Robert Balian

Robert Balian ingresa en la posada y enfila las escaleras que conducen al piso de arriba con paso firme. No recuerda el nombre de la última fémina con la que ha yacido en este lugar, aunque tampoco le importa demasiado. Los recuerdos vienen y van y no piensa demasiado en ellos, sobre todo en aquellos que más dolor le ocasionan. A sus cincuenta años, ha aprendido que lo blanco puede ser negro y que lo negro, por lo general, puede serlo todavía más. Sabe por experiencia que existe una línea demasiado estrecha y afilada entre ser un prometedor guerrero al servicio del Imperio y perderlo todo. Y nadie sabe más que él sobre perderlo todo: esposa, hijo, el favor del emperador...
    El paso fronterizo entre Dumus y Cunaxa, al sureste de Enca, ha traído a su memoria los tiempos en los que el emperador Jaca gobernaba el continente con puño de hierro, los días en los que él mismo lucía con orgullo la capa escarlata de la Orden de los Duelistas como guardián del Imperio. Qué estúpido y vacío se siente al rememorar aquellos días de vino y rosas, cuya mayor preocupación consistía en cómo colocar su espada. Sonríe con tristeza y con algo de vergüenza al recordar que a él le gustaba llevarla ceñida a la cintura a la vista de todos; sin embargo, al tratarse de una hoja de una longitud considerable, no le permitía moverse con normalidad. Qué joven tan arrogante era. Ahora el mandoble descansa asido a su espalda, en una posición cómoda que causa un efecto disuasorio para quienes lo contemplan.

Sube las desgastadas escaleras de dos en dos derrochando vitalidad, con su casaca de piel rojiza floreando los escalones de cedro devorados por el tiempo y la carcoma. Con la voz de quien está acostumbrado a dar órdenes y que sean cumplidas, ordena a su asistente que notifique a los cachorros, o perros de la fe, como se conoce a los nuevos acólitos de la Hermandad, que tengan los ojos bien abiertos ante posibles anacronismos.

Las puertas de las habitaciones se encuentran custodiadas por estos mismos cachorros, en su mayoría jóvenes que todavía no han entrado en combate, y mucho menos se han enfrentado a los chupasangres, como el que yace encadenado en la cama tras la puerta del fondo, cuya responsabilidad recae en un oficial del Temple de la total confianza de Robert Balian: Sabiat Morgen.

La luz del candil dibuja sombras en la pared del primer piso, dotando de un aspecto aún más tétrico el lugar. Robert camina con esa zancada exagerada suya que lo hace singular, haciendo chocar los talones con fuerza sin apenas despegar las botas del suelo, emitiendo un estruendo que anuncia su llegada. El olor a vino y sexo golpea su nariz al aproximarse y realiza una mueca de desdén, Morgen abre la puerta de la estancia para que entre, y borra de su rostro todo rastro de turbación, haciendo caso omiso del penetrante hedor que flota en el ambiente, así como de la veintena de miradas que siguen todos sus movimientos

El templario barre el lugar con ojos expertos, las chapas de recubrimiento decorativo de caoba adheridas a la pared, aunque resistentes a hongos, han sido atacadas por las termitas y las tres lámparas de aceite que cuelgan de ellas e iluminan la habitación, han ido formando parches descoloridos ahí donde las llamas han ido lamiendo la madera con insistencia a través del vidrio. Sobre una mesa desvencijada, las patas reparadas y pintadas de negro, descansan dos jarras de terracota con restos de vino, junto a un acero tan antiguo que a Balian se le antoja que sería posible leer la historia de la humanidad a través de su filo.

Una pieza antiquísima de incalculable valor.

—¿Se sabe algo de Von Hilban? —pregunta.

Morgen niega con la cabeza y el templario tuerce el gesto.

La mujer pasa por su lado descalza y cubre sus pechos sin demasiada urgencia, con una sonrisa que arrebata el sentido, pero no exenta de peligro. Se mueve con gracia felina y una sábana de seda es cuanto posee para ocultar su desnudez. Sus miradas se encuentran y él asiente con gratitud algo ruborizado, mientras se alisa con la palma de la mano el cabello grisáceo. Siente un profundo respeto por la dueña de esos ojos azules en los que más de uno se ha ahogado preso de la desesperación; incluso él mismo ha nadado a contracorriente en ellos en algún momento del pasado, agarrado a una jarra de vino barato.

—Señora…—Ella lo mira con una sonrisa radiante, tiene el cabello recogido en un moño y los labios rosáceos y carnosos entreabiertos. Huele a sudor y parece agotada, pero no es un olor desagradable por el que el veterano deba sentir rechazo. La fémina ha cumplido con su parte del trato, criticarla por cómo desempeña su trabajo es un ejercicio de cinismo en el que él no está dispuesto a caer ni ahora ni nunca.

