La VI Legión



El Imperio. Lo hacían por el Imperio.
Agatocles y su hermano menor Lisímaco aguardaban su momento arrodillados en la oscuridad. Olía a hierba recién cortada, a boñiga de caballo, cuero y miedo. Fue ese miedo el que hizo que se movieran, recuperando la sensibilidad de sus castigadas piernas al enderezarse. Agatocles miró con orgullo a su hermano, era consciente de que nunca más lo volvería a ver, no hasta haber atravesado el Hadis.
Ambos habían dado sus primeros pasos cómo soldados sirviendo en la VI legión, igual que lo hiciera su padre y el padre de éste. Lo hacían por el Imperio. Nada tenía que ver en su decisión el oro con el que habían sido agasajados por vengar la muerte del emperador. El vil metal, por supuesto, proporcionaría una vida mejor a sus familias una vez ellos hubiesen desaparecido, por esa razón lo habían aceptado.
Agatocles se ciñó el gladio a la cintura con oficio antes de iniciar la marcha. Una oleada de entusiasmo lo embargó durante la carrea. Aún era joven y atlético, se sentía en su mejor momento y se imaginó irrumpiendo en el Hadis en todo su gran esplendor, como hicieran antes que él otros jóvenes caídos en campaña. La brisa meciendo su barba, las tapas de sus botas golpeando la tierra, fueron sólo algunas de las sensaciones que advirtió antes de llegar a la estatua ecuestre del antiguo emperador de Enceladus: el otrora todopoderoso Jaca Mucio Corbulón.
Lo hacían por el Imperio…
La noche era tranquila y Romalea dormía.
Agatocles ocultó su presencia tras el monolito y aprestó su gladio ante posibles imprevistos. Lisímaco llegó tras él; el legionario se movió sigiloso a pesar de su corpulencia y mostró especial cuidado de no aplastar los claveles y rosas que decoraban el mausoleo. Miedo y Terror, las lunas gemelas encargadas de proteger los flancos del dios de la guerra Kasei, lo observaban todo desde un cielo que no había derramado ni una sola gota de lluvia en meses. Agatocles colocó la mano en el hombro de Lisímaco, gesto que el guerrero agradeció palmeando la de su hermano. Uno y otro se habían movido con la confianza que les proporcionaba conocer el suelo que pisaban. Todo marchaba según el plan. No obstante, cerca de la arcada que daba acceso a los jardines, tuvieron que buscar refugio al escuchar el paso de la guardia avanzando a su encuentro.
Pronto la vía Docto, arteria que atravesaba la ciudad hasta desaparecer más allá del Campo de Kasei, donde las legiones ofrecían sacrificios al dios de la guerra antes de cada campaña, fue tomada por quienes acudían a suplir a los guardias que, con paso cansado, muchos con el anhelo de poder cerrar algún trato favorable antes de retirarse, iban llegando. El ruido de gladios y broqueles fue en aumento, asemejándose más al fragor de la batalla que al cambio de guardia. Un soldado tocado con un casco con cimera blanca y anchas carrilleras, en las cuales se podía ver la figura de Kasei tensando su arco, hundió el regatón de su lanza cerca del escondite de Agatocles. El dueño de aquella cimera de fantasía hizo que otro de los guardas se detuviera, poniendo en estado de alarma a Agatocles y a su hermano.
