Craso Error




¡Me cago en la virgen! Pero qué pesada se está poniendo la vieja con las putas albóndigas. Ni que me fuera a morir por no cenar.
Esta mujer se pasa la vida siempre igual. Ella erre que erre con su mierda, con sus tonterías de los cojones, sin dejarme oír el documental de Alejandro Magno que emite el canal Historia, y encima se pone a llorar que te cagas si le grito. Pues que llore.
Yo sólo quiero que me deje a mi jodida bola y que no esté todo el santo día tocándome los cojones. Entro en el salón y me como una puta albóndiga para que cierre el pico y tal. Otra vez están en el telediario con la mierda esa de la vieja, como si no existiera nada más, me refiero a la momia que dieron matarile para robarle. Qué movida más chunga, joder. Pero a mí me la trae floja. No me afecta en absoluto porque necesito estar súper concentrado para lo de esta noche. Y, por la jodida puta cuenta que me trae, estaré más concentrado que un jodido espartano en las Termópilas. Así de chungas están las cosas, cojones.
Me pongo los Levi's 501 y las Nike de diez talegos, la camiseta de tirantes tope marronera, la alpha plateada y los sellacos de oro que me pillé el otro día en la fundición, todo sin perder ojo al bueno de Alejandro en la tele. Me gusta pensar que el macedonio y yo poseemos muchas cosas en común. Ambos somos militares de corazón, entregamos nuestra vida al servicio de las armas y, ni que decir tiene, lo hicimos cojonudamente bien. ¿No estás de acuerdo, Iskander, viejo amigo?
Desde luego que lo estoy, Jambo. Hicimos lo que había que hacer cuando nadie daba una moneda por nosotros. Acabamos con esos persas follaovejas y sus escudos de mimbre. Hicimos lo que se esperaba de nosotros, sin más, y lo volveríamos a repetir.
Por supuesto que lo volveríamos a repetir, oh rey. Sólo que esta vez daríamos antes caza al cabrón de Espitámenes para no tener que perseguirlo por todo el desierto. Dicho esto, pillo el cinturón de la hebilla con el que le abrí el cabezón al cabrón del Rizos, beso el retrato de Soledad, mi Sole; “doña me encanta que me hagas pajas cuando voy toda encocada”, y salgo cagando leches al parque.
Normalmente no cogería el autobús e iría dando un paseo y tal, estirando las putas piernas, pero paso de patearme la ciudad y cruzar por delante de todos los nazis que se ponen en la puerta de la disco. Es mejor no tener bulla con los jodidos nazorros, por si algún día te los encuentras de golpe en el talego y tal. Aquí las cosas funcionan así: le echas huevos, eres el puto amo y nadie te tose. Pero en el jodido talego no basta con eso: si nadie cuida tus espaldas estás más que muerto, así de claro…
Ni que decir tiene que no es mi caso, joder. Yo me enrollo con la peña y por eso me respetan. Respeto. Algo que desconoce el puntillo que está sentado en el asiento de delante, un niñato pijo que se cree mejor que yo porque lleva zapatos y camisa. ¡Pues mierda para él! Si de mí dependiera, el verde del uniforme militar prevalecería por encima de todas esas prendas de maricas con las que ahora visten todos los mendas: jersey de punto y demás. El bujarras huelegayumbos no ha dejado de mirarme desde que he subido al bus; es como si supiese que llevo puesto el calzoncillo verde del ejército y quisiera olerlo. Al final le voy a soltar una hostia en toda la boca que le van a saltar los dientes. Lo miro al careto, en plan Iskander el conquistador, hasta que el pequeño cabrón insurgente baja la vista proporcionándome un placer indescriptible.
Jambo 1 Mierdecillas 0.
Así están las cosas, joder. Está claro que se ha cagado y tal. No obstante, no he pasado cuatro años de mi vida en los putos paracas para aguantar mierdas de este tipo. Yo soy un puto gato negro y él un gatito casero recién destetado. Me resulta tan fácil someter a estos mierdecillas que van de kiowas, ponerlos en su sitio, que deberían darme una maldita medalla. Se me da bien, la verdad. Me siento tan satisfecho que, si tuviera una puta barba extensa de puto leñador heterosexual del puto jodido bosque, la acariciaría sin cesar para que todos supieran quién es el gato con más estilo del barrio. ¡Coño, la puta parada!
Me levanto y el mamón de la camisa se pone más tenso que Walker, echando esa cara de teleñeco para atrás para que no le dé con todo lo gordo. Menuda nenaza descerebrada. Pasó de él y me bajo del bus de un salto, dando un susto de muerte a un par de ancianas que vuelven con la compra. Una de ellas se cambia el bolso de mano y apoya la espalda contra la pared, como si así no pudiera quitárselo. Entonces miro más allá de los rulos que lleva en el pelo y me quedo con la boca abierta: hay una pintada en el muro adyacente acordándose de todos y cada uno de mis reverenciados ancestros: ME CAGO EN TOS TUS MUERTOS, JAMBO. Y otra más adelante: JAMBO VA DE LISTO Y ES UN PUTO PUNTILLO DE MIERDA.