—General…—contesta Estrella sin apartar la mirada, algo de lo que muy pocos pueden jactarse.

Él arroja un tamal lleno de monedas de oro a sus manos e indica la puerta de salida con un movimiento de cabeza; ella no hace mención de contarlas, sabe que el templario es de fiar y que muy pronto volverá a reclamar sus servicios. Morgen susurra algo en su oído relacionado con el prisionero encadenado de pies y manos a la cama, el portador de la casaca roja realiza un gesto indicando que se hace cargo y avanza sin vacilar hasta el catre. La criatura, en apariencia humana, lo reconoce y trata de soltar sus ataduras inútilmente. El fuego ancestral de miles de lunas baila en sus ojos violetas con fiereza. Posee una mata de cabello blanco y liso que le llega hasta la cintura, una melena nívea que delata la naturaleza que el oficial tan bien conoce.

«No es Von Hilban», se dice Balian.

No lo es porque, de lo contrario, no serían cachorros de la fe quienes abarrotan los pasillos del establecimiento, sino oficiales bregados que en algún momento han cruzado aceros contra un vampiro y han vivido para contarlo. Aunque ni mucho menos esto significa que la operación que hoy se desarrolla carezca de importancia o deba ser tomada como un mero entrenamiento. No pocos miembros de la Hermandad han perdido la vida en misiones como ésta por la estúpida creencia de pensar que a ellos no les sucedería lo mismo que a otros. Los jóvenes creen. Los veteranos desean olvidar. Los juegos mentales tras acabar con un vampiro, las visiones que éstos proyectan en las mentes de los templarios, han acabado con más vidas que el filo de la espada. Se requiere de una mente fuerte para soportar el trance, y ni siquiera ello te asegura la supervivencia.

Es algo que sabe Robert Balian, veterano con treinta años de servicio arrastrando el peso del pasado sobre su espalda, sin proferir lamento alguno. Pero la eterna persecución empieza a hacer mella en él y devora poco a poco al hombre que un día fue. Su brazo sigue siendo poderoso y son pocos los rivales que pueden igualar su habilidad, por su entrega y determinación, es el hombre indicado para este trabajo, pero hace tiempo que dejó de ser un muchacho y empieza a creer que esta guerra desigual en la que se halla inmerso, es imposible de ganar.

Suspira tratando de sacudirse el agotamiento de encima.

En ocasiones, desea que sea otro quien se haga cargo del asunto, pero sabe que para este trabajo hay que nacer.

Balian advierte que Morgen niega repetidamente con la cabeza, con el desaliento en el rostro, soplando como un animal.

—No quiere hablar, Robert —dice exasperado—. Mis hombres y yo lo hemos interrogado y no ha soltado palabra.

El templario no se sorprende y tampoco está dispuesto a perder el tiempo con el chupasangre; pues no es Von Hilban y detesta hablar con unos seres tan orgullosos que sienten un odio tan profundo por la raza humana, a la que consideran inferior. Además, no tiene sentido esforzarse cuando no soltar palabra es la regla y no la excepción. Torturarlos tampoco sirve de nada, y es mucho más lo que se ha averiguado de ellos a través de las visiones, aunque peligrosas, que en las salas de interrogatorio.

—Ni falta que hace —contesta él.

La criatura levanta la cabeza, haciendo asomar las venas del cuello, y lanza un escupitajo a los pies del portador de la casaca.

Aunque este gesto desagradable no puede considerarse una conversación fluida, el templario se da por satisfecho.

Nadie en la estancia habla al contemplar lo sucedido, como si una bibliotecaria hosca se hubiese llevado el dedo a los labios.

La voz de Robert Balian hace añicos el interminable silencio.

—La lista de quienes desean verme muerto es extensa y no tengo intención de hacerlos esperar. Sin embargo, tu tiempo en mi mundo acaba esta noche. Dime, ¿puedo hacer algo por ti antes de…?

—Ofréceme una copa —susurra el chupasangre.

—¿Problemas con la bebida?

—Tengo el flujo de esa fulana traicionera corriendo por la garganta. ¡Que alguien me ofrezca un poco de vino, por favor!

Robert mira a uno de los cachorros y asiente.

Éste cierra los dedos en torno a una de las jarras de la mesa, sin preocuparse de limpiar los restos del somnífero con el que Estrella ha conseguido doblegar al engendro, y la acerca hasta Balian; es él mismo quien lleva la jarra a los labios del vampiro, que bebe el líquido con avidez.

La terracota se hace añicos contra el suelo instantes después.