—¿Qué es eso? —oyó Agatocles preguntar al centinela. Lisímaco también lo oyó. Un escalofrío recorrió la espalda del marcial al creer que su hermano había sido descubierto.
—¿Verdad que es bella? —Una daga del Imperio asurio, con el grabado en la hoja de alguno de los muchos sátrapas que rendían vasallaje al Gran Rey, cambió de manos para tranquilidad de Agatocles—. Pon tres dracmas de plata ahora mismo en mi mano y es tuya, hermano.
—Hecho…
Agatocles se obligó a contenerse al oír la conversación; buena parte de su gladio asomaba de su vaina, y lo mismo hizo Lisímaco. La soldadesca departía ajena a su alrededor, sin intuir su presencia. Unos cambiaban mendrugos de pan por agua; otros, los menos, lo hacían por un par de besos a un pellejo de vino caliente. Y al resto sólo le interesaba la tablilla con las órdenes grabadas que habrían de entregar al término de su servicio, a excepción del hombre de la daga.
Agatocles agradeció a Kasei su suerte. Él y Lisímaco hubieron de asistir pacientes al rito que se daba con el cambio de cada guardia: un detalle en el que no habían pensado y que casi les cuesta la misión. Muchos soldados habían dejado los escudos apoyados en sus lanzas mientras llegaba el oficial de guardia. A falta de brisa que lo agitase, el estandarte de Romalea permanecía tan mustio cómo la verga de un anciano en la peor casa de putas de Enceladus. Tan apático cómo Aulo Corbulón en el campo de batalla. La imagen del lobo devorando las entrañas de un cadáver, aunque aterradora, no impresionó a un Agatocles que se hallaba allí para hacer historia; aunque hubo de reconocer que todo sería diferente de hallarse ante el oso de Ulula de Décimo Corbulón, hermano de Aulo y coemperador, pues éste si era un guerrero de verdad…
Por fin el oficial de guardia se personó en la vía Docto. El militar, vestido con la capa roja de la orden de los Duelistas, hermandad cuyo cometido consistía en defender las fronteras imperiales de la amenaza bárbara, irrumpió apremiando a los centinelas para que ocupasen su puesto. Aquello era lo que Agatocles había estado esperando. Sólo entonces Lisímaco y él abandonaron su guarida, henchidos de confianza y sedientos de sangre real, para reunirse con otros dos soldados que aguardaban junto a los pinos soldado que se erigían frente a la morada de Aulo. Ahora eran cuatro valientes, aunque había muchos más ocultos en la noche, cuatro elegidos decididos a impartir justicia, la justicia que debía exigir desde el Hadis Jaca Corbulón. Se deshicieron sin apuro del centinela que guardaba la entrada y uno de ellos ocupó su puesto. Una vez dentro, avanzaron con sigilo por los pasillos, sólo acechados por el baile de sombras que proyectaban las lámparas ancladas a la pared, y velaron armas a la puerta de la alcoba de Aulo Corbulón.