Hostia puta que mal rollo, joder. Esto sí que me cabrea de la leche. Hay más pintadas pero las ignoro; misma letra, mismo spray cereza, mismo subnormal que cuando lo pille está muerto. ¿Acaso te parece esto medio normal, gran Alejandro?
Me siento tan enfurecido que apenas soy capaz de controlar mi daimon. Mi mente repite con insistencia que no es para tanto, pero en el fondo anhelo algo parecido a lo ocurrido en Tiro.
Y es exactamente lo que sucederá, oh mi rey. Si dejara sin castigo la ofensa de cualquier Darío con el que me cruzara en el camino, por pequeña que ésta fuese, me convertiría en un paria de la noche a la mañana. Es como cuando Clito el Negro osó en aquél banquete echarte en cara la integración de algunos persas en el ejército. Cierto que era uno de tus mejores lugartenientes, pero el bastardete se llevó lo que andaba buscando y un poco más: la fría moharra de una lanza bien hundida en el estómago. Así que yo prometo lo mismo más sus jodidos putos intereses.
Hablando en serio, joder. Es evidente que algún subnormal quiere tocarme los putos cojones con mierdas de críos. Ir por ahí pintando paredes me parece lo puto peor. Es lamentable ver a un jodido abuelo, estropajo y bote de lejía en mano, intentando borrar esa gran polla venosa que han pintado en el ladrillo de su flamante chalet. ¿Pero qué le ocurre a la gente a partir de ciertas edades? Pero, ¿de dónde coño han sacado a este puto pringado? Use disolvente, buen hombre, es la única forma de borrar esa mierda. Use disolvente y después llene una jodida bolsa y meta la nariz e inspire con fuerza. Ya verá que globazo se agarra. Y de paso dele un poco a la ñoña de su mujer, igual se pone toda cerda y se abre de patas. ¡La Paca me ha hecho una mamada y no es Navidad! Menuda vida de mierda tienen algunos…
Saludo a una titi amiga de mi prima al llegar al parque y salto la valla sin tocarla, haciendo que a la gatita se le haga el chocho Pepsi-Cola. Hay unos cuantos mendas sentados en el banco que está más cerca del túnel donde trapicheamos, y los mongolos empiezan a vociferar no sé qué mierda de puntillo en cuanto me ven llegar: está claro que han visto las putas pintadas. Estos gatos siempre están metiendo el puto hocico en el cacharro del pienso. Son pequeños felinos de uñas frágiles que al hallarse en grupo hacen acopio de pequeñas cantidades de valor para poner a prueba el liderazgo del puto rey de la selva. Pues tengo putas malas noticias para todos vosotros: estáis cometiendo un terrible craso error.
—¿Qué pasa pues, puntillos? —suelto nada más llegar, y le endiño un señor pepito en la frente al primero que se me acerca a chocar la mano; todos rompen a reír y el notas se queda con cara de gilipollas. No sabe ni por dónde le ha llovido. El menda pone cara de ofendido y se dispone a decir algo, pero le lanzo una piedra de costo para que se haga unos cuantos porros y cierre el pico: aún no lo sé, me entero de la movida después, el tema de conversación de estos bastardetes gira entorno a la vieja que han matado para robarle las joyas.
—¡Menuda china, Jambo! ¿Has matado a alguien o qué?
Quien pregunta es Sergio, un gato negro como yo y el único del grupo que realmente merece la jodida puta pena.
Le digo que me he cargado a su puta prima la coja, y enchufo el canuto que Gonzalo, “don pepitos en la puta frente”, se acaba de currar. Le meto dos caladas y se lo paso a Sergio, ignorando a Gonzalo de forma deliberada, porque que tiene que seguir currando como un negro si quiere fumar toda la noche de gorra.
Son cuatro en total: Sergio, Gonzalo, Cadenas y Alumbrado. A este último lo llamamos así porque el hijo de puta está todo el santo día en la puta parra, sin duda a causa de los tripis que se ha comido y tal. El tipo no deja de mirarme el colorado que adorna mis dedos; observa los sellos como si estuviera pensando darme el puto palo. Sergio también ha dicado la puta movida y me hace señas para que se los enseñe, y yo no veo el problema porque eso me brinda la oportunidad de vacilar un poquito más.
Está todo emocionado, hociqueando el material y dándoselas de puto gángster del oro, cuando oímos el inconfundible sonido del kit yasuni de una pedorreta acercándose: se oyen más tubos de escape y vemos a un fulano con un casco naranja aparcar su mierda de moto a cierta distancia de donde estamos. El resto lo imita: alphas plateadas en plan skinetes, pantalones de chándal Nike y Adidas. Gatos con uñas afiladas que saben usarlas…
—Vamos…