Robert extrae un par de guantes de cuero de la casaca y cubre sus manos. Lleva desarrollando esta actividad desde hace treinta años. La hoja se eleva por encima de su cabeza y, sin quitar la mirada del ser que ha deambulado por el mundo cientos de años, ruega a Kasei que guie su brazo y proteja sus sueños de visiones perturbadoras. La testa del reo rueda con una mueca burlona. La sangre salta y mancha las ropas de Balian.

«¡Nunca me acostumbraré a esta mierda!», piensa.

Acto seguido, arroja el acero sobre la cama y se desprende de los guantes, aguardando con temor lo que viene a continuación. Las visiones aparecen con un fuerte dolor y Balian se lleva las manos a la cabeza, los ojos abiertos de par en par, y lanza un alarido que hiela la sangre de los presentes.

Destellos cegadores cuyo final siempre terminan en sangre desfilan por su mente. Son más de trescientos años de muerte y destrucción con los que la criatura ha obsequiado al mundo. Una visión tras otra, cada asesinato, cada tropelía cometida, pasan por delante de un Robert Balian que, una vez más, recorre los pasillos de su mente en busca de una puerta tras la que poder resguardarse de las imágenes que lo atormentan. Criaturas de la oscuridad aparecen ante él, siendo testigo del nacimiento del monstruo en algún lugar de la antigua Valaquia; sin embargo, no desea saber nada y consigue protegerse tras una puerta abierta, en algún rincón remoto de su mente.

La habitación es oscura y apenas contiene recuerdos.

Balian sabe que Von Carstein, así se llamaba el prisionero, tras cortarle la cabeza ya no puede dañarlo; sin embargo, otros como él si pueden hacerlo y no se detendrán hasta conseguir destruir su mente. Las paredes de la habitación retumban con un estrépito ensordecedor, y grandes nubes de polvo se desprenden de las juntas temblorosas de los ladrillos con cada embestida, mientras las visiones tratan de entrar.

No se detendrán. Robert apenas ve más allá de lo que tiene delante, de esta guisa revuelve los escasos recuerdos y reúne los más significativos, dispuesto a hacer de la sala una fortificación inexpugnable. Por un campo de amapolas rojas corre Valiente, un buen perro que lo acompañó gran parte de su niñez y que, haciendo honor a su nombre, no le temía a nada. Entre los recuerdos halla también una vieja espada que perteneció a su padre; una guitarra vieja, a la que le falta la cuarta cuerda; dos grebas de bronce bastante abolladas; una protección petral de algún equino que pereció durante la batalla y un amor de burdel.

Nada de otro mundo, si no fuera por la presencia del fiel can. Ahora los ladrillos, de un rojizo desgastado y polvorientos, pueden derrumbarse uno tras otro o ceder el muro al completo, porque Valiente no permitirá que le suceda nada, y esto permite que las arruinadas defensas de Robert vuelvan a fortalecerse.

El templario acaricia las orejas puntiagudas del perro, que recibe el arrumaco con infinito agradecimiento. No le cabe duda que es el verdadero bastión, el recuerdo al que debe agarrarse para superar el trance. Balian apoya la espalda en el tronco de un árbol, nudoso, con una veintena de ramas que se retuercen en todas direcciones, y acaricia las cuerdas de su vieja guitarra con un rasgueo que arranca un lamento largo tiempo olvidado. Sus dedos empiezan a recordar, y adquieren velocidad, con cada acorde que arma, siempre tratando de evitar la cuarta cuerda, el bordón más sensible a las caricias de un guitarrista. Con Valiente a su diestra, lamiendo su codo derecho, la desgastada espada de su padre a poyada sobre el tronco, y su vieja guitarra mutilada, Robert decide entonar una canción dedicada a aquel amor de burdel; su mente está en paz, nada malo le puede pasar.

Oye voces procedentes del exterior cuando está a punto de terminarla, y siente cómo unas manos lo zarandean invitándolo a regresar. Los muros de la morada han resistido y los recuerdos comienzan a desdibujarse: la vieja espada, la guitarra, las grebas de bronce, el amor de burdel, todos son ordenados con mimo en un estante recién readaptado, otorgando un lugar de honor en el centro a Valiente.

—Ya pasó, señor —grita alguien a su espalda.

Robert trata de enfocar el rostro que tiene delante, pues se halla demasiado cansado tras pagar el elevado precio de matar a un vampiro, y aduras penas reconoce a Morgen.

    —Tenga, señor.

    Morgen ofrece algo de vino a Robert, que bebe con avidez.

    Balian advierte que muchos de los cachorros han entrado a la habitación, e imagina que el espectáculo organizado durante las visiones habrá servido para hacerles entender que esto no es una broma. No es sencillo soportar tales juegos mentales y muchos buenos templarios, demasiados, han tenido la desgracia de sucumbir al trance y jamás han regresado.