Aulo Mucio Corbulón se removió incómodo entre sábanas de seda, incapaz de conciliar el sueño. Por más que el César lo intentaba, sus ojos se negaban a concederle la tregua que creía merecer. El brillo de una de las lunas, Miedo con toda probabilidad, penetraba por la balconada del dormitorio iluminando la armadura que el romaleo portaba con orgullo desde mozo, apenas diecisiete años. Aulo alargó el brazo y aferró la copa de oro con agua de una repisa próxima. El líquido corrió por su garganta, pero no apaciguó su ansia.
Un sonido proveniente de los jardines llamó su atención. Un ruido que sólo podía significar una cosa: la presencia de hombres en el exterior. Su instinto guerrero se activó. No hacía mucho que había oído el paso de la guardia por la vía Docto, hombres dispuestos a marchar al Hadis con tal de honrar su estirpe guerrera; de modo que decidió satisfacer su curiosidad. Se levantó del catre de un brinco, desnudo, como los dioses de la guerra lo escupieron al mundo, y se lanzó al asalto del mirador con un brillo feroz en la mirada.
Fuera todo se hallaba cómo a él le gustaba: en perfecto y marcial orden. Ahí estaba, erguido como las sarisas de las falanges imperiales, el responsable de proteger la entrada. Aulo escupió al vacío entre el hueco de los dientes. Llevó la mirada más allá de los muros que defendían Romalea. Ulula, el bastión de su hermano Décimo, se hallaba al otro lado de las montañas Thorén a dos días a caballo. Supuso que en esos momentos su hermano dormiría a pierna suelta; no obstante, lo descartó de inmediato consciente de que era posible que le ocurriese lo mismo que a él. Ninguno de los dos eran quienes fueron desde que su padre pereciera en la batalla de Bosque Rojo, y sospechaba que nunca volverían a serlo. Se hallaba ponderando tales cuestiones, a caballo entre el pasado y el presente, cuando percibió de nuevo un sonido a su espalda; era la segunda vez que un ruido lo sorprendía esa madrugada, y él no era de los que creían en las casualidades. Para Aulo Mucio Corbulón, por pequeñas que éstas fuesen, las coincidencias sólo podían darse en el vello púbico de las hembras; de modo que decidió actuar.
Aulo Corbulón giró en redondo para descubrir que la luz que se filtraba por debajo del portón desaparecía y volvía a aparecer sin motivo aparente, un detalle que hizo que se le acelerase el corazón, pues la causa para que tal cosa pasase era simple a su entender: hombres en el exterior. Armados con toda seguridad. Turbado, Aulo corrió hacia la tribuna con la intención de reclamar la ayuda del guardia apostado en el exterior, sólo que éste ya no se hallaba en su puesto.
Aulo supo que aquello era lo que parecía…
Y mucho más...
No tuvo miedo, ni nada que se le pareciese, al advertir a las sombras con los metales ya desnudos. Simplemente se apartó del halo de luz para desaparecer en la penumbra de la estancia, obligando a los recién llegados a ingresar en ella tras perder el factor sorpresa. Escupió por el hueco de los dientes al girarse; estaba enojado consigo mismo por no haber visto lo qué sucedía. Se dijo que no dejaría el mundo sin luchar, no estaba dispuesto a abandonarlo sin llevarse por delante a uno de esos perjuros; entonces tropezó con alguien y se le erizó el vello de la nuca al oír el estruendo de una espada chocando contra el suelo. Aulo buscó con manos temblorosas sus armas, y derribó su costosa coraza cuando consiguió desnudar su espada, justo para detener la estocada que le lanzaba un contendiente.
Ambas hojas se encontraron en lo alto con apetencia, entonando una triste melodía y escupiendo esquirlas azules en todas direcciones. La oscuridad se había ocupado de devorar con exquisita maestría la presencia de sus rivales, pero ignoró su nauseabundo olor de felones ofreciendo a Aulo una oportunidad. El silbido del acero a centímetros de su rostro le reveló lo cerca que había estado de morir. Notó su daimon crecer y tuvo la certeza de seguir con vida, en parte, porque quién errara el tajo lo había hecho víctima de la precipitación. Sin duda Kasei debía estar velando por su vida, el gran dios no iba a dejar que unos herejes pusieran fin a la vida de un emperador. Recibió con gusto su tajada de fortuna y se prometió no despilfarrarla como acababa de hacer aquel infeliz. Aulo lanzó por instinto el filo de Runa Sangrienta, su espada, en la dirección del silbido, y arrancó un gorgoteo a la noche al seccionar la cabeza de alguien.
Aquello era para lo que había sido forjado su filo.
Acto seguido dibujó círculos con su acero hasta situar a su siguiente rival; en esa ocasión no permitió que la sombra tomara la iniciativa. Calculó la distancia que lo separaba de su adversario, un recurso que utilizaba con naturalidad, y surgió de la oscuridad para segar su costado izquierdo. El hecho de que Runa Sangrienta entrara sin oposición, pues la hoja se abrió paso hasta traspasar el alma del extraño, reveló que éste no ceñía coraza de metal. Aulo se sintió animado con su descubrimiento. Él reñía contra un número incierto de atacantes sin la protección de su coraza, sin la seguridad que le proporcionaba su casco crestado.