Sergio se levanta del banco y empieza a tirar millas directo a los fulanos, sin mirar siquiera si le seguimos los pasos. Cadenas, junto a Gonzalo, que es un cagón y seguro que nos deja tirados a las primeras de cambio, van tras él y le cubren las espaldas. Sólo quedamos Al y yo, que saca una germana de la bomber verde y me sonríe como si nada. Parece que después de todo tendremos bulla con estos cerdos que le robaron las pastis a la hermana de Sergio. Así están las cosas, una vez más, y ya van unas cuantas. Así que más vale que Alumbrado sepa utilizar su artilugio de abollar creencias, o cómo coño lo llame, porque estos mendas nos van a dar matarile del bueno. No veo forma honrosa de salir de esto.
Creo de verdad que habría sido mejor no acudir a tan funesto evento. Empiezo a notar esa ansiedad en el estómago que me aborda con tanta facilidad en estas situaciones. Sergio y uno de los felinos se chocan las cabezas intentando dirimir quien tiene más cojones de los dos, sin dejar de insultarse en todo momento. Alumbrado mira un par de veces en mi dirección, y el bastardo  me apremia para que me dé puta prisa, porque estoy andando tan despacio, tan descaradamente despacio diría yo, que parece que he entrado en la reserva. A pesar de hallarnos en pleno verano, llevo puesta la alpha como buen kie, así que sudo como un puto pollo. Esto es lo que yo llamo un puto marrón de cojones por la jodida cara: enfrentarte a medas que te pueden coser a puñaladas por movidas que no son tuyas. No es que sea un puto acojonado de mierda, pero no me gusta ir por el mundo en plan defensor de putillas comepollas que hacen su agosto vendiendo pastillas: al César lo que es del César, coño.
Pero ya es tarde para quejas, y más cuando la reputación está en juego. Cadenas y el mierdas del Gonzalo están aumentando la suya al no separarse de Sergio; retando al resto de gatos con la mirada, que al no echar para adelante ante las provocaciones de éstos, sospecho que están de acuerdo en una pelea uno a uno. Cosa que a mí me parece súper cojonudo.
El descubrimiento me envalentona y tal. Es fácil ir de vacilón cuando no eres tú el que se va a romper la cara, siempre ha sido así y siempre lo será. Si estos tíos respetan las reglas del juego, si a ninguno le da por hacerse el puto héroe, todo quedará entre Sergio y el otro tipo, así de sencillo. Estoy a dos pasos de todo el puto meollo, excitado que te cagas, incluso cachondo, cuando a lo lejos veo aparecer al novio de mi hermana pequeña con un montón de peña. Echo un vistazo rápido y hago balance del panorama: Sergio parece que tiene la cosa más que controlada y está logrando achantar al otro menda; y lo mismo ocurre con sus colegas, que al fin han comprendido el error que han cometido viniendo hasta aquí.
Puedo leer en sus ojos que no lo están pasando nada bien, sus rostros se crispan hasta deformarse porque perciben el peligro. Todos ellos empiezan a ser víctimas del nerviosismo, sobre todo ahora que mi cuñado levanta la mano y me saluda. Esto es lo que ellos ven: a un mastodonte que te cagas con muchos otros como él. Esto es lo que yo veo: a un puto gigante verde de casi dos metros de altura que reparte unas hostias como panes. Y como Sergio y el resto no se han percatado aún de su presencia, aprovecho el instante para que mi puta maldita reputación sea catapultada hasta las estrellas: siento la sangre correr por mis venas, sin duda entusiasmado por la presencia de mi cuñado, así que lo apuesto todo a una carta ganadora. Porque soy de los que apuestan sobre seguro, y estos tíos han cometido un gran error al venir a nuestro barrio tan a la ligera. Craso y cojonudo error, hermanos, que vais a pagar en tres, dos, uno...
Me arranco el cinturón en un visto y no visto, cuya finalidad nunca fue la de sujetar los pantalones, y voy a por el minino más flaco: es como si mi mente hubiese seleccionado previamente a su víctima. Siempre a por el rival más débil, ni que decir tiene.
—¿Tú qué coño haces, eh?
El tipo se queda flipando, en plan yo no he movido ni un puto músculo, pero como es normal a mí eso me la suda y aprovecho para meterle con toda la hebilla en el gepeto. La sangre brota a borbotones de su nariz y tal, también de la brecha que le he abierto debajo del ojo, así que me aparto de él para que no me manche la alpha. Sus colegas tardan un instante en reaccionar, porque todo ha saltado por los aires, más bien lo hice saltar, en un santiamén; son tipos acostumbrados a movidas como estas, pero cuando quieren darse cuenta tienen la lluvia de golpes encima. Así con todo, para mi fastidio, estos hijos de puta se rehacen rápido del copón e intentan hacer su movida lo mejor que saben. Empiezan a llover las guantadas, los codazos, las patadas voladoras y demás golpes fulañeros por todas partes.