    «Hombres valientes reducidos a cascarones vacíos».

    Balian introduce la testa de Von Carstein en un saco sin demasiado cuidado, agradeciendo desde lo más profundo que el vampiro apenas contase con un par de siglos de vida en la tierra. Tiene su lógica: a mayor edad, mayor es el número de tropelías cometidas por el engendro y, por ende, mayor resulta su maldad. Recoge el espadón de encima de la cama y lo devuelve a su vaina, para él es una auténtica pena, y un desperdicio además de una soberana injusticia, no poder disponer de un arma de tanta eficacia durante las visiones. Un combate desigual, contra un enemigo que no es de este mundo. Siente cansancio en los músculos, sobre todo en aquellos de los que más abusó en su juventud; muslos, debido a las largas cabalgadas; antebrazos y bíceps, los cuales han sufrido un importante desgaste por el uso de una espada nada ligera. Se detiene un instante y mira los ojos de algunos de los muchachos que aguardan sus órdenes con inquietud, también los de Morgen, y se siente viejo por fuera y por dentro. Son treinta años recorriendo pasillos oscuros en su mente, apuntalando puertas, y tiene la terrible certeza que el día menos pensado una de esas puertas, uno de esos muros tras los que se esconde, se vendrá abajo y su mente no logrará soportar tanta desolación.

    Hace una seña a Morgen con la cabeza, dando por terminado el asunto, y éste lo sigue a través de las escaleras, donde siguen congregados buena parte de los cachorros del Temple. Al llegar al estrecho hall, Estrella lo saluda con una inclinación de cabeza, que Balian devuelve con más energía de la que hubiera deseado en realidad. Pero es que ella es bella, y las sombras alrededor de sus ojos por la falta de sueño, le confieren una de esas miradas arrebatadoras a las que ningún hombre puede decir no.

El alba comienza a despuntar cuando abandonan la posada.

    Dos huéspedes, arropados con sendas mantas, dan los buenos días a Balian y a Morgen cuando ambos templarios emergen al exterior. Ha sido una noche larga para todos, pero sobre todo para Balian, que no desea otra cosa que poder descansar en una cama mullida tras un buen baño caliente.

    —Señor…

    Balian se da la vuelta con cara de pocos amigos, con el pie metido en el estribo y la mano derecha cerrada sobre las crines de su caballo, y un mensajero de la Santa Sede avanza hacia él con un despacho en la mano; Balian lo observa con atención y, tras evaluar su estado, decide que el jinete procede de muy lejos, lo que siempre significa malas noticias.

    —Traigo un recado muy importante del Santo Padre, señor.

   Balian advierte que el correo ha puesto mucho más énfasis al decir «muy importante» y «Santo Padre».

    —¿Cuántas paradas?

    —Disculpe, señor… 

   —¿En cuántas casas de posta te detuviste? —Balian formula la pregunta y apremia al jinete a contestar moviendo la mano.

    —Cuatro, señor.

    «Cuatro de ocho —se dice a sí mismo alarmado—. Sin duda se trata de algo importante».

    —Entrégamelo.

   El despacho, aunque algo deteriorado, viene cerrado y con el sello del Santo Padre en rojo: dos águilas con las alas abiertas. Balian lo abre y Morgen estira el cuello de forma involuntaria. Tras leerlo, Robert se lo pasa a Morgen sin decir nada y clava los ojos en el abatido jinete, el cual parece haber envejecido diez años tras completar la misión.

  —¿Dices que ha vuelto a suceder? —pregunta Balian, señalando el despacho que sostiene Morgen.

  —Nuestro señor desea que viaje de inmediato a la región de Galies y se ponga al mando de un escuadrón papal. En efecto… ha vuelto a suceder, señor.

—¿Te refieres a los asesinatos?  —pregunta Robert Balian.

El jinete asiente incrédulo, como preguntándose a qué más se puede referir. Robert Balian se pellizca el puente de la nariz con el pulgar y el índice y mira a Morgen, enojado; después le hace un gesto con la cabeza y el oficial salta sobre su caballo.

—Parece que cierto profesor fastidioso de Galies ha logrado lo que pretendía —brama Balian a Morgen—. Tenemos trabajo, viejo amigo.




3 comentarios:

  1. Exquisito... gracias por no abandonar! 😋

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  2. Como siempre. Tú sigue. Eres uno de los pocos escritores que leo con gusto.

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  3. Muchas gracias, Eowyn.
    Estoy experimentando con el tiempo narrativo en tercera persona tiempo presente, de modo que espero que lo hayas disfrutado.

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