no me parece tan grave. Al menos no como para morir en la arena.

​Estoy divagando. ¿A quién le importan las tribulaciones de un esclavo? A mí no. Tampoco al resto de gladiadores que espera su momento, dioses de barro confinados en sus celdas aullando consignas de muerte. Veo sus rostros deformarse mientras avanzo, pero no escucho sus voces. Son tipos duros. Como duro es Aulo, el lanista del ludus. Tiene cincuenta años y ningún bastardo ha desbaratado su guardia. Al amo le agrada ejercitarse con nosotros cada mañana. Es rápido y mortal como una cobra. Nadie en el ludus se mide a él sin ser herido.

​Si os lo preguntáis, diré que es una apuesta segura.

Su destreza me ha hecho ganar monedas con los púgiles más jóvenes. Por eso logró su libertad. ¿No os lo he dicho? Aulo fue gladiador; un rudiarius que ganó su libertad.

Él no habla del pasado.

Pero dice que un hombre puede ser libre.

​Dice que el truco está en no dejarse matar.

Y no es mal truco.

​Él libera mis cadenas.

El bastardo aferra un puñado de arena caliente y lo coloca en mis manos, invitándome a salir por la Puerta Libitinaria.

​—Vence a y ganarás tu libertad —ha dicho.

Un combate más y seré libre. Uno más.

​Mentiría al decir que no tengo miedo.

Emerjo al exterior y saludo a la multitud, gladio en mano. Vocifera mi nombre, pero no lo oigo. Me entrega su calor, pero no lo siento.

Caronte y sus esclavos arrastran con garfios los cuerpos sin vida de los últimos condenados. Detrás, un gladiador espera sin inmutarse. Es mi adversario, Táutalo, un hispano de piel cetrina.

​El emperador Tito Flavio Domiciano, vestido de blanco, aparece en el palco. El recinto enmudece.

​—¡Ave, César, morituri te salutant!

​Las palabras salen de mi boca con voz de trueno.

Ni siquiera recuerdo haber movido los labios. El emperador, Tito, junto a la emperatriz Domicia Longina, inclina la cabeza.

​Táutalo empieza a moverse a mi derecha sin demora.

Primero despacio, después con celeridad. El espectáculo da comienzo con una combinación de golpes. A pesar de hacerme retroceder, están lejos de alcanzar su objetivo. Ahora la plebe clama enfervorecida ante las acometidas del hispano. Han prendido los ánimos del anfiteatro.

Las palabras de Aulo retumban en mi cabeza.

​Victoria. Libertad.

​Me alejo de la tempestad de acero; siempre atento a la pierna izquierda de Táutalo, que es la que carece de ocrea protectora. Los golpes llueven con más violencia y son absorbidos por mi scutum. Al amparo de este, asomo la cabeza y vuelvo a ocultarla tras intuir la hoja de Táutalo. Todo es demasiado rápido. No hay invitación al contraataque. Me arrastra hacia las localidades senatoriales sin que yo logre efectuar un solo golpe de espada. Si no reacciono, me quedaré sin capacidad de maniobra.

​Las apuestas deben de estar en mi contra.

​Táutalo no deja de martillear mi escudo.

Clavo la rodilla izquierda en tierra e intento sin éxito penetrar su defensa por debajo. Tres veces busco la carne desabrigada del ibérico. En un alarde de velocidad, su hoja lame la manica que cubre mi brazo derecho, sin llegar a penetrar por completo.

​No acuso la herida.

Finjo el dolor.

Eso disparará las apuestas.

​Me revuelvo con la rabia fingida.

Lanzo un ataque furibundo que Táutalo esquiva. La multitud aúlla mi nombre. Agradece el esfuerzo. Pero es Táutalo quien domina la refriega. Tan aclamado y tan solo al mismo tiempo.

​Deseo que las apuestas suban a favor de mi contrincante.

Solo entonces acabaré con su vida.

​Siento una convulsión cuando Táutalo alcanza mi casco con el plano de su gladio. La violencia del golpe me avisa: es hora de enviarlo con sus dioses.

​Oscuridad. El anfiteatro enmudece.

​¿He muerto? No. Solo estoy conmocionado. Soy viejo y entiendo lo sucedido. Reconozco las sensaciones ya vividas. Recupero la verticalidad. Táutalo está extenuado pese a su juventud. Su pecho se infla como el fuelle de un herrero. Me mira.

​Nada de esto es nuevo.

La fuerza de juventud de mi rival se ha evaporado estocada tras estocada. Me acerco al abrigo de mi escudo. Él busca mi flanco derecho, vacilante. Leo sus pensamientos: anhela acabar con esto y regresar a casa. Desconoce que he apostado una suma importante de sestercios en su contra. Que nada de esto es real. Excepto su muerte.

​Dejo que golpee mi escudo.

Intercambiamos combinaciones para que la turba ruja. Nada importa. Permito que su acero silbe cerca de mi cabeza. Retrocedo tambaleándome, como si fuera a desplomarme agotado: Táutalo ve lo que yo quiero que vea.

​Es simple. Como actúa un general en batalla. Si eres fuerte, finge debilidad.

Sus movimientos son más pausados; el peso de su armadura le pasa factura y piensa que yo estoy en su misma situación. Arrastro de forma deliberada el escudo por la arena, dejando huecos por donde pueda penetrar una hoja. Envío señales equivocadas para provocar su ruina.

​Ahora el peso de mi escudo se me antoja insoportable.

Táutalo lo intuye y se abalanza sobre mí como un demente. No puedo evitar sentir lástima por él. Lanza cuatro tajos que solo cortan el aire. Emerjo de la protección de mi escudo, hinco la rodilla y barro el suelo con mi espada. Táutalo intenta levantarse. Pero no puede. Le he cortado los tendones de los tobillos.

Está hecho

El viejo león derrota al joven.

Y mi bolsa está llena.

​Informo al amo de que no deseo mi libertad.

No se sorprende.

Mientras cuenta las monedas, me mira con reproche.

Siempre la misma historia. Conozco estas sensaciones. Mi nombre no importa. Observo el mundo con los ojos de un esclavo.

​Mañana será otro día en pos de la libertad.


Texto actualizado y revisado en Abril de 2026




8 oct 2017

Soledad y Arena

Recibo la acometida y muerdo el polvo. Oscuridad. Silencio. El anfiteatro ha quedado mudo. ¿He muerto? No. Sólo estoy conmocionado por la brutalidad del golpe. Soy demasiado viejo para no comprender lo sucedido. Conozco todas estas sensaciones. Las he vivido con anterioridad. El instinto me hace recuperar la verticalidad. Táutalo está cansado. Pese a su juventud, su pecho se hincha y deshincha como el fuelle de una fragua. Ahora me mira con odio, su casco yace en la arena, junto a un charco de sangre. Hago lo propio y arranco el mio de mi testa; una ligera brisa me golpea el rostro...

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