Veo a mi colega Sergio, con el flequillo rubio tan tieso como la cresta de un gallo, agarrar la cabeza del mamón de la moto y estampársela contra un coche. Alumbrado, puta porra en mano, irrumpe con un alarido y empieza a repartir mandanga a diestro y siniestro, como si fuera un puto caballero templario en Tierra Santa. Yo intento mantener a raya con el cinturón a un menda que me saca una cabeza, pero el muy bastardo no se acojona e intenta, una y otra vez, arrebatarme la defensa. A mi derecha, en plan puta bailarina, haciendo como que hace algo, pero sin hacer nada, el mierda de Gonzalo va de un lado a otro amagando con soltar una hostia, haciendo el puto papel de su puta jodida vida.
Le digo que me ayude, pero el soplapollas va directo a por el menda al que le he soltado el correazo, que sigue sangrando sin parar, y la emprende a patadas con el pobre desgraciado, que sólo puede cubrirse el rostro y rezar para que ninguna patada le termine de reventar la cara. Ni que decir tiene que yo habría hecho lo mismo. Me percato de que estoy reculando, a punto de abandonar el campo de batalla, entonces “don te saco una puta cabeza”, que ha hecho de lo nuestro algo personal, consigue arrebatarme el cinturón y me lanza un correazo que no me marca la cara para los restos porque dios no quiere. Ahora los tengo de corbata. Echo un vistazo en rededor, para pedir ayuda, entonces aparece mi cuñado y este cabrón y sus colegas se llevan las del puto pulpo.
Ahora las súplicas resultan lastimeras. Noto un enorme placer al ver a los cabrones arrancar sus pedorretas precipitadamente y salir pingando rueda como las jodidas ratas que son. Sergio sale corriendo detrás de uno, tan ciego de ira que temo que pueda matarlo, y le endiña un golpetazo en plena riñonada con un casco sin dueño; el infeliz hace un par de eses sobre la Yamaha y a punto está de dar con los huesos en el suelo.
—¡Tu puta raza, maricón! —grita Sergio, que se quita la chaqueta que le ha comprado a un mangui del barrio para evaluar los daños.
—¿Estás bien, colega?
El cabrón desagradecido me mira todo enfurruñado, molesto de la leche por haberme metido en su mierda de movida y eso.
—Ese gatazo ha sacado una puta navaja y te la iba a clavar, colega. —Miro a Alumbrado, que no puede volver a plegar la porra porque el animal la ha utilizado de lo lindo—.  ¿Verdad, puto Jean Claude Van Damme? —Ni que decir tiene que éste responde de forma afirmativa. Alumbrado siempre responde con un “Verdad”. Sergio se me queda mirando unos segundos, y me agarra la cara y pone su frente en la mía. Después me dice:
—Me has salvado la puta vida, colega. No lo olvidaré jamás. —Todo en un susurro que hace del momento algo súper épico, en plan Compañeros de Alejandro Magno y esas mierdas.
Le digo que no es nada, que cualquiera en mi lugar habría hecho lo mismo, y hago como si me seco los ojos para que todos entiendan que gracias a mí Sergio sigue vivo. Mañana la noticia correrá como la pólvora por el barrio. Y si consigo recuperarme del pedo que pienso pillarme esta noche, disfrutaré de lo lindo narrando mi hazaña mientras me invitan a unas jarras de cerveza bien frías.
Mi cuñado se acerca y me pregunta, con ese puto vozarrón de gigante, si está todo correcto. Le digo que sí y me lo llevo a un aparte para preguntarle si mañana me puede acompañar a pillar coca. Me dice que no hay problema, que le pegue un toque al busca y que me acompaña. Después hablamos del Barça, que ha vuelto a perder en Mestalla por culpa del jodido Piojo López. Miguel, mi cuñado, se mosquea de la puta leche al acordarse y empieza a decir que son todos unos jodidos vagos, empezando por el Sonny Anderson de los cojones, que ya no le marca ni un gol al arcoíris: Sergio y el resto nos vigilan con descaro, así que trato de poner mi semblante más serio, como si la conversación fuera la hostia de importante.
Hago lo mismo al despedirme: abrazo a Miguel y le recuerdo nuestra cita de mañana, asegurándome que todos lo oigan.
Sergio viene y me pasa el brazo por el hombro, tiene restos de sangre en el labio, y me pone una pelota de unos veinticinco gramos, digamos de cocaína, delante de la cara y sonríe: es su forma de agradecerme que haya machacado al tío que casi le pincha. Después dejo que Gonzalo, Cadenas y el zumbado de Alumbrado me agasajen como si fuera el puto Mike Tyson. Aún estoy disfrutando de mi merecida recompensa, por ser el gato, qué digo gato, la puta pantera más mortífera del barrio, cuando aparece la titi esa amiga de mi prima, la del chocho Pepsi-Cola, que no le llega ni a la suela del zapato a mi Sole. Entonces me vengo arriba del todo y le digo que se venga con nosotros a comernos unos gramos. Ella accede, ni que decir tiene, solo que la zorra ignora que después del colocón se comerá algo más duro. Este gato huele los chochitos en celo a kilómetros. Después de la espantada de Soledad, detecto que esto me vendrá muy pero que muy bien.