Pero ¿cuánto tiempo podría batirse en desventaja? Su daimon se agotaba. Detener más estocadas de las que había largado, por provechoso que resultase, estaba acabando con sus reservas de energía. Aulo intuyó su final, y trató de poner tierra de por medio alcanzando la salida. Sabía que el factor sorpresa había pasado; además, ignoraba el número de enemigos y temió que alguno, ya fuese por suerte o por destreza, terminara dándole muerte. Aulo barrió el jaspe de la estancia con Runa Sangrienta, su intención no era la de herir, sabía que aquellos que exigían su vida protegerían sus miembros con grebas. Alguien musitó una maldición al recibir la caricia de su acero, entonces Aulo aprovechó el instante para escapar: los pies se le adhirieron al pavimento al iniciar la huida, así con todo, la sangre derramada casi le hizo caer. Aulo consiguió mantener la verticalidad a duras penas, pero no había dado ni dos pasos cuando algo detuvo su avance: alguien mucho más corpulento que él bloqueó la salida haciendo inútil el artificio.
Lo intentó de nuevo, pero sin éxito. Entonces juzgó que quien bloqueaba la salida debía estar armado con mucha más tenacidad que él. Notó su daimon debilitarse, dando paso al miedo, y sintió la orina resbalar por sus muslos. Tenía el cabello mojado y pegado al rostro. Estaba a punto de pedir auxilio, o quizá lo había hecho, lo cierto es que ya no era dueño de su persona, cuando algo afilado mordió su espalda; una daga a juzgar por lo liviano del corte. Se dio la vuelta convertido en un hombre a merced del miedo, y volvió a notar el mismo dolor; era el turno para su barriga. Y se descubrió recibiendo con resignación la dentellada. No pudo soportarlo por más tiempo y bramó el nombre de Calíades, su hermanastro, esperando que éste acudiese en su ayuda. Sólo él podía salvarlo: debía buscar el amparo del muro hasta que Calíades llegase.
Debía resistir.
Y así lo hizo...
Ya con la espalda apoyada en la pared, de pronto todo resultaba más sencillo. Aulo luchaba como nunca antes lo había hecho, manteniendo a sus rivales a raya, mientras la pared de la habitación se erigía en su escudero más fiel y disciplinado. Interceptó dos estocadas bajas que por poco logran arrancarle el acero de la mano, y supo con seguridad que se trataba del tipo que había impedido que abandonara la estancia. Oyó un zumbido enérgico justo delante de él, el inconfundible silbido del acero cortando el aire, e intuyó el ataque del gigante con el tiempo suficiente para inclinarse y penetrar su guardia. El grandullón lanzó un alarido de dolor cuando la hoja del César le abrió el estómago. Acto seguido se llevó las manos a la herida y trató de sujetarse en vano las tripas que se le desparramaban sin solución. El soldado se dobló por la mitad y cayó con un ruido seco al suelo.
La balanza acababa de nivelarse.
Si bien el emperador no tenía forma de saberlo.
Aulo lanzó un suspiro y se ayudó de Runa Sangrienta para recuperar la verticalidad; pero ahí estaba de nuevo, el fulano del cuchillo se lanzó a fondo y logró alcanzarlo en el pecho. Un gemido nada masculino brotó de la garganta del romaleo, odiándose por ello. Herido en su orgullo, intentó partir a Cuchillero con Runa Sangrienta por la mitad, pero éste, al haber sido desarmado al inicio del conflicto, decidió emprender la huida arrojándose por el mirador. Aulo corrió tras él, consciente de que si no lo atrapaba esa noche, con toda seguridad, nunca lo haría. Fue entonces, mientras veía desaparecer a su rival y el miedo al fracaso se apoderaba de él, cuando oyó el alarido que había escuchado bramar mil veces a los legionarios que formaban la antigua legión de su padre: «Jaca Sacra».
A éste le siguió el alarido de otro asaltante, y otro…
Entonces vislumbró la gravedad del asunto: sus propios hombres querían matarlo.

6 comentarios:

  1. Magistral la forma de narrar esa incursión nocturna y el posterior combate ¡Bien hecho amigo mío!
    Un abrazo

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    1. Muchas gracias, Hammer. Prometo mucha más intensidad en la siguiente entrega.

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  2. Vaya, el inicio de la historia ha cambiando bastante. La narración sublime, no pongo ningún párrafo porque todo el texto me ha parecido igual de bueno. Lo mejor de todo la forma... maravillosa.

    Me voy a por el siguiente. Jeje.

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  3. Muchas gracias, José. Mi intención era la de abrir el camino. En el primer capítulo cuido más el detalle e intento mostrar al lector en vez de contar.

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  4. Una maravilla, destila épica salvaje en cada párrafo.

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    Respuestas
    1. Muchas gracias. Celebro que te haya gustado.

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