18 comentarios:

  1. Bueno, esto también habrá quien no lo entienda...

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  2. Brutal. Como la anterior. Ésta, más peleona que sentimental, pero igual de buena! Felicidades, Toni!!

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    1. Muchas gracias, amiga. La idea es crear una serie con las vivencias de un grupo de manguis camorristas de los 90.

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    2. Te superas cada día! No lo he podido leer entero que me tengo que ir, pero luego me paso a terminarlo Jujujuuuuu Ciao!!

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    3. Joder con la panterita (me encanta lo de gato negro y gato doméstico, lo clavas), no deja a nadie indiferente XD Muy logrado, si señor. Y muy bien ambientado ;) Estaré pendiente para la siguiente ^^ Buenas noches, míster!

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    4. Muchas gracias, amiga. Tus palabras son motivo suficiente para entregar el 100. Buenas noches.

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  3. Eso no me lo dices en la cara!!!! Motherfuker!!!!... en serio esta muy guapo

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  4. Me recuerda a los 90' cuando todos eran unos "pelaos" de mucho cuidado con alpha, polo fred perry, levis 501 y unas nike tiburón xD
    Peinado cenicero en chicos y nuca rapada las chicas.
    Me encanta el texto, es la esencia de esa época Toni.

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    1. Cierto, qué bien lo has descrito. Fue una buena época y ahora me sirve como inspiración. Gracias por leerlo y comentar.

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  5. A esto le llamo yo ECHARLE HUEVOS a un escrito...
    Él que no lo entienda, que sigua en su burbuja.
    Él que sí, que lo disfrute, tal cual lo hice yo.
    (maldición, ahora siento la necesidad de tener una puta barba extensa de puto leñador heterosexual del puto bosque)

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    1. Así se habla, amiga anónimo (ja, ja, ja) te aseguro que no hay nada más placentero que acariciarte la puta barba extensa de puto leñador heterosexual del puto bosque. Gracias por estar ahí siempre.

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  6. Siento de nuevo el aroma de los 90 penetrando en mi nariz, me acabo de meter en una jodida máquina del tiempo y he vuelto a una época que me marcó a mí y a muchos... ¡¡Fantástico texto hermano de batallas!! Me ha encantado de verdad

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  7. Muchas gracias, Hammer. He disfrutado muchísimo al volver a pasear por nuestra Zaragoza de los 90. Abrazaco.

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  8. De nuevo me traslado a una época vivida llena de pasión y locura absoluta! Gracias por el viaje Toni! F A S T

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  9. Es un orgullo para mí ser capaz de obrar semejante cosa.
    ¿Qué es la vida sin pasión y locura absoluta, Fast?
    Gracias por tu comentario. Besos mil…